El cine, con sus mitos sexuales y escenas eróticas, ha condicionado nuestra forma de "amar". Esta experta investiga morbos, calentones y otras alteraciones colectivas que provocan las imágenes proyectadas sobre una sábana blanca. Hablemos de ello.

¿Se folla mucho en un macrofestival como éste?, os preguntaréis algun@s. Porque tanta gente guapa Croisette arriba, Croisette abajo, cruzando miradas, luciendo palmito, contoneando cinturas y tensando musculatura... algún fruto tiene que dar, ¿verdad?
He estado varias ocasiones en ese gran escaparate que es el festival francés y puedo asegurar que no sólo es un mercado de cine, sino también de la carne. Pero bueno, lo mismo sucede en las ferias de ganado, de automóviles o de la industria farmaceútica: donde hay pasta, hay tema. No falla.

Las starlettes son una realidad unida al festi. De repente, en la playa se forma un revuelo: ¿será un pájaro, un avión, Supermán? No, señores, se trata de la neumática de turno que se exhibe lúbricamente para acaparar flashes y objetivos. Luego la veremos brevemente, a modo de cortinilla, en algún reportaje de la tele, entre una entrevista con Sean Penn y otra con Catherine Deneuve. Y, con un poco de suerte, la explosiva aspirante reciba alguna oferta para hacer porno por parte de algún cutre productor del ramo.
Porque la industria del cine erótico, cómo no, también desembarca estos días en la Costa Azul, aprovechando el mogollón del festival. Solía dar un premio -los Hot d´Or- a los más destacados estrellones de su especialidad y organizar una comida-party en una de las playas privadas de la Croisette: pocas veces se veían alineados tantos escotazos vertiginosos, cabelleras peliteñidas y morros siliconados por metro cuadrado.

Pero también están las fiestas que organizan las majors que estrenan pelis y las grandes distribuidoras, en discotecas y villas exclusivas de los alrededores, donde corren de mano en mano las tarjetas profesionales, las papelinas de coca y las copas de champán.
Hay peleas y todo tipo de chantajes por conseguir invitaciones para acudir, pour exemple, a la de la emergente Wild Bunch, que se prolonga desde medianoche hasta el amanecer y donde los actores/actrices que han venido a labrarse su futuro profesional a la Riviera Francesa lo dan todo, pero todo. Quienes no tengan invitación -periