Visto/Oído

La televisión es como Julio Iglesias: puedes odiarla o amarla, seguirla o despreciarla, pero ¿me vas a negar su poder de atracción, su capacidad hipnótica?

22 Octubre 2007

cursi por sextuplicado

Qué cursi es Six Degrees, qué redomadamente cursi. Qué personajes más improbables, qué guionistas más pagados de sí mismos. Qué estafa, qué timo. Un auténtico homenaje al cliché, con mujeres diez que pisan fuerte en el mundo del marketing, fotógrafos bohemios al borde del abismo, chicanos y negros con ambiciones de self-made men, viuditas dolientes saliendo del túnel y niñas rebeldes que ocultan secretos. Es la apoteosis del envoltorio, una nada pastelosa envuelta en una producción de lujo. “Six Degrees” tiene un estupendo punto de partida: seis desconocidos neoyorquinos verán como sus vidas se cruzan una y otra vez, sabiéndolo ellos o no, para formar una imagen de lo que es la vida en una ciudad moderna. Diría “un fresco”, pero hasta yo tengo límites en cuanto a cursilería literaria. Un planteamiento original pero que, mal llevado, puede convertirse en un culebrón mediocre, en un teatrillo de encuentros y desencuentros improbables e imposibles. A eso se termina reduciendo esta serie, a una retahíla de historias tangentes con poca chicha y limoná edulcorada con demasiada sacarina.

“Six Degrees” es otro de mis placeres culpables, no me perdí ni un episodio y reconozco que en vez de darme igual (que era lo más sensato) moría por saber si la ejecutiva topmodélica y mal follada encontraría por fin el (llamémoslo) amor, o ver por fin el contenido de la caja misteriosa que Mae esconde bajo la cama. Finiquitada abruptamente, “Six Degrees” nos dejó a unos cuantos telespectadores en ascuas, sin respuestas, sin soluciones y sin cojones para pedir más, aunque sólo sea un episodio. Reconocerse como fan de “Six Degrees” es como confesar que eres adicto a las gominolas con forma de osito. A la gente le parece divertido, hasta que ven como le robas el bolso a una vieja a punta de navaja para poder ir a la tienda de chucherías más cercana a pegarte un atracón.

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20 Octubre 2007

Porque ella lo vale

Xena y su mundo deberían estudiarse en el colegio. El Dórico, el Jónico, el Corintio y Xena, y quizá no por este orden. Xena es a la tele lo que Camela a la música: ¿Si son tan malos, por qué tienen tanto público? ¿Tanto cuesta declararse fan?. Los gitanillos del cunda-chunda conquistaron la industria discográficas desde los expositores de cassettes de las gasolineras y Xena alcanzó la gloria televisiva a base de arrasar en las cadenas de tele locales de Estados Unidos. Carreras de fondo, como dirían algunos. Tanto Camela como la princesa guerrera fueron finalmente reivindicados, primero como extravagancias camp para élites de cinefórum y moda belga y, finalmente, como auténticos y absolutos iconos. Xena es el icono máximo para las cajeras de supermercado, las lesbianas, los amantes del bondage, los fans de Russ Meyer, mi abuela, los informáticos salidos, las búsquedas de Google y las tiendas de alquiler de disfraces. Briconsejo: si eres un hombre grande, Xena es tu opción-disfraz-transgender más digna. Y no, no voy de walkiria, voy de Xena. Para que esta confusión no tenga lugar, debes convencer a alguien para que te acompañe, disfrazado de Gabrielle, fiel escudera, ayudante y (dicen por ahí) pareja de hecho de la señora, perdón, señorita, Xena. La relación de estas dos mujeres es uno de los grandes temas a debate del mundo actual, superando en candencia a la investigación con células madre o la paternidad del hijo de Ivonne Reyes.

Xena abrió un camino serietelevisivo que nadie se atrevió a seguir después: temáticas fantástico-lésbico-caballeresco-medievales, pelos muy trabajados, infografía de Commodore 64 y un desprecio total (y revolucionario) a las leyes del espacio-tiempo: en el universo de Xena conviven con toda naturalidad los dragones, las marmitas y las profecías milenarias con las armas de fuego, los sujetadores deportivos y el eyeliner. Y lo mejor es que no nos importa, porque a nosotros Xena nos gusta así. Grandona, sanota, absurda y repartiendo estopa.

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18 Octubre 2007

La Barr

La caja está en la mesa, junto al ordenador portátil en el que escribo esto. Aún no la he abierto, pero sé perfectamente lo que hay dentro. Es una sensación curiosa: no abrir un paquete porque ya sabes lo que hay dentro. Por eso y por miedo. En este caso, dentro de la caja lo que hay es poco menos que una trampa mortal. Una trampa mortal para mi tiempo libre y mi vida social. Mientras no abra el paquete, no correré peligro. Hasta que uno no le quita el envoltorio a una caja de bombones no tiene que preocuparse por engordar. Eso sí, en cuanto desvirgas la caja...

Mi record-bombones son cincuenta seguidos.

Dentro la caja cerrada hay unos cuantos DVDs. Contienen las nueve temporadas completas de Roseanne.

Mi record-capítulos son trece seguidos.

No quisiera romper este récord. Tengo una vida social que cuidar. Y ojos con tendencia a resecarse. Quizá debería comprar más colirio. ¿Un par de litros bastarán?

Roseanne es una de mis series favoritas de siempre. La gorda, su marido (john Goodman), sus tres hijos (la vulgar Becky, la intelectual Darlene y el retorcido T.J.), la tia Jackie, Leon... Usos y costumbres de la white trash, Living in the América Profunda, sobreviviendo entre malls, McDonalds y boleras. En Roseanne sale hasta George Clooney, en los primeros capítulos.

Los primeros de doscientos veinte.

Estos DVDs regalados parecen formar parte de una tortura de “Seven”. ¿Mi pecado? Querleros ver todos de golpe. ¿Mi castigo? Morir de hambre y sed, con los ojos podridos mirando la tele y con el DVD echando humo. Cuando llegue Brad Pitt y vea este panorama se va a morir de asco. Y de envidia por no salir él también en Roseanne.

George 1, Brad 0.

En nueve temporadas de Roseanne, su protagonista y dueña, la enorme Roseanne Barr pasó de cómica de bar y micrófono a millonaria y poderosa magnate televisiva, la Oprah blanca y deslenguada, propietaria de una de las residencias privadas más grandes de Estados Unidos. Ahora, con su (amplio) trono ocupado por otra gorda ilustre, Rosie O’Donell, la Barr se dedica a... ¿a qué coño se dedica ahora Roseanne Barr?

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17 Octubre 2007

sweetie, darling!!!

Llevo semanas intentando escribir uno de mis posts “apueste por una”, dedicado a las protagonistas de Absolutely Fabulous, posiblemente una de las series más de culto de la historia, y una de las cosas que hacen que envidiemos a esa cosa llamada BBC. En teoría, una serie como ésta, basada en dos personajes claros y bien definidos se presta estupendamente a este formato de combate entre personajes. Pero luego, cada vez que me pongo a escribir, me doy cuenta de lo difícil que es enfrentarr a estas dos tipejas, que tienen millones de defectos y una única virtud: nos partimos la caja con ellas.

