La televisión es como Julio Iglesias: puedes odiarla o amarla, seguirla o despreciarla, pero ¿me vas a negar su poder de atracción, su capacidad hipnótica?
La caja está en la mesa, junto al ordenador portátil en el que escribo esto. Aún no la he abierto, pero sé perfectamente lo que hay dentro. Es una sensación curiosa: no abrir un paquete porque ya sabes lo que hay dentro. Por eso y por miedo. En este caso, dentro de la caja lo que hay es poco menos que una trampa mortal. Una trampa mortal para mi tiempo libre y mi vida social. Mientras no abra el paquete, no correré peligro. Hasta que uno no le quita el envoltorio a una caja de bombones no tiene que preocuparse por engordar. Eso sí, en cuanto desvirgas la caja...
Mi record-bombones son cincuenta seguidos.
Dentro la caja cerrada hay unos cuantos DVDs. Contienen las nueve temporadas completas de Roseanne.
Mi record-capítulos son trece seguidos.
No quisiera romper este récord. Tengo una vida social que cuidar. Y ojos con tendencia a resecarse. Quizá debería comprar más colirio. ¿Un par de litros bastarán?
Roseanne es una de mis series favoritas de siempre. La gorda, su marido (john Goodman), sus tres hijos (la vulgar Becky, la intelectual Darlene y el retorcido T.J.), la tia Jackie, Leon... Usos y costumbres de la white trash, Living in the América Profunda, sobreviviendo entre malls, McDonalds y boleras. En Roseanne sale hasta George Clooney, en los primeros capítulos.
Los primeros de doscientos veinte.
Estos DVDs regalados parecen formar parte de una tortura de “Seven”. ¿Mi pecado? Querleros ver todos de golpe. ¿Mi castigo? Morir de hambre y sed, con los ojos podridos mirando la tele y con el DVD echando humo. Cuando llegue Brad Pitt y vea este panorama se va a morir de asco. Y de envidia por no salir él también en Roseanne.
George 1, Brad 0.

En nueve temporadas de Roseanne, su protagonista y dueña, la enorme Roseanne Barr pasó de cómica de bar y micrófono a millonaria y poderosa magnate televisiva, la Oprah blanca y deslenguada, propietaria de una de las residencias privadas más grandes de Estados Unidos. Ahora, con su (amplio) trono ocupado por otra gorda ilustre, Rosie O’Donell, la Barr se dedica a... ¿a qué coño se dedica ahora Roseanne Barr?
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Yo vivo una relación de amor-odio con ella, con la tele. Muchas veces amo lo que todo el mundo odia y, generalmente, critico mucho lo que la mayoría de la audiencia adora. Sin la tele y sus cosas, nuestra vida no sería la que es. En vez de consumir series, informativos y magazines, leeríais más libros y cocinaríais platos más elaborados, pero os habríais perdido a Michael Knight, a Petete, a los Serranos y a los Sopranos. Además, sin tele tampoco existiría yo.
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