Criticar: "Juzgar de las cosas, fundándose en los principios de la ciencia o en las reglas del arte". Y eso es lo que haremos aquí, así que si has salido del cine con ganas de comentar la película, no te reprimas y critica, critica...
08 Febrero 2010
Precious, la rana que quería ser princesa

PUNTUACIÓN: 6
"Me hicieron repetir a los doce años porque tuve un crío de mi padre. Eso fue en 1983. No iba al cole desde hacía un año. Y éste va a ser mi segundo hijo. Mi niña tiene síndrome de Down. Es subnormal. Y también repetí en preescolar a los siete años, porque no sabía leer (y me meaba encima). Ahora tendría que estar en segundo y prepararme para tercero para luego terminar secundaria. Pero no señor. Estoy en octavo de básica".
Así de franca y directa empieza la novela de Sapphire, Push, en que se basa esta Precious que parece haber encandilado a los americanos. Vaya por delante que no hay para tanto: es más, lo único que hace Lee Daniels es poner el tremendismo en primer plano para sacarle jugo a un personaje extremo que quiere salir del lodo, aprender a valerse por sí misma y sacarse de encima a esos padres-monstruo que la han hecho lo que es.
No acaba de convencerme que Lee Daniels decida representar los sueños de Precious en alfombras rojas y envuelta de glamour. Parece que, después del horror, Daniels quiere ponérselo fácil al espectador, descansarle los ojos para volverlo a atacar por la espalda. Tampoco acaban de gustarme las secuencias de la escuela, lo que supone la redención de Precious, lo que convierte su historia en una fábula de autosuperación.

Me interesa la violenta relación de Precious con su madre, interpretada con un valor fuera de lo común por Mo'nique. La madre que acusa a su propia hija de quitarle el hombre que la satisfacía sexualmente, la madre que ve a su hija como una rival amorosa, la madre que finalmente confiesa las razones de su odio y que se transforma en un monstruo que es más monstruoso porque comprendemos su mezquindad.
Si Precious se libra de ser una historia sórdida propia de El diario de Patricia no es por su puesta en escena, feista hasta decir basta y cercana al reality, sino por la interpretación de Gabby Sidibe, que nunca parece estar incómoda en su propia desgracia, y de Mo'nique, que afronta bailar con la más fea poniendo toda la carne en el asador. Ah, y Mariah Carey se ha quitado el maquillaje por una buena causa: en verdad parece otra, y convence como asistente social.
05 Febrero 2010
Sherlock Holmes está hecho todo un superhéroe

PUNTUACIÓN: 6
A los que seguís este blog no os sorprenderá si os digo que Guy Ritchie es un bluff. Me faltan Barridos por la marea y Revolver, pero sus demás películas dan un poquito de pena. Cuál ha sido mi sorpresa cuando, al caerme en un cine para ver Sherlock Holmes con todas las reservas del mundo, me ha parecido su mejor film. No es decir mucho en el caso de Ritchie, pero menos da una piedra.
Es discutible que el detective creado por Arthur Conan Doyle necesite convertirse en un experto en artes marciales y golpes maestros para seducir al público de multisala. Aunque visto lo visto en el cine comercial contemporáneo, parece lógico que no se haya encontrado otra manera de acercar a los adolescentes el mito de Holmes que convirtiéndolo en un superhéroe.
La cosa funciona porque la pareja Robert Downey jr.-Jude Law tiene química. Me gusta el rollo 'compañeros de piso' y me gusta que Holmes tenga celos y quiera impedir el matrimonio entre Watson y su prometida. Ésta es una 'buddy movie' con subtexto gay, y por eso las dos mujeres que acompañan a nuestros héroes acaban por tener un papel de comparsas, sin entidad dramática: lo que importa aquí es la amistad amorosa entre dos hombres.

Me gusta también la manera en que Ritchie deconstruye un gesto, un movimiento. Al contrario que en otras de sus películas, la autoconsciencia de este recurso expresivo encuentra aquí una justificación narrativa: Sherlock Holmes ve el mundo como un concatenado de fragmentos y de pistas, una cadena de causas y efectos que se anticipa a la acción propiamente dicha y le otorga un sentido antes de que ocurra.
Por otra parte, y como le pasa al noventa por ciento de las superproducciones, Sherlock Holmes siente la imperiosa necesidad de durar más de dos horas, de alargar hasta la extenuación sus escenas de peleas y explosiones, de alambicar la trama y de repetir situaciones imposibles, hasta que el espectador se cansa, y mucho. ¡Ay, las películas de hora y media!
04 Febrero 2010
La mujer sin piano, after hours

PUNTUACIÓN: 8
A Javier Rebollo se le notan las influencias, y lo bueno es que están integradas en un discurso que va más allá de lo cinéfilo. No hay muchos directores españoles que puedan jactarse de partir de Chantal Akerman, de reverberar en Godard, de rebotar en Kaurismaki y de detenerse en Tati y Jerry Lewis, sin pestañear siquiera.
La mujer sin piano nos recuerda al rigor estructuralista de Jeanne Dielman y a una de las historias de Toute una nuit, ambas de Akerman. Aquí tenemos a un ama de casa, mujer de un taxista y estheticienne en el hogar, que, llegada la noche, decide coger su maleta y abandonar a su marido así, de sopetón. Se calza una peluca morena, se convierte en otra, y se dirige a la estación de autobuses de Madrid Sur para empezar una nueva vida.
¿O acaso lo que quiere es únicamente vagar por la ciudad, sola, sin más rumbo que el que marca un inmigrante polaco al que le gusta "reparar cosas"? Rebollo nunca resuelve el enigma, porque la errancia de Rosa -interpretada por una Carmen Machi vuelta hacia dentro, aislada de sus acostumbrados excesos- expulsa la acción del encuadre, nos niega su resolución a partir del fuera de campo, estiliza sus movimientos a través del color y la irrupción de la música.

Como demostró en Lo que sé de Lola, Rebollo es un formalista, y a veces está a un paso del manierismo y de la afectación. Caminando por un hilo peligroso, es un funambulista que se salva de la quema: porque La mujer sin piano acaba por establecer una poética personal, muy singular, y que se distingue con méritos de lo que hace el resto del cine patrio.
Me gusta especialmente que lo cotidiano adquiera tintes extraterrestres, que el sonido construya su particular campo semántico, que los personajes se muevan y hablen como sonámbulos, como si en realidad se hubieran despertado en medio de la noche y la atravesaran soñando con los ojos abiertos, antes de que el hechizo se desvanezca.
02 Febrero 2010
En tierra hostil, la guerra es cosa de hombres

PUNTUACIÓN: 6
No comparto el encendido entusiasmo de casi todo el mundo respecto a En tierra hostil, ni las nueve nominaciones a los Oscar (aunque ojalá que gane a Avatar). Me parece una buena película, Kathryn Bigelow es -lo sabíamos- una directora magnífica, pero las andanzas de este grupo de artificieros desactivando bombas en Irak me deja un poquito frío. Lo pasan mal, vale; hay algunos que viven la guerra como una adicción, vale; y me pregunto, ¿y qué?
Creo que ese ¿y qué? proviene de que Bigelow no desarrolla la psicología de los personajes, o la desarrolla tarde. Uno sufre por sus acciones, porque no sabe si van a morir o no manipulando una bomba (feliz hallazgo el de reclutar a actores poco conocidos), pero más allá de esos momentos cumbre, hay poco donde rascar.
Me gusta que la película tenga un tono tan abstracto y a la vez tan concreto. Es decir, me gusta que las escenas de acción se carguen de electricidad a partir de un trabajo con la dilatación del tiempo, y me encanta el atrezzo, ese ambiente polvoriento, muy físico, de Irak (fue, eso sí, rodada en Jordania), y el contraste con los trajes como de ciencia-ficción de los artificieros.

Tengo que admitir que me cuesta un poco subir el everest del cine bélico puro y duro. Es un género que me resulta algo árido, aunque admiro películas que están en la recámara de En tierra hostil, películas sobre el hombre en combate, como La colina de los diablos de acero, de Anthony Mann, o Casco de acero, de Sam Fuller.
Me gusta menos que la Bigelow nos diga que quiere mantenerse al margen, que la intervención americana en Irak no le interesa desde una perspectiva ideológica sino casi como punto de partida de un estudio sobre el comportamiento humano. Es un tema aún demasiado actual como para quedarse mirando desde la barrera, fascinada por los movimientos del cuerpo masculino en acción.
01 Febrero 2010
Chéri, ¿qué pasó con Michelle Pfeiffer?

PUNTUACIÓN: 6
Leo una entrevista con Michelle Pfeiffer con cierto estupor: afirma que le costó un poco verse avejentada en la última parte de Chéri, la película que la ha reunido con Stephen Frears y el guionista Christopher Hampton después de Las amistades peligrosas. Digo "con estupor" porque uno de los problemas de Chéri, condensación de dos novelas de Colette, es que nunca parece que nuestra querida Pfeiffer tenga 50 años.
Toda la película está organizada alrededor de su persona, de lo que significa ser Michelle Pfeiffer cincuentona. En la ficción es una cortesana que, ya en horas bajas, acepta el encargo de educar a un niñato, hijo de una compañera de trabajo de lengua afilada (magnífica Kathy Bates), en las artes amatorias. Por supuesto, se enamora de él, y luego lo pasa mal: entra por lana y sale trasquilada.
En la realidad es una actriz que simboliza el destino de muchas compañeras de profesión que, en Hollywood y a los 50, no tienen ofertas para trabajar. Víctimas del paso del tiempo, son como platos de porcelana bellos y ajados. La gente los contempla, los colecciona, pero no les dan buen uso.

Stephen Frears decide filmar a la Pfeiffer como si fuera un objeto decorativo más, confundido entre el lujoso diseño de producción de una película sobre la decadencia de la belleza. Creo que no le presta la suficiente atención, quizás porque la belleza de la Pfeiffer no se ha marchitado lo suficiente para destacar entre tanta flor y sábana de seda.
El resultado es correcto, pero también algo frío para la pasión que, teóricamente, corre por las venas del mundo de Colette. Frears es un director que necesita estar cerca de sus actores, y aquí da la sensación de que se ha dejado distraer por el ambiente, por todo aquello que no estaba presente, por ejemplo, en Las amistades peligrosas.
28 Enero 2010
Avatar es lo peor... porque Sigourney Weaver fuma!!!

Será porque soy fumador, pero de las pocas cosas que me gustan de Avatar es que la científica interpretada por Sigourney Weaver está pegada a un cigarrillo a todas horas. Es una buena manera de caracterizar a un personaje que va a la contra de un mundo aséptico y liderado por hombres que no fuman pero son lo peor.
Leo en el New York Times que ya se está poniendo el grito en el cielo porque Cameron ha dado mal ejemplo con eso del fumar. Que si los adolescentes ven que en una película tan modélica y que les gusta tanto se fomenta el consumo de tabaco, van a salir del cine para comprarse un par de cartones sólo para empezar.
El artículo cuenta las contradicciones de un sistema de calificaciones, el americano, mucho más restrictivo con el sexo que con la violencia, con los homosexuales que con los heterosexuales, y con cuestiones peliagudas, para quedar bien, como la del tabaco, que con la sangre (cosa que no ocurre en España, válgame Dios: aquí Saw VI se prohíbe para no incitar a la violencia, doméstica o callejera).

¿Cómo se ha atrevido el señor Cameron a hacer una película ecologista que incite al fumeteo? Esa es la única contradicción que la Liga Antitabaco percibe en Avatar. Las demás contradicciones no son importantes: por ejemplo, que en un film que pretende venderse como anticolonizador, sean los blancos, y para más inri yanquis, los que salven a una civilización pura pero primitiva.
No creo que el cine incite al tabaco. Tampoco creo que eso sea motivo para poner calificaciones más severas (en las películas familiares de la Disney, que son muy sabias, nadie fuma). Creo que hay mucha hipocresía y mucha intransigencia: vale que no se pueda fumar en los bares porque el humo perjudica seriamente la salud de los que no fuman, pero ¡en una película!
27 Enero 2010

PUNTUACIÓN: 6
Nada que ver con Tobi, aquella película de Antonio Mercero que le puso alas a un niño llamado Lolo García para especular de qué ocurriría si un ángel apareciera en nuestra triste y avariciosa sociedad. Nada que ver porque Ricky presenta a su 'macguffin', a su pretexto argumental, como un monstruo más que como un ángel.
François Ozon vuelve a sus raíces: sus primeras películas -la perturbadora Regarde la mer y la divertida Sitcom- contemplaban la fragilidad del universo familiar a la luz de la irrupción de un intruso (una psicópata, una rata) que conseguía desequilibrarlo con efectos devastadores. Este es el papel de un niño ángel que se da contra las paredes cuando vuela y tiene unas desagradables heridas en la espalda que parecen síntomas de maltrato antes que alas a punto de nacer.
La aparición de Ricky en la película provoca un cambio de registro, una grieta. Hasta entonces, el film cuenta, desde una perspectiva apegada a la realidad bastante inédita en Ozon, la historia de un amor proletario, con una austeridad algo inquietante, propia del cine de los Dardenne.

El recién nacido es una interferencia en el débil orden familiar. El padre queda desplazado, la hija mayor está celosa, la madre no sabe muy bien cómo manejar esta bendición del cielo o esta maldición del infierno. La trama realista deriva hacia la fábula, y entonces parecen surgir los problemas de Ozon.
Ozon, que en Los amantes criminales supo jugar con astucia e inteligencia con los códigos del cuento, no acierta a dejar claras sus intenciones. Ricky empieza a volar en círculos, porque Ozon no domina las claves de su fábula, engullido por la potencia de ese símbolo al que no sabe dotar de entidad dramática.
26 Enero 2010

PUNTUACIÓN: 4
No hace falta invocar el fantasma de Fellini 8 1/2 para que resalten los defectos de Nine. No hace falta pero es inevitable: porque la obra maestra de Fellini partía del culto al narcisismo -el genio que se desdoblaba en un alter ego de aúpa, Marcello Mastroianni, o Guido Anselmi- para hacer terapia, explorar en el baúl de los recuerdos y reconstruir un yo tan complejo y egoista como infantil.
Si Fellini 8 1/2 hablaba sobre Fellini, su primera adaptación musical -sí, ya hubo una, y mucho mejor-, titulada Empieza el espectáculo, hablaba sobre Bob Fosse. Se trataba de adaptar las mismas estrategias que Fellini y explotarlas en el marco de un musical moderno y exigente, otra disección de la identidad del creador más que estimulante.
Fellini y Fosse eran artistas. ¿Lo es Rob Marshall? Yo diría que le falta comer muchas sopas para serlo. Guido ya no es una persona sino un personaje, y en ese tránsito pierde fuerza. Daniel Day-Lewis lo interpreta como si fuera un estereotipo, pero no es culpa suya: así está escrito, con barba de tres días y un cigarrillo tras otro colgando de la comisura de los labios.

Lo peor no está en Guido sino en cómo Marshall enfoca la puesta en escena del musical, algo que ya podía percibirse en Chicago. Es una pena que maltrate a las actrices con las que trabaja: exceptuando a Nicole Kidman, cada vez más prescindible, las demás dan el do de pecho en sus canciones y bailes. Marshall, de vuelta, las corta en pedacitos. La manera en que monta esas escenas, con planos de un segundo que cortan el movimiento del cuerpo de las actrices, impide que veamos las bondades de su actuación, la presunta grandeza de las coreografías.
Si a eso añadimos que, exceptuando tres canciones ("A Call for Vatican", la pegadiza "Cinema Italiano" y la mejor, "Be Italian"), la música en Nine no es muy allá, veremos que el glamour que derrocha todo el diseño de producción y vestuario se queda en agua de borrajas. No es que sea una película frívola y superficial; es que desaprovecha la oportunidad de revisar un gran clásico.
23 Enero 2010
Up in the air, volaaaaaaare...

PUNTUACIÓN: 7
No puedo negarlo: me lo pasé bomba viendo Up in the air. Pero no pude dejar de pensar, sobre todo mientras digería mi divertimento, que la película de Jason Reitman esconde una trampa que contradice lo que, en teoría, le da sentido. Que, al final, el discurso crítico del film se arrepiente para redimir, aunque sólo sea un poco, a su personaje.
Up in the air empieza con un montaje de reacciones de gente que ha sido despedida por ese tiburón de altos vuelos que es George Clooney. Poco antes del final, Reitman incluye otro montaje de estructura similar donde esa misma gente admite que el despido les ha ayudado a empezar de nuevo, a renovar su ajada piel de trabajadores corporativos. Reitman demuestra así que la arenga prefabricada de Clooney cumple su función: es una verdad casi absoluta, un argumento de vendedor que resulta en manual de autoayuda.
En los dos primeros tercios de la película Reitman consigue realizar una disección bastante aguda de los métodos monstruosos por los que se rigen las grandes corporaciones para equilibrar su balanza de pagos. La construcción del personaje de Clooney es impecable, y él le aporta un encanto peligroso, porque, en esencia, es un galán terrorífico, un asesino de la clase obrera.

Me interesa la confrontación con los dos personajes femeninos, némesis o voces de la conciencia de nuestro dudoso héroe. Vera Farmiga logra sin aparente esfuerzo, y parafraseándola, ser Clooney con vagina. Anna Kendrick logra ser tan repelente como su personaje, una listilla a la que le falta más contacto humano y menos Internet para entender cómo funciona el mundo.
Lo dicho: perfecta química, ritmo endiablado, denuncia nada velada a una situación (la crisis) muy contemporánea. Pero esto es Hollywood, y Reitman cambia de idea: hay que darle a Clooney algo de bondad que mascar, algo de redención a la que abrazarse, para restituirlo como héroe. Y entonces es cuando la película mete la pata.
21 Enero 2010
La decisión de Anne, la familia tiene cáncer

PUNTUACIÓN: 3
Atención: dilema moral a estribor. Y vaya dilema moral! Anne, la hija pequeña de un matrimonio que la ha concebido in vitro para que se convierta en perfecta donante con el fin de contrarrestar las enfermedades de su hermana -ahora una leucemia, ahora una insuficiencia renal-, tiene once años y está harta de que sus padres (sobre todo su madre) la utilice como conejillo de indias. Y no se le ocurre nada mejor que demandarles.
Alrededor de esta demanda y del posterior juicio -en el que se dan cita, casualidades de la vida, una juez que ha perdido recientemente una hija y un abogado enfermo-, La decisión de Anne recoge las piezas de la historia de una familia que ha sido marcada por la enfermedad de Kate, la hermana mayor, y que ha sido afectada desde sus cimientos, incapaz de levantar cabeza.
Podría decirse que Nick Cassavetes se enfrenta al hecho de la enfermedad terminal de cara y sin filtros. Podría decirse que la película busca respetarse a sí misma -y no lo consigue, tan parecida a un manual de autoayuda- desde la crónica de la decadencia del cuerpo. No se nos ahorra ni un vómito, ni una quimio, ni una hemorragia.

No ayuda en absoluto que el envoltorio de la historia esté bañado en una luz de anuncio de pañales, preciosa pero edulcorada hasta decir basta (gentileza de un gran director de fotografía como es Caleb Deschanel). No ayuda que nada sea lo que parece, porque, por supuesto, habrá un giro final de guión que dé sentido al dilema moral planteado desde la más discutible de las trampas.
Salvadas de la quema, las actrices aportan un poco de dignidad a tan desastroso melodrama. Cameron Diaz pone toda la carne en el asador a la hora de interpretar a una madre tan entregada como monstruosa, pero son Abigail Breslin y Sofia Vassilieva quienes sacan adelante una historia totalmente imposible.
19 Enero 2010
Amerrika, políticamente corrrrecta

PUNTUACIÓN: 4
Amerrika está diseñada para gustar, es políticamente correcta hasta decir basta. Se nota que Cherien Debis nació en Omaha, porque, aunque aparenta denunciar la xenofobia antiárabe desatada en Estados Unidos por el 11S, lo hace equilibrando la balanza, intentando contentar a todo el mundo, cantando un himno de tolerancia que suena a prefabricado.
Una madre y su hijo palestinos reciben el sí al visado de viaje a la tierra prometida que solicitaron tiempo ha. Ella es empleada de banca, él estudia en el instituto: agobiados por la vida en zona ocupada, piensan que las promesas de la emigración al país de las oportunidades les salvará el pellejo. Huelga decir que se equivocan.
Debis retrata a los inmigrantes y a la familia que los acoge -la hermana de la protagonista, su marido y dos hijas- como gente de bien, acosada por el racismo de la América de Bush y a la vez integrada en las costumbres de un país que, muy puntualmente, les hace añorar el suyo.
El relato está poblado de clichés: se comparan los controles del ejército israelí con los controles de las aduanas americanas, se describen las dificultades para encontrar trabajo de la palestina desde la desesperación melodramática, se retrata el acoso del hijo en la escuela siguiendo un paso a paso milimetrado.

Por supuesto, no todos los americanos son malos. El director del instituto es un santo varón, un ejemplo de tolerancia para todos aquellos hermanos de soldados en la guerra de Irak que quieran seguirlo. Un hombre con un gran corazón que sólo busca una familia que le adopte, sea de la religión que sea.
La única porción de verdad de Amerrika la aporta la actriz principal, Nisreen Faour, que interpreta a esta madre coraje que también es abnegada como si fuera la heroína de una película italiana, poniéndole un sentimiento a la historia del que realmente carece.
18 Enero 2010
La cinta blanca, el pueblo de los malditos

PUNTUACIÓN: 8
Haneke plantea su viaje a los orígenes del fascismo -y concretamente del fascismo que transformó Europa en una gran fosa común con seis millones de judíos dentro- como un relato hecho con la suficiente distancia -por un profesor que fue testigo de algunos de los hechos allí acaecidos- para que no sepamos lo que tiene de verdadero o falso.
¿Qué ocurre en ese pueblo del norte de Alemania justo antes del atentado de Sarajevo que provocará la Primera Guerra Mundial? Sucesos extraños, terribles castigos infantiles, una cadena de monstruosidades que Haneke abandona detrás de la puerta, en un fuera de campo terrorífico que aplasta al espectador.
Haneke no se olvida de ningún estamento -el señor feudal, el granjero, el pastor, el médico- en su galería de los horrores: todos son culpables, apenas hay un rayo de luz en este mundo nublado, blanquinegro, que condena a los niños a la imposición de unos valores éticos que son el borrador de la ideología nazi.

Palma de Oro en el último Festival de Cannes, La cinta blanca está, como de costumbre en Haneke, controlada hasta el último detalle. El rigor de su planteamiento narrativo se corresponde con el formal: a la impecable fotografía en blanco y negro le corresponde una austeridad radical en los encuadres, en el montaje y la planificación.
Creo que ese rigor calvinista, tan protestante y castigador como los villanos que maltratan a los niños, es un arma de doble filo. Le ocurría ya en Funny Games, película que denuncia el culto a la violencia de la sociedad contemporánea desde un método de lo más sádico. La correspondencia entre forma y fondo, tan coherente, convierte a La cinta blanca en una película tan luterana y reprimida como sus protagonistas adultos.
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Así me gano la vida: criticando películas. ¿Te puedes imaginar que tu mayor pasión, ver cine, te dé de comer? Ya sé, tenemos mala fama, pero... ¿con quién se meterían los cinéfilos y la gente de la industria si no existiéramos? Venga, no pierdas el tiempo: critícame si te atreves...
Sergi Sánchez
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