Edina Monsoon (Jennifer Saunders) y Patsy Stone (Joanna Lumley) son dos señoras pijas londinenses a las que el mundo (y mucho más su ciudad) se les queda pequeño. ¿ocupación? En el caso de Edina, propietaria y jefa de una agencia de relaciones públicas y en el de Patsy (creemos), editora de una revista femenina. ¿Ocupación real? Beber y fumar, en el caso de ambas. Mucho. Todo el rato. Y drogarse, y perder los papeles, y acabar arrastradas por los suelos. Amigas y residentes en Londres, Edina y sus modelos delirantes de Lacroix y Moschino (flaco favor para ambas firmas) y Patsy y su cardado à la Ivana Trump. Beber, fumar y drogarse. Y decir tacos. Y vilipendiar a la pobre Saffron, hija repipi y responsable de Edina, o a Bubble, la psicotrónica ayudante. Beber, fumar y drogarse. Y operarse, y redecorar, y bailar, y hacer dieta. Y pasarse al minimalismo, o a las religiones orientales. Edina y Patsy son el reverso tenebroso de Bridget Jones, personajes de Resident Evil basados (muy libremente) en Nati Abascal y Pitita Ridruejo. Absolutely Fabulous es el Rocky Horror Picture Show de las series de televisión. Es una serie escrita por el espíritu de Jane Austen, convocado en casa de Cher, con una ouija, por un grupo integrado por Marilyn Manson, Marisa Medina, Simoneta Gómez Acebo, David Bowie, Vivienne Westwood, Bárbara Rey, Alice Cooper, John Waters, Andy Warhol y el Pozí.

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14 Octubre 2007

we love you, Phoebe

No sé si es seguro confesar que no soy muy fan de “Friends”. No sé si corro el riesgo de ser lapidado en cuanto salga a la calle. “Friends” me parece una serie estupenda, bien escrita, bien dirigida, bien actuada, graciosa e inteligente, pero nunca he vuelto corriendo a casa en taxi ni he cancelado otro plan para ver ningún capítulo. Para mí no es una religión. Me pasa como con “Los Simpson”: si enciendo la tele y me la encuentro ahí, la veo, pero no hago por buscarla, ni me espero a que empiece, ni aguanto hasta el final del episodio. En mi gran colección de series en DVD no hay ninguna temporada de “Friends”, y sí un absurdo disco que recopila los mejores momentos de uno de sus personajes. Los mejores momentos de Phoebe, la que mendigó en las calles, la que sobrevivió a todo, la de la hermana gemela. La interpretada por Lisa Kudrow, que años después nos alucinaría a todos con su Comeback y con Valerie Cherish, el personaje que más te gustaría amar, pero menos puedes evitar odiar. Phoebe-Lisa es una de las cosas más grandes de la tele. Todo el ella es lo más: su ropa imposible, sus movimientos de cuello, sus chilliditos o sus recuerdos en flashback. “Tienes que correr como cuando eras pequeña y huías de Satán”, le dice a la pedorra Rachel, y se queda tan ancha. Muchos capítulos de “Friends” se estructuran en torno a tres tramas: una principal, una secundaria y la de Phoebe, que puede o no tener algo que ver con las otras. Normalmente no tiene nada que ver ni con las otras tramas ni con nada, porque Phoebe Buffay va por su cuenta, funciona de manera autónoma, y por eso nos gusta tanto. Por eso y por “Smelly Cat”, ese temazo.

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12 Octubre 2007

Apueste por uno. Hoy: Fisher contra Fisher

Contendiente A: Nate Fisher.

Descripción: Alto, guapo y divertido, es el crápula de buen corazón de la familia Fisher, el hijo pródigo. Presume de pasado movidito y grungesco y se sabe atractivo para las mujeres (fundamentalmente a la perturbadísima Brenda) que ven en él a) un follador con sentimientos b) el perfecto hombre-kleenex y c) el padre de sus hijos. Vuelve a casa a pasar una pequeña temporada, pero la muerte repentina de su padre le hace cambiar sus planes y terminar instalándose definitivamente en California, en el mundo funerario y en la inestabilidad emocional más brutal.

Ocupación oficial: Socio de la funeraria Fisher&Sons.

Ocupación real: Bregar con su crisis de los cuarenta, con su incapacidad para establecer relaciones adultas, con su inmadurez y con su pichabravismo.

Por qué nos gusta: Jode decirlo, pero Nate es terriblemente atractivo. La atracción del abismo.

