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Mamá...quiero ser guionista... Ay mamá... protagonista... Soy guionista profesional (traducción, escribo lo que sea por dinero) y me conoceréis por títulos como " ", " " y por supuesto, " ". Efectivamente, por el momento no me conoceréis por nada.
26 Septiembre 2007

Jódete, Otto

A veces admirar a alguien puede ser un problema. Sobre todo si tienes la ocasión de trabajar con ese alguien y te sientes maltratado. Que te maltrate /desprecie/ ignore un ser humano talentoso siempre le sienta muy mal a la vanidad.

Pero incluso ante la gente que admiramos hay que saber mantenerse erguido, aunque nos vaya la vida en ello.

Voy a contaros una maravillosa anécdota protagonizada por Otto Preminger y un pobre guionista llamado Lyonel Chetwind. La voy a resumir de un imprescindible libro, "Doing it for the Money (The Agony and Ecstasy of Writing and Surviving in Hollywood", del que ya os he hablado en alguna otra ocasión.

Lyonel es un guionista desesperado por conseguir un trabajo que ha llegado al despacho del gran Otto Preminger por haber adquirido los derechos de una novela que el cineasta quería adaptar. Es por ello que él debe al menos intentar llevarle a Otto una versión del guión con la que el tipo se avenga a trabajar. Aterrado ante la reputación de devoraguionistas de Preminger, Chetwind le pregunta a William Goldman cómo comportarse ante Otto. "Prótege la parte de tí que escribe", le aconseja Goldman.

En ese día que Lyonel está sentado ante Otto, le ha llevado una escena de cuatro páginas que ha estado reescribiendo toda la noche, consciente de que en esas hojas está su futuro.

Y ante él está Otto Preminger, leyendo sus páginas en su despacho alicatado de mármol con vistas a la Quinta Avenida. Y a partir de aquí os lo traduzco.

"Había que pagar el alquiler. Estábamos arruinados. Por favor, ama estas páginas. Por favor. Necesito este trabajo. Gloria no tiene empleo, no podemos dar de comer a los niños si no te gustan...

Pero él sonreía ante lo que leía. Me miró sonriente. Mi corazón se alivió. A la segunda página reaccionó con otra sonrisa. Otra en la página tres. ¡Iba a sobrevivir!

Hasta la página cuatro. Su cara se contrajo en una expresión de furia hitleriana, se formaron escupitajos en las comisuras de su boca, las venas se hicieron visibles en su característica cabeza calva, sus ojos se salieron de las órbitas. Hizo una bola con las páginas y me las tiró. Yo me escondí, deseando que recuperase la compostura.

Y lo hizo. Me dedicó la fría sonrisa de un aristócrata prusiano.

"Plumilla, -susurró en su suave acento germánico- La vida es curiosa, ¿sabes? Por ejemplo, toda mi vida he pensado que en este país las leyes son demasiado generosas con las armas de fuego; cualquiera en América puede poseer un instrumento mortal."

Yo no sabía de qué estaba hablando, pero no me gustaba.

Otto continuó. "Verás, Plumilla, en este país, yo podría tener ahí..." (señaló una cajonera bajo su escritorio) un arma. Una pistola".

No. No podría. Ni siquiera este ogro. Pero abrió el cajón superior. Creo que oí cómo se movía algo pesado.

"Y, con lo provocado que me siento por tu fracaso, y con un acceso de justa rabia debida a tu demostrada inutilidad, metería mi mano en este cajón para coger el arma de fuego..."

Que Dios me salvara, puso su mano en el cajón. Esta vez realmente oí algo pesado chocar contra la madera. Mis manos sudaban, quería volar pero me sentía paralizado. Todo sucedía muy rápido y a la vez cámara lenta.

"Y yo cogería el arma, que sin duda sería una estupenda Luger alemana, que nunca se encasquilla."

El hijode... estaba a punto de asesinarme.

"Y yo cogería en mis manos el arma..."

Le ví coger algo oscuro y pesado del cajón. Finalmente había perdido el control, y yo iba a convertirme en un titular. Ni siquiera conseguiría unos créditos decentes, siendo Otto el asesino. Mientras levantaba el objeto, yo hice lo que me enseñaron en el ejército: me tiré al suelo, cruzando mis brazos sobre el pecho, y rodé hasta quedar a cubierto bajo una silla.

Un momento de silencio. Y después un extraño zumbido. Me asomé por encima de la silla.

El objeto era una máquina de afeitar sin cables. Otto se estaba afeitando la cabeza.

"He decidido que vivas lo suficiente para que puedas intentarlo una vez más. Vuelve a tu oficina."

Me levanté, dispuesto a seguir sus órdenes.

Entonces lo recordé: "Protege la parte de tí que escribe."

"Jódete, Otto", le sonreí afectuosamente, "Lo dejo".

El aire matutino de la Quinta Avenida nunca tuvo mejor olor.

3 comentarios · Escribe el tuyo

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levothroid

Con lo que me gusta a mí el Otto, no sabía que era tan hijode...
Me ha encantado la anécdota y el post. ¿Ese libro está editado en castellano?

Escrito Por

Yo tampoco lo sabía... Creo que no está editado, y además como lo publica el sindicato de guionistas creo que no estarán muy pendientes de sacarlo... A ver si hay alguna editorial española espabilada y lo saca.

Grampus

¿Le dijo "jódete" a Otto Preminger? Espera que tengo por aquí una Luger que...

(Gran post!)

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Trabajo sobre todo en el cine pero también en televisión (como guionista, nada de hacer fotocopias...) Y, a partir de ahora, aquí estaré, para charlar o resolver cualquier duda que podáis tener sobre el mundo del guión, la escritura de ficción para la pantalla la tele o la reproducción de la zarigüeya...

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