La televisión es como Julio Iglesias: puedes odiarla o amarla, seguirla o despreciarla, pero ¿me vas a negar su poder de atracción, su capacidad hipnótica?
No llevo la cuenta del número de veces que he visto los primeros capítulos de “Twin Peaks”. La serie entera la he visto dos veces, pero los primeros capítulos no lo sé. El primer capítulo lo he visto más de diez veces, eso sí que lo puedo asegurar. Es tan bueno ese primer capítulo que, si los siguientes no se hubieran llegado ni siquiera a filmar, tendría aún sentido verlo una y otra vez. El pueblo de Twin Peaks es uno de los mejores personajes colectivos jamás creado. Un lugar en medio de la nada, un lugar donde todo ocurre, tan preocupado por comprenderse a si mismo que se puede permitir el lujo de permanecer ajeno al mundo exterior. Un hotel de ensueño colgado sobre una cascada, siniestramente hogareño y perturbadormente cómodo.

Un bar de carretera donde la mujer de tus sueños desperdicia su vida mientras cocina la mejor tarta de cerezas que has probado jamás. Audrey, la lolita perversa, se quita las zapatillas para ponerse tacones de charol, sabe anudar rabos de cereza con la lengua y tiene las cejas más perfectas de la historia de la televisión. Laura Palmer está muerta, envuelta en un plástico. El FBI envía al agente Cooper para descubrir a su asesino. O para descifrar su asesinato, quién sabe. Desde el día primer día en que llegó a Twin Peaks, el agente sintió que aquel no era un lugar como los demás y yo, que esa serie no era otra del montón.
Rafa Pucela
Que tiempos aquellos. Llegaban las privadas y pensabamos que llegaba una época de series que marcaban también un nuevo estilo. Es curioso como las nuevas privadas han escogido las series innovadoras de la nueva era para hacerse una identidad basada en romper con lo antiguo. ¿terminará la demanda de telerealidad con proyectos basados en anatomia de Grey, House o me llamo Earl?
Twin peaks era magnífica. Ese primer episodio, con la llamada telefónica, con ese ambiente musical tan envolvente a la madre de Laura Palmer, es cine puro en la televisión sin recurrer al melodrama vacio.
Una pequeña anecdota personal. Haciendo un video sobre la carpintería de madera en la escuela de arquitectura, escogí la ambientación musical de la serie. Hacía tiempo que se emitio por primera vez, y todo el mundo asocio la serie con las imágenes que escogí de troncos y sierras. Sólo los mitos quedan así grabados en las mentes de los espectadores.
visto/oído
esa llamada telefónica a la madre de Laura Palmer es ya para siempre historia de la tele. Y Sherilyn Fenn anudando con la lengua un rabo de cereza. O Ronnette, con la ropa desgarrada, avanzando por las vías del tren.
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Yo vivo una relación de amor-odio con ella, con la tele. Muchas veces amo lo que todo el mundo odia y, generalmente, critico mucho lo que la mayoría de la audiencia adora. Sin la tele y sus cosas, nuestra vida no sería la que es. En vez de consumir series, informativos y magazines, leeríais más libros y cocinaríais platos más elaborados, pero os habríais perdido a Michael Knight, a Petete, a los Serranos y a los Sopranos. Además, sin tele tampoco existiría yo.
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