Criticar: "Juzgar de las cosas, fundándose en los principios de la ciencia o en las reglas del arte". Y eso es lo que haremos aquí, así que si has salido del cine con ganas de comentar la película, no te reprimas y critica, critica...
01 Septiembre 2010
El cisne negro de Portman y Aronofsky vuela bien alto

Aquí estamos un año más, entre las ruinas del futuro Palazzo del Cinema y las laxas medidas de seguridad de los italianos. Una Mostra más austera, con menos estrellas y presupuesto, a punto (le queda otra edición) de expirarle el contrato a Marco Müller. Había expectación por el arranque, y Black Swan no ha decepcionado en absoluto.
He aquí una lección de puesta en escena. Darren Aronofsky es un cineasta de imágenes, no de palabras. A veces se le va la mano en el subrayado en la caracterización de los personajes, pero la fuerza visual de su cine es apabullante. Y lo mismo se puede decir de la dirección de actores: como Ellen Burstyn en Réquiem por un sueño, como Mickey Rourke en El luchador, Natalie Portman está portentosa.
La película está dedicada a ella, entregada en cuerpo y alma a interpretar a esta bailarina frágil, que ve cómo su identidad desciende a los infiernos cuando un coreógrafo de prestigio la escoge para protagonizar un nuevo montaje de El lago de los cisnes. Portman se mueve y habla como un animal herido y tambaleante, temeroso de que su lado oscuro se apodere por completo de ella.

Aronofsky no sólo sabe filmar la danza, participando del frenesí de movimientos del proceso creativo de un ballet, sino también la creciente paranoia de nuestra heroína, que despierta nuestra adhesión a pesar de que su visión de la realidad es tan deforme como lo que cree que le ocurre a su cuerpo.
No os voy a desvelar nada más: sólo que el clímax es épico, monumental, y aunque hay alguna trampa que podría molestar a los más escépticos, el poderío de la puesta en escena de Aronofsky, hipnótica y envolvente, gana al espectador desde el primer minuto de proyección. Hemos empezado bien, sí señor.
31 Agosto 2010
Conocerás al hombre de tus sueños, la vida apesta

PUNTUACIÓN: 7
Hay algo en la última etapa de la filmografía de Woody Allen, sobre todo en sus películas rodadas en Londres, que es profundamente antipático, como si el misántropo que siempre ha dormitado en su interior hubiera salido a comerse la moral del espectador, despreciando al universo a la vez que comprendiéndolo, porque, lo sabemos, toda su obra es un monumental autorretrato.
Quizás es en Conocerás al hombre de tus sueños donde esta visión del mundo se hace más extrema, más desconsolada. No hay ni uno de sus personajes que no se entregue al autoengaño hasta el fondo de sus huesos, todos hacen el ridículo, todos buscan respuestas allí donde hay alguien capaz de inventárselas. Pero, recordémoslo, la vida está llena de ruido y de furia, y no significa nada.
La evasión en lo mágico, la subtrama criminal, el miedo a envejecer, la infidelidad múltiple, el pánico al fracaso, las trampas del azar... Todos los temas de Allen se citan en una película tan triste como flácida. La desgana visual de sus últimos films se carga de sentido: es todo tan gris, tan apresurado, tan falto de color como las vidas de los personajes que la protagonizan.

Al Allen setentón le importa un comino la forma. Conserva su querencia por las tomas largas, pero la fotografía ya no es la de Manhattan. Es como si todo el rato quisiera pasar al siguiente plano, su impaciencia guiando la cámara, abandonando a sus criaturas en su pequeño y podrido microuniverso, yendo a videntes o insinuando su amor no correspondido.
Los actores, desde Naomi Watts a Josh Brolin, están particularmente inspirados, aunque tengo que admitir que no me gusta Lucy Punch, quizás porque el personaje de prostituta en el cine de Allen ya está demasiado sobado, quizás porque me cuesta separarme de lo hostil que me resulta en esta película devastadora.
27 Agosto 2010
The Secret of Kells, animación inteligente

PUNTUACIÓN: 10
Este año competía por el Oscar a la mejor película de animación un título del que nadie sabía nada, y que ahora, por suerte, llega a nuestra cartelera, dispuesto a ganarle un pulso a la Pixar. Es The Secret of Kells, que tiene poco que ver con la animación al uso pero que es, sin discusión, un peliculón que quita el hipo.
Lo primero, la estética. Combinando animación tradicional con toques digitales, The Secret of Kells es puro arte medieval. Y digo 'arte' porque la belleza de sus viñetas, planas, aplastadas sobre la pantalla, pero de una profundidad creativa que deja sin aliento, es innegable. La extrañeza de la apuesta puede desconcertar a los espectadores, pero tendrán suficiente con pocos minutos de metraje para valorar el riesgo del film en su justa medida.
También la universalidad de su moraleja es encomiable. Después de todo nos dice que el saber está en los libros; que los libros nos salvarán de la intolerancia porque serán los asesinos de la ignorancia; que hay que temer al Otro pero no cultivar la cultura del miedo; que hay que sobrevivir, que hay que creer en lo mágico.

Se trata de una leyenda celta del siglo XI, pero es de una vigencia brutal. Cuando vemos cómo el Abad está obsesionado por construir una muralla que proteja su ciudad de los vikingos, vemos que la barbarie que sufren los palestinos o los afganos está imprimida en estos cuadros medievales, y que la única manera de combatirla la sabe Brendan, dispuesto a terminar el Libro de Kells que salvará al mundo del más absoluto ostracismo.
Sería una pena que una película tan hermosa quedara camuflada entre los estrenos del verano. En un país normal compartiría cartelera en el mismo número de salas que Toy Story 3. Es una película infantil que trata a los niños con tanta madurez como a los adultos, una delicatessen que no os podéis perder.
25 Agosto 2010
Philip Morris, ¡te quiero!, el amor es ciego

PUNTUACIÓN: 6
He aquí una película sobre el amor ciego. O sobre el amor, que todo lo puede. O sobre un hombre como Steven Russell, que descubre su homosexualidad después de un accidente de coche y que parece dispuesto a vivirla a fondo hasta que se da cuenta de que necesita ser un bon vivant y entonces estafa y luego se enamora en la cárcel y más tarde se escapará una y otra vez de prisión para reunirse con su amante, el Philip Morris del título.
Más o menos esta es la sinopsis de Philip Morris, ¡te quiero!. El tono es de comedia negra que no quiere ensuciarse los dedos: está enseñando las dobleces del sueño americano, anuncia la crisis económica, nos informa de lo que significa vivir entre mentiras, pero, sobre todas las cosas, es una película sobre la fuerza del amor. Nada resulta demasiado comprometedor ni demasiado morboso. Por mucho que no haya encontrado distribuidor yanqui, es demasiado blanca.
Estamos bastante cerca de Atrápame si puedes, aunque la relación paternofilial que centraba el film de Spielberg queda reconvertida en una relación homosexual basada en un acto de fe. Uno engaña (por el bien de todos), el otro cree, y los delirios de la trama, que son muchos, están entresacados de una realidad que parece del todo exagerada, pero no, es casi documental.

A la película podríamos tacharla de frívola o superficial, porque nunca tiene mucho interés en explorar la psicología de sus protagonistas, ni tampoco en extrapolar su contexto. Con todo, funciona a pleno pulmón a nivel de 'timing', dejándose guiar por la mirada de un antihéroe en el que nunca podemos confiar.
Hay química entre Jim Carrey y Ewan McGregor. Ambos están espléndidos, y se entregan a sus respectivos personajes con un entusiasmo poco común, teniendo en cuenta que deben haber ajustado un montón sus salarios. Sus momentos íntimos, sus besos, sus abrazos, son de lo más creíbles, aunque probablemente unos actores desconocidos habrían aumentado la temperatura sexual de su relación en la pantalla.
24 Agosto 2010
Salt, la misión imposible de Jolie

PUNTUACIÓN: 6
Qué queréis que os diga, a mí no me ha desagradado Salt. El delirio de su trama, absolutamente demodé, con todos estos rusos intentando sembrar el mal en el imperio americano, me hace gracia. Es cierto que la Guerra Fría está obsoleta, y que la actualidad impone que los villanos sean árabes: por eso me gusta que alguien se haya atrevido a hacer algo tan pasado de moda (aunque la reciente noticia de los espías rusos infiltrados en la sociedad yanqui lo hace menos descabellado).
Este cruce entre El mensajero del miedo y Misión imposible funciona como una flecha lanzada por un superhéroe. Es de agradecer que, en un contexto de productor elefantiásicos, Salt dure poco más de hora y media, entregándose a una velocidad narrativa que hace todo lo posible por camuflar los agujeros en la lógica de la trama.
Es también una película que debe mucho a series como Alias y 24. Series de la era del simulacro, donde se revive el sentimiento de paranoia de la Guerra Fría a un ritmo de vértigo. Nadie es quien parece ser: una máscara sucede a otra, y a otra, y a otra, hasta que los buenos siguen siendo los de siempre (las estrellas).

Angelina Jolie cumple a rajatabla con la imagen de heroína de acción que nos lleva vendiendo desde Tomb Raider. La ambivalencia, valor seguro de su innegable atractivo, casa a la perfección con la esencia de un personaje que es un folio en blanco que se reescribe a cada giro de guión, haciéndonos creer que es una rusa que quiere matar al presidente americano y viceversa.
Es cierto que la película está muy vista, que su seriedad puede acercarla a veces al ridícula, pero las escenas espectaculares son muy físicas, nada digitales, y el conjunto funciona como un entretenimiento veraniego de lo más refrescante, mucho mejor que la media del cine comercial que se ha estrenado esta temporada.
20 Agosto 2010
Killers, matrimonio (nada) original

PUNTUACIÓN: 4
Uno empieza a estar cansado de ir al cine en verano. No es una queja, es la constatación de que el cine comercial americano, y no descubrimos la sopa de ajo, anda escaso de ideas. En la cartelera se dan cita Noche y día y su pálido reflejo, Killers, que parece algo así como un remake más modesto -Kutcher y Heigl aún son estrellas de serie B- y de resultados más discretos, menos delirantes.
Killers contiene una idea brillante, que no es otra que la que alimenta a toda la ficción neoparanoica de este nuevo siglo (mañana mismo nos reencontraremos con esta tendencia en Salt, lo nuevo de Angelina Jolie). La idea es que cualquiera de tus vecinos, apacibles habitantes de un perfecto barrio suburbial, puede ser tu enemigo mortal.
Es una pena que la película no se muestre interesada en desarrollar el potencial de esta idea, utilizándola sólo como una excusa ingeniosa que se consume al poco de ser planteada. El resto del film invierte toda su energía en encontrar la mezcla perfecta entre la comedia romántica y el cine de espionaje. Pocas veces lo consigue.

A Ashton Kutcher le falta comer muchas sopas para superar su imagen de chico Playboy. Y Katherine Heigl se tiene demasiado creído lo de ser heredera de la tradición de la 'screwball comedy'. Todos sus gestos y réplicas pecan de exceso de autoconsciencia, como si su ego le dictara lo mucho que el público se va a reir con sus gracias.
A un segundo nivel, en el telón de fondo, dos actores como Tom Selleck y Catherine O'Hara ofrecen una lección de 'timing' cómico. Y lo hacen sin apenas tener personajes a los que hincar el diente; pero la experiencia les permite comerse con patatas a sus réplicas jóvenes. Es lo que tiene tener tablas.
19 Agosto 2010
Mi refugio, mirando al mar (no) soñé...

PUNTUACIÓN: 6
La primera secuencia de Mi refugio provocó desmayos en el festival de San Sebastián, cosa que, de verdad, no me explico. No sé ni siquiera si François Ozon quería 'épater les bourgois': es, simple y llanamente, dos yonquis que se inyectan heroína. Agradable no es, pero la escena dura lo justo para que no podamos acusar a su director de amante de los excesos.
Es una escena-prólogo, que se separa claramente del resto de la película, que no tiene nada que ver con lo escatológico ni lo tremendista. La chica del arranque se ha quedado sin novio y embarazada, y decide pasar el trago en una finca cerca del mar. Recibe la visita del hermano de su novio, que de algún modo quiere ayudarla, apoyarla, hacerse cargo.
La película es el retrato de Mousse, mujer en crisis que debe decidir si está en posición de asumir su maternidad. Ozon calla, no nos regala ninguna información sobre su pasado, sólo nos hace vivir el momento presente: la ira, la soledad, la duda. No es suficiente, porque Mousse resulta demasiado opaca para que nos interese del todo.

La magnífica interpretación de Isabelle Carré, que estaba embarazada durante el rodaje, otorga carne y hueso a un personaje enigmático que funciona mejor cuando se libra a sus impulsos -el encuentro fortuito con un ligón o el coqueteo, clausurado con un golpe de rechazo- con un chico en una discoteca- que cuando explica sus motivaciones (el final).
Así las cosas, el proceso interior de Mousse se refleja en un espejo al que le cuesta devolver una imagen. No se trata de una película que habla de la maternidad sino del reencuentro de una mujer consigo misma, pero a Ozon le cuesta dotarlo de la entidad dramática que sugieren las primeras escenas.
18 Agosto 2010
Los mercenarios, la verbena de las viejas glorias

PUNTUACIÓN: 5
El otro día pillé en televisión Rocky II, segunda película de Sylvester Stallone. Me sorprendió su acusada dimensión obrera: con excepción de El luchador, film que debe mucho a la saga Rocky, es completamente imposible encontrar en el cine comercial americano contemporáneo escenas como las de Rocky Balboa trabajando en el matadero. Hay algo muy poderoso en el Stallone director: una fuerza elegíaca, que hace brillar el músculo del esfuerzo, del hombre castigado que se lo curra.
Es esa fuerza la que Stallone, ahora autoconsciente, ha explotado en sus últimas películas, Rocky Balboa, Rambo, y ahora, Los mercenarios. En ésta, sorprendente éxito de taquilla en Estados Unidos, funciona la reunión de héroes de acción en decadencia. No sólo el guiño de la escena donde se reúne con sus exsocios del Planet Hollywood, Bruce Willis y Arnold Schwarzenegger, sino también la aparición estelar de gente como Dolph Lundgren o Mickey Rourke.
Es interesante la confrontación de este festival de viejas glorias con la presencia de Jason Statham, su relevo generacional. Lo más brillante de la película es precisamente las escenas de conversación, en las que estos mercenarios hablan de lo divino y lo humano como si se hubieran escapado de la secuela bastarda de un western de Howard Hawks.

Cuando llega la acción, llegan los problemas. Se supone que estos mercenarios intervienen en un país latinoamericano imaginario, controlado por un exagente de la CIA psicópata y un militar doblegado a sus deseos, que están centrados en el mercado del narcotráfico. Lo que decíamos: la acción es torpe, fragmentada hasta el delirio, caótica, y no logra esconder el bajo presupuesto de la producción.
Es conmovedor que Stallone aún se vea a sí mismo como un héroe romántico, que tiene que salvar a la chica en el último minuto. Genio y figura hasta la sepultura: la sinceridad y la honestidad con que Rambo se retrata a sí mismo como Curro Jiménez crepuscular es lo que lo salva del más absoluto de los ridículos.
13 Agosto 2010
Zombis nazis, la esvástica hecha carne (muerta)

PUNTUACIÓN: 6
Aunque parezca la primera película que aborde el subsubgénero de los zombis nazis, un francés especialista en porno blando, Jean Rollin, ya se los había inventado, con la complicidad de Jesús Franco, en los primeros ochenta en una película titulada El lago de los muertos vivientes. Todo está inventado, habría que decirle a Tommy Wirkola, el noruego director de Zombis nazis.
La originalidad no tiene mucha importancia en un filme que bebe de fuentes tan clásicas como Brain Dead y Posesión infernal. De ambas hereda su preferencia por el slapstick, por encontrar las dosis de comedia física que anidan en esa ceremonia de lo grotesco llamada gore sin tener miedo al ridículo.
Zombis nazis tarda en arrancar, y lo previsible de su planteamiento -una pandilla de estudiantes de medicina que acuden a una cabaña aislada para pasar sus vacaciones de Semana Santa, encontrándose con una pandilla de zombis, nazis y avariciosos, que quieren recuperar el botín que acumularon al torturar a todo un pueblo durante la 2ª Guerra Mundial-puede resultar disuasorio.

El caso es que, cuando entra en materia, la película está realizada con un entusiasmo, una vitalidad y un amor por el género que no son fáciles de encontrar en un producto de estas características. Wirkola utiliza el espacio nevado como no-lugar debajo del cual puede aparecer, en cualquier momento, una mano enguantada. Es de esas películas de terror que prefieren la luz del día a la negrura nocturna: blanco sobre blanco para que se vea la sangre.
Y se ve, vaya si se ve. Romero ha inventado casi todas las formas de matar y/o aprovechar la carne del zombi, pero Wirkola no se queda corto: con preferencia por los intestinos, sobre todo cuando sirven para colgarse de un acantilado a la vez que un zombi intenta comerte la cara. Y esto es sólo un ejemplo: los hay a miles en un filme que hace de sius excesos su mejor virtud.
12 Agosto 2010
The Girlfriend Experience, el dinero no da la felicidad

PUNTUACIÓN: 8
Sé que a mi querida Doctora Amor no le gustó nada, pero, qué queréis que os diga, cuando Soderbergh se pone Godard, no puedo hacer otra cosa que aplaudir su osadía. Adoro la versatilidad de su trayectoria, su capacidad de trabajo, sus dotes como director de fotografía, el haberse construido una carrera que salta del 'mainstream' al 'indie' de forma incesante y sin concesiones, y su habilidad para hacer de la frialdad de su estilo un punto a favor de lo que cuenta.
Porque The Girlfriend Experience es la película sobre la prostitución más fría que imaginarse pueda. Sobre todo porque no es una película sobre la prostitución, aunque su protagonista sea una 'escort' de lujo que vende sexo y comprensión por una noche. Es una película sobre la muerte de los sentimientos en un mundo que ha confiado demasiado en el valor del dinero.
Prácticamente todas las conversaciones que mantiene el personaje de Sasha Grey, que debería ganar el premio a mejor actriz sonámbula del año, versan sobre el dinero. Entrevemos una sociedad al borde de la crisis, con los clientes de esta prostituta de lujo quejándose de sus pérdidas, con ella intentando invertir o intercambiar impresiones sobre cómo optimizar sus recursos económicos.

Soderbergh ha realizado su propia versión de Vivir su vida y Dos o tres cosas que sé de ella. Ha adaptado la narrativa fracturada de Godard para demostrar que aquél, en los sesenta, tenía toda la razón cuando criticaba los usos y costumbres del capitalismo. A su vez ha sacado todo el provecho posible de la gelidez del vídeo, que congela los movimientos de sus personajes.
Es, con Bubble y Schizopolis, su película más radical, la más antipática y hermética, la que se lo pone más difícil al espectador y la que ofrece un retrato más crudo, más terrible, de que significa vivir aquí y ahora. No la va a ver ni Dios, pero tiene muy buen cine dentro. No confundir su brevedad con pereza: es concisa como un veredicto judicial.
11 Agosto 2010
Airbender: Shyamalan enseña su verdadera (y lamentable) cara

PUNTUACIÓN: 2
Incluso para sus detractores, entre los que me cuento (exceptuando Señales, que me encanta), M. Night Shyamalan siempre ha tenido una gran virtud, que es su excelente dominio de la puesta en escena, su precisión al encuadrar, lo hipnótico del ritmo que imprime a sus imágenes. Virtud que ha desaparecido por completo en esta infamia titulada Airbender, el último guerrero.
Quizás sea cierto que la película ha sufrido en la sala de montaje, aunque eso no exime a Shyamalan de la pereza formal que la aqueja, del tedio que provoca las situaciones que plantea, de lo absurdo de sus diálogos. Porque, recordémoslo, esta adaptación de un pseudoanime emitido por el canal Nickelodeon es una película personal.
El niño prodigio que la protagoniza, el Avatar que debe ser maestro en el dominio de los cuatro elementos, es el alter ego de un Shyamalan que siempre se ha creído superhéroe (El protegido) y excepcional demiurgo de un mundo maravilloso (La joven del agua) que él y sólo él controla hasta el último de sus detalles y que está predestinado a despertar incomprensión en los críticos.

Esta película, que tiene pinta de episodio piloto de una saga tan ambiciosa como El señor de los anillos, tiene el acabado formal, torpe y cutre, que tenía La historia interminable en los ochenta. Es fantasía heroica de baja estofa, y sus efectos, que la han encarecido hasta límites insospechados, sólo consiguen gran espectáculo en el catastrófico clímax final.
No sé qué me gusta menos, si los bailes al estilo capoeira de este Avatar de pacotilla, si el maquillaje 3D añadido en el último minuto o si el aburrido espiritualismo que recorre toda la propuesta. Es tan, tan mala que ni siquiera se permite la virtud del sentido del humor. Si al menos se riera de sí misma... Pero Shyamalan es demasiado serio y trascendente para aplicarse un poco de ironía.
06 Agosto 2010

PUNTUACIÓN: 6
Al ver Origen me ha pasado algo muy parecido a lo que me ocurrió viendo El caballero oscuro: no es el magnífico blockbuster que me habían vendido. No porque no lo pretenda sino porque lo pretende demasiado: Christopher Nolan ha puesto toda la carne en el asador y, a pesar de ello, la cosa no acaba de cuajar, precisamente porque no se atreve a llegar al fondo de sus posibilidades.
Nadie acusará a Nolan de no haber hecho una película personal. a invertido ocho años de su vida en escribir un guión que es un sofisticado jeroglífico, una paradoja matemática, un sueño que se edita a sí mismo en un juego de cajas chinas. El problema llega cuando las reglas de ese juego son tan complicadas -y tan caprichosas- que la película debe invertir demasiada energía en explicarlas.
Hay una subtrama de Origen que me interesa. Es la del trauma del personaje de Leonardo Di Caprio, hermana de la de Shutter Island. Es la que coloca a dos amantes en el limbo de un sueño que se ha construido a sí mismo para ser burbuja perfecta y cárcel sin rejas. Es la trama que hace de Origen una versión mainstream de El año pasado en Marienbad. Es también la trama más nolaniana, la que vincula la culpa con la memoria o los estados pseudo oníricos.

Menos interesante me parece toda la trama de los atracadores de sueños en el mundo de las grandes corporaciones. Y aunque el arranque es brillante, y el larguísimo clímax final -le sobra media hora- está lleno de imágenes subyugantes -la gravedad cero del pasillo de hotel, el coche que cae del puente durante tres cuartos de hora-, se nota que Nolan tiene que improvisar reglas y excepciones a esas reglas para que la lógica de su sueño sea explícitamente racional. Craso error, porque los sueños no tienen por qué entenderse.
La ambiciosa arquitectura visual de la película es extraordinaria -ese París que se doblega sobre sí mismo- pero el espectador tiene la sensación de que le han dado un mapa demasiado detallado para guiarse por el laberinto, precisamente cuando la gracia del laberinto está en perderse por él como si supiéramos que no hay salida.
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Sergi Sánchez
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