La televisión es como Julio Iglesias: puedes odiarla o amarla, seguirla o despreciarla, pero ¿me vas a negar su poder de atracción, su capacidad hipnótica?
Que conste que me gusta “Sexo en Nueva York”. Me gusta mucho. Eso no quita que entienda a los que no os gusta, incluso a los que la odiáis. Vuestras razones son igual de válidas (a veces creo que más) que las mías. ¿De qué coño van esas cuatro petardas? ¿A quién pretenden engañar? ¿Quién es tan tonto como para creerse que esa telerrevista de modas mediocre y fulanística es una serie, y encima buena? Sí, amigos, tenéis razón: “Sexo en Nueva York” es una mentira y una estafa y muchas cosas mucho peores.
(pero a mí me gusta)

Nadie con dos dedos de frente comprende la existencia de Carrie Bradshaw, escritorzuela (otros sufijos aplicables: -illa, -uza, -oide) manhateña aficionada a los estilismos ridículos, los hombres absurdos y a fumar marcando muchos pómulos. En una ciudad tan cara como Nueva York, escribiendo una columna semanal en un periódico, no es que no llegues a fin de mes: es que no cubres ni los gastos de agua y luz. Con Samantha Jones, el putón, reina de las relaciones públicas, tampoco nos salen las cuentas. ¿Cuántas fiestas hay que montar para poder comprar un loft en el Meatpacking District? ¿Cuánto tiempo te queda entonces para follar?. Charlotte, la niña mimada de Park Avenue y Miranda, la exitosa pero neurótica y explotada abogada, son un poco más defendibles, pero tampoco demasiado. No se entiende que tengan de amigas a las dos anteriormente citadas. Me gustaría saber dónde se conocieron las cuatro.
(pero a mí me gusta)

Quizá tenéis razón y “Sexo en Nueva York” es sólo la historia de cuatro putas temáticas y sus polvos de manual. La puta adicta a la moda, la puta pija, la puta cínica y la puta con mayúsculas. Ahora, cantemos: “whore, whore, whore...”
Begoña
Pero a mí me gusta.
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Yo vivo una relación de amor-odio con ella, con la tele. Muchas veces amo lo que todo el mundo odia y, generalmente, critico mucho lo que la mayoría de la audiencia adora. Sin la tele y sus cosas, nuestra vida no sería la que es. En vez de consumir series, informativos y magazines, leeríais más libros y cocinaríais platos más elaborados, pero os habríais perdido a Michael Knight, a Petete, a los Serranos y a los Sopranos. Además, sin tele tampoco existiría yo.
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