Estado crítico

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07 Enero 2009

Flame y Citron, la Resistencia... ¡otra vez no!

PUNTUACIÓN: 4

"En la realidad, Flame, un personaje agradable pero flemático, estaba obsesionado con las armas de fuego desde muy pequeño. Se crió en Asserbo, al norte de Copenhague, donde su padre regentaba un hotel. Tuvo una complicada relación con su padre, al que despreciaba por la simpatía que sentía hacia los alemanes, a cuya autoridad se plegaba. Cuando su padre lo envió a Alemania para hacer prácticas como camarero, desarrolló un profundo odio por el fascismo. A su vuelta a Dinamarca, se enroló en la Marina y aprendió a disparar (fue tirador del año en 1941). Muy joven, con 19 años, se unió a la resistencia.

Citron, diez años mayor, era completamente distinto. Su padre murió cuando él era pequeño y su madre tuvo que llevar la casa y criar a cuatro hijos con su pensión de viudedad, así que creció pobre pero digno. Citron siempre tuvo problemas con la autoridad e incluso su propia familia le consideraba un perdedor. Le fascinaba la vida bohemia y durante unos años trabajó como director de escena de un teatro de variedades judío. Allí conoció a Bodil, mucho más joven que él. Ella se quedó embarazada enseguida, pero a Citron le costó establecerse. A pesar de que era uno de los miembros de la resistencia de más edad, actuaba en la calle (lo que se reservaba para los más jóvenes, sin compromisos familiares)."

Os he copiado este fragmento de las notas del director de Flame y Citron porque me saca de quicio que la descripción que Ole Christian Madsen hace de sus dos protagonistas no coincide en nada -o al menos, después de dos horas y diez, no logré enterarme de la misa la mitad- con la descripción que de ellos se hace en la película. Sobre todo porque en la película no hay descripción: son dos héroes que, in media res, se enfrentan a los nazis en una Dinamarca ocupada.

En El libro negro Paul Verhoeven recuperaba la memoria histórica holandesa para reivindicar el papel de su pequeño país durante la Resistencia nazi a la vez que para envolver ese papel del aroma añejo del cine de aventuras. Flame y Citron intenta hacer algo parecido con el film noir (esa improbable femme fatale que seduce al pelirrojo héroe) y, sobre todo, con el cine de espionaje.

Intento fallido: la película, mecánica y repetitiva, se olvida de la psicología de los personajes, los define de un brochazo y los obliga a encarnar, en tono monocorde, una emoción sin grises.

Defecto que resalta aún más si cabe sobre un telón de fondo repleto de traiciones y agentes dobles, símbolo de una ambigüedad moral en tiempos de guerra que parece pasar sin mácula sobre el código de honor de los protagonistas.

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Así me gano la vida: criticando películas. ¿Te puedes imaginar que tu mayor pasión, ver cine, te dé de comer? Ya sé, tenemos mala fama, pero... ¿con quién se meterían los cinéfilos y la gente de la industria si no existiéramos? Venga, no pierdas el tiempo: critícame si te atreves...

Sergi Sánchez

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