El cine, con sus mitos sexuales y escenas eróticas, ha condicionado nuestra forma de "amar". Esta experta investiga morbos, calentones y otras alteraciones colectivas que provocan las imágenes proyectadas sobre una sábana blanca. Hablemos de ello.

Hoy concluye ese minimercado del cine español llamado Madrid de Cine, tres jornadas dedicadas a que los guiris se hagan con algunos títulos de nuestra reciente y futura cosecha de celuloide. De este modo, se han exhibido títulos recientes y otros que lloverán sobre las carteleras los próximos meses. Entre ellos voy a destacar No me pidas que te bese, porque te besaré.
Es la ópera prima de Albert Espinosa, un chico en quien se han depositado muchas esperanzas de producción: ha escrito teatro, tiene una web original, es el responsable de guiones como los de Planta 4ª, Va a ser que nadie es perfecto y Tu vida en 65 minutos (debajo, unos momentos), no tiene miedo a ponerse delante de las cámaras (ha hecho cameos en Fuerte apache, entre otros), tiene eso que llaman algunos mirada y ahora debuta en la dirección, sin haber pasado por la prueba de fuego del cortometraje.
La peli -escrita por Espinosa, por supuesto, y que se estrenará en octubre- ilustra la gran indecisión que invade a Albert (Eloy Azorín, en la foto que abre este post), un chico que trabaja en la biblioteca de una piscina de verano, ante su inminente boda con Helena (Teresa Hurtado de Ory, en la última foto del post), pues se va a celebrar en nada.
De este modo, en lugar de dedicarse a pensar en los preparativos del evento, le entra la paranoia de que no se quiere casar y, para distraerse, se apunta a un curso de guitarra para disminuidos psíquicos (entre ellos están guaperillos como Pablo Rivero y Jan Cornet, que vuelven a coincidir tras La noche del hermano, en la foto de abajo).

En las clases, el pobre hombre se sentirá un disminuido más, pero emocional, pues es mucho más inmaduro e infantil que algunos de sus compañeros a la hora de decirle a su chica si la quiere o no.
Por gentilezas de la trama, aparece también el mejor amigo de Albert, David, a quien da vida el propio Espinosa, un colgadete con pierna ortopédica que, en un momento dado, anima a varios de los disminuidos a que se masturben pensando en algo bueno, porque así se cumple lo que sueñan.
No voy a desvelar más, pero Espinosa -que ya abordó temas peliagudos como el cáncer en la infancia en la película de Mercero (podéis ver una secuencia debajo) o la muerte de un amigo en la de María Ripoll- se atreve a plantear este asunto, cosa que ya hacía en su obra teatral El club de las pajas, en la cual se basa el film.
Yo me pregunto: ¿será ésta una manera de exorcizar la bendita masturbación, tan vapuleada y denostada por el clero que ha educado a este país durante siglos?
¿Os ha pasado algo así alguna vez, es decir, que habéis pensado en algo bueno mientras le dabáis al amor propio y luego se ha cumplido ese deseo?

A mí, en esos momentos de autocomplacencia, me cuesta pensar en algo -más bien en alguien- que no sea morboso... me costaría un verdadero viacrucis combinar mi lado perraka con mi lado maricalcuta.
Aunque quizás, si esta teoria de Espinosa, de que las manolas traen suerte si las haces pensando en alguien es cierta, esa fortuna vaya a parar a raudales a ese alguien, o sea, Angelina Jolie, M.A.S. o George Clooney, por ejemplo...
El tema me deja ciertamente intrigada...
¿Qué os parece todo el asunto? ¿Os gustan el mundo, la poesía y los personajes de Albert Espinosa?
Alexandra_Del_Lago
Doctora: vi la otra noche a Pablo Rivero y me pareció más guapo de lo que luce en la pantalla...
Rubén Dario
A Albert le descubrí con planta cuarta,y me encantó la peli por ello me gustaria que filmaran una continuación para que tubiera un final feliz
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Soy doctora en sexología audiovisual gracias a las miles de horas que, desde mi más tierna adolescencia, he invertido en las salas oscuras. En esta consulta bloguera diseccionaré la química sexual y el sex-appeal de las estrellas que tanto nos ponen.
Macizorros, tías buenas -estoy muy orgullosa de mi lado lésbico- y otros animales cinematográficos, culpables de que todos seamos incurables voyeurs, pasarán por mi despiadado microscopio. ¡Ropa fuera!
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