Por qué no nos gusta: porque huele a trampa venenosa a kilómetros, y porque nos jode entender que arrastre en su caída a quien encuentre a su paso. No es un ángel exterminador, sino un pozo de mal rollo, puertas sin cerrar y cadáveres en el armario.

Su mejor momento: El nacimiento de su hija Maya, su gran instante de esperanza vital. Y sus polvos con Brenda: pocas parejas han tenido más química en una pantalla.

Su peor momento: presenciar el suicidio del ex amante de su mujer (previamente también suicidada) y ese duelo a escobazos con un pájaro, que resulta ser una de las secuencias más reveladoras de toda la serie.

¿Se merece el final que tiene en Six Feet Under? Jode decirlo, pero sí. Se lo merece.

Contendiente B: David Fisher.

Descripción: Poquita cosa, gris y anodino, el mediano de los hermanos Fisher es un tipo perfeccionista, conservador y un poco rancio. Su relación con Keith (una fiera mansa), que comienza como un noviazgo in-the-closet y termina en una pareja Los Roper style, es casi casi digna de una comedia de enredo: ¡¡¡estáis hechos el uno para el otro, así que dejad de una puta vez de negarlo!!!.

Ocupación oficial: Socio de la funeraria Fisher&Sons.

Ocupación real: Antes de que Nate ni si quiera se plantease trabajar en empresa familiar, David ya sabía de que iba todo el negocio. La llegada de su díscolo hermano mayor desmonta su mundito hecho a medida, para bien y para mal. David pasará de ser el reprimido, neurótico y armarizado pequeño Fisher a representar el toque de cordura y realidad que necesita esa casa de locos que es Villa Fisher.

Por qué nos gusta: Porque mientras Nate se esfuerza, capítulo a capítulo, en dejarnos de gustar, David se gana a pulso nuestro apoyo, poco a poco.

Por qué no nos gusta: Por sus frecuentes brotes pasivo-agresivos, su manipulador victimismo y ese profesor de baile absurdo que, en un momento bajo, decide echarse como noviete.

Su mejor momento: Conseguir por fin adoptar un par de chavales que por suerte no son los dos demonios que parecen en principio.

Su peor momento: Los fans de esta serie tragamos bastante saliva viendo el episodio en que David es secuestrado y torturado por un psicópata. Ponía los pelos de punta, de verdad.

¿Se merece el final que tiene en Six Feet Under? Sí, claro que sí.

Y el ganador es... En un sitio tan mentalmente esponjoso como Six Feet Under, hay que apostar siempre por el menos tarado emocionalmente y ese es aquí, sin duda, David. Él sólo quiere tener una vida normal con su novio, una buena casa, un buen coche y universidades prestigiosas para sus hijos adoptados. David Fisher quiere que le dejen en paz, que las cosas sean normales y rutinarias. Nate, en cambio, se pierde en sus vericuetos de filósofo mediocre, en su autoeducación neohippy zozobrada y sus metas difusas. Es curioso, pero a David es precisamente el conformismo lo que le ayuda a conseguir sus metas, mientras que el inconformismo de Nate, tan romántico y envidiable al principio, se convierte en una terrible fuente de frustración y amargura. Por todo esto, el combate fratricida de hoy lo gana David Fisher, el hermano pequeño. Que suba al ring la siguiente pareja.

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09 Octubre 2007

Britain, Britain, Britain...

Matt Lucas y David Walliams saben muy bien que meterse con lo que nadie se mete (o no a muerte) es, si se hace bien, jugada ganadora. Mezclando el humor británico clásico con la absoluta falta de corrección política, parieron esa maravilla mostrenca que es “Little Britain”. Podrán no gustarte, o hacérsete repetitivos, o localistas, pero nunca podrás negar que:

- Han desenmascarado a todos esos seres risibles que se esconden en su condición de minoría oprimida para ser unos hijos de puta y unos ridículos: Gays autocompasivos y paletos (y con mucho látex), minusválidas punkies y desatadas, tías depresivas y deprimentes...

- Redescubren nuevas cotas de humillación humana, a cual más graciosa, haciendo que nosotros también redescubramos algo: el cabrón que todos llevamos dentro. cabrón por reírse de esas cosas tan delicadas.

- Se travisten como nadie: Saben que por ir mejor maquillados o vestidos no son más mujeres. Lucas y Walliams, con su forma de agarrar el bolso y el ángulo cuello-hombros-cabeza crean SEÑORAS. Porque también saben hacer de travestis (impagables) y saben que ese otro registro distinto.

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07 Octubre 2007

Carrie en Alaska

Con los restos de un pollo asado estupendo se puede hacer una lasaña para chuparse los dedos. Una ración sobrante de menestra puede transformarse en un buen plato de ensaladilla rusa. Saber aprovechar los restos de algo ya hecho no es tan fácil como parece ni tan indigno como creen algunos.

Con un poco de Sexo en Nueva York y otro poco de Doctor en Alaska se hizo Men in Trees. En un principio, la absoluta falta de pudor con la que se presenta “Men in Trees”, como refrito sin complejos de las dos series citadas, tira un poco para atrás. Enseguida nos damos cuenta de que sí, es un plato combinado y sí, esto ya lo hemos visto antes, pero todo está hecho con talento, medios y (algo que a menudo escasea en las series no dramáticas) gracia. La historia de Marin Frist (Anne Heche, ya rehabilitada, quizá definitivamente), escritora neoyorkina de libros de autoayuda sentimental-sexual que, traicionada por su prometido, decide instalarse en un recóndito pueblo de Alaska para reflexionar y huir de sus fantasmas de urbanita chunga, es la intersección clara de la Carrie de Sexo en Nueva York y el Joel Fleischman de “Doctor en Alaska”. Pero pronto, los parecidos Carrie-Marin y St Elmo-Cicely se convierten en meros puntos de partida y “Men In trees” empieza a andar solita.

A pesar de ser siempre deudora de la pandilla de treinteañeras putejas y el médico perdido entre alces y freaks montañeses, la serie de Anne Heche tiene sus propias armas para funcionar. Por un lado, la propia Heche se descubre como una cómica solvente, menos estirada que Joely Richardson (con la que guarda cierto extraño parecido, posiblemente quirúrgico) e infinitamente menos abofeteable que Sarah Jessica Parker. Por otro, el plantel de personajes secundarios es, pese a algunos un poco desubicados, atractivo. Los gags son (y esto es tan de agradecer, en estos tiempos que corren) graciosos e inteligentes. Y finalmente, ¿Hay alguien que no opine que “Men in Trees” es uno de los mejores nombres de series de la Historia?

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05 Octubre 2007

la cárcel ya no es lo que era

Critiqué “Lost” sin realmente haberla visto y me responsabilizo de ello. De lo que no me responsabilizo es de mis actos si me encuentro por la calle frente a Wentworth Miller, el (ahora) famoso protagonista dePrison Break. Aclaración: La expresión “no me responsabilizo de mis actos” no quiere decir (como me parece hasta a mí, si releo la frase) que el sujeto en cuestión me resulte atractivo sexualmente, sino todo lo contrario. Wentworth Miller y, por extensión “Prison Break”, me repelen bastante.

Como siempre (y como es de esperar) el capítulo piloto de “Prison Break” es más que aceptable. Para empezar contaba con un presupuesto de lo más holgado. Algunos planos seguramente costaron más que toda la filmografía de Jim Jarmusch. Las rebajas llegaron a la hora de elegir a los actores, de forma que el reparto terminó siendo un injerto de mil cosas (¿qué pinta Robin Tunney en todo esto?), capitaneado por el ya citado Miller y, su hermano en la ficción, Dominic Purcell. Miller es un niñato blandengue y pavisoso, colocado en un papel (tirando a) complejo que no es que le quede grande, sino que sencillamente parece que no va con él. Aunque a la mona la tatúes entera, mona se queda. Al señor Purcell, un tipo de cara imposible (¿es guapo? ¿es feo? ¿eso es una careta de latex? ¿ese es su color natural?) y cuerpo supurando anabolizantes, le permito ser carne de fantasía sexual chunga, pero no actor, por favor. Pamela Anderson, tras su fallida (pero veneradísima por freaks como yo) serie “VIP”, se dio cuenta de que lo suyo era el enseñamiento de carne puro y duro. Dominic Purcell aún no se ha caído de ese guindo y, como tarde un poco más en hacerlo, cuando recobre la coherencia y se meta a actor porno, lo mismo está ya un poco mayor.

Prison Break” es un culebrón carcelario inocuo, aséptico y bronceado con rayos UVA. Una mezcla de “Oz”, “OC” y el GQ. Todo de dos letras, todo muy simple. Sería una serie casi buena de no ser por Miller y Purcell, dos finstros de cuidado. ¿Mi propuesta? Rehacer la serie por completo, desde el primer capítulo, manteniéndolo todo menos a esos dos. Así de simple.

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03 Octubre 2007

Lost: qué rollo

No hace falta ver “American Pie 5” para saber que es mala. Es más: estoy seguro de que la mayoría de los críticos cinematográficos no dudarían en ponerla a parir sin ni siquiera molestarse (que buen verbo: molestarse) en verla y preferirían invertir el dinero de la entrada en un producto Starbucks. Criticar las cosas sin haberlas visto es un vicio bien grande y, en el caso de los críticos profesionales, una estafa a sus lectores. Además, una cosa es poner a parir una comedia de muecas de Jim Carrey sin verla (de hecho, es algo hasta recomendable) y otra muy distinta plantarle la calificación de obra maestra a “Capitaine Conan”, simplemente porque es larga, histórica y está dirigida por Tavernier. Este último ejemplo no es casual: yo mismo oí (y sufrí) los ronquidos de un afamado crítico en un festival de cine en el que se proyectaba la película en cuestión.

Sirva esto como introducción a la siguiente frase: Realmente no he visto nuncaLost, pero me parece falsa, pretenciosa y, en suma, mala. Hala, ya está dicho.

Nunca he podido con un capítulo entero, nunca he visto más de quince minutos seguidos. No me engancha su estética, no me creo a sus actores, no me interesa nada de lo que pueda pasar y además sé que, en el caso de que sí me interesase alguna de sus tramas misteriosas, los guionistas jugarían conmigo durante un par de capítulos más antes de darme una explicación que ni será satisfactoria ni posiblemente coherente. Muchos me han dicho que, para apreciar “Lost”, hay que verla desde el capítulo primerísimo, que vista de otra manera es incomprensible. A mí, por lo que he visto, no me parece incomprensible, sino simplemente pesada. El recurso de los matorrales que se menean porque detrás hay algo oculto que aún tardaremos siete capítulos en intuír, quince en ver y tres temporadas en comprender, no me gusta nada. Además, al tratarse de una serie “out of time and space” (es decir, que no tiene que mantener coherencia más que con sí misma, ya que las referencias externas –el mundo, la actualidad, la realidad- no existen) se llega a un absurdo “todo vale” cuyo único fin es hipnotizar al espectador a base de enigmas de videojuego y musculitos tensos bajo camisetas de tirantes estilosamente ensuciadas.

Criticar sin conocer es algo salvaje e injusto, pero francamente fácil y divertido. Ahora es cuando debería ver “Lost” desde el primer capítulo y escribir un post negando éste. No os extrañe que lo haga.

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02 Octubre 2007

Susie

Nadie grita mejor que Susie, pero Susie no es la clásica “Scream queen” de película de psicópatas. No es rubia, ni está buena, ni se ha desnudado nunca (creo, espero) en el Playboy. Sus gritos no son de horror, ningún descuartizador disfrazado la persigue. Susie es la reina del grito y el cabreo de "Curb Your Enthusiasm" un lugar en el que ser el que mejor se encabrona es todo un arte y un mérito. Nadie se cabrea mejor que ella, nadie grita más, nadie tiene más razón. Susie es la estrella del post de hoy.

Susie (Susie Essman)es la mujer de Jeff, el manager y mejor amigo de Larry David. Es una de esas señoras “con carácter”, muchas opiniones y una gran necesidad de expresarlas. ¿Y qué mejor sitio para opinar (en general) que “Curb Your Enthusiasm”?

Ver a Susie gritar incontroladamente a su marido (you fat fuck!!!!!) es un gozo increíble. Ver su cara de “no me creo nada de lo que me estás contando, y espero que sepas que estás jugando con fuego” es el preludio de alguna de las meteduras de pata imperiales de Larry. Susie no entiende la necesidad de Larry de intentar hacer un mundo más lógico y más justo; para ella el mundo está bien como está y son precisamente los Larrys del mundo los que lo a base de generar situaciones violentas y vergonzosas.

Susie no es mala, simplemente la dibujaron así. Ella no tiene la culpa de que Larry David robe la cabeza de la carísima muñeca de su hija (tal cual), se le coma al perro o desate un malentendido que antes o después la implique a ella y/o su marido y/o su asistenta y/o su ginecólogo. Tampoco tiene por qué soportar el tener que fingir ser la propia mujer (fundamentalista judía, además) de David, para que él intente (y, obviamente, no consiga) quedar bien delante de un rabino. En cualquier caso, qué menos que ponerse a gritar.

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30 Septiembre 2007

a mí me gusta, pero...

Que conste que me gustaSexo en Nueva York. Me gusta mucho. Eso no quita que entienda a los que no os gusta, incluso a los que la odiáis. Vuestras razones son igual de válidas (a veces creo que más) que las mías. ¿De qué coño van esas cuatro petardas? ¿A quién pretenden engañar? ¿Quién es tan tonto como para creerse que esa telerrevista de modas mediocre y fulanística es una serie, y encima buena? Sí, amigos, tenéis razón: “Sexo en Nueva York” es una mentira y una estafa y muchas cosas mucho peores.

(pero a mí me gusta)

Nadie con dos dedos de frente comprende la existencia de Carrie Bradshaw, escritorzuela (otros sufijos aplicables: -illa, -uza, -oide) manhateña aficionada a los estilismos ridículos, los hombres absurdos y a fumar marcando muchos pómulos. En una ciudad tan cara como Nueva York, escribiendo una columna semanal en un periódico, no es que no llegues a fin de mes: es que no cubres ni los gastos de agua y luz. Con Samantha Jones, el putón, reina de las relaciones públicas, tampoco nos salen las cuentas. ¿Cuántas fiestas hay que montar para poder comprar un loft en el Meatpacking District? ¿Cuánto tiempo te queda entonces para follar?. Charlotte, la niña mimada de Park Avenue y Miranda, la exitosa pero neurótica y explotada abogada, son un poco más defendibles, pero tampoco demasiado. No se entiende que tengan de amigas a las dos anteriormente citadas. Me gustaría saber dónde se conocieron las cuatro.

(pero a mí me gusta)

Quizá tenéis razón y “Sexo en Nueva York” es sólo la historia de cuatro putas temáticas y sus polvos de manual. La puta adicta a la moda, la puta pija, la puta cínica y la puta con mayúsculas. Ahora, cantemos: “whore, whore, whore...”

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TCM no se hace responsable ni comparte necesariamente las opiniones vertidas por sus colaboradores.

Yo vivo una relación de amor-odio con ella, con la tele. Muchas veces amo lo que todo el mundo odia y, generalmente, critico mucho lo que la mayoría de la audiencia adora. Sin la tele y sus cosas, nuestra vida no sería la que es. En vez de consumir series, informativos y magazines, leeríais más libros y cocinaríais platos más elaborados, pero os habríais perdido a Michael Knight, a Petete, a los Serranos y a los Sopranos. Además, sin tele tampoco existiría yo.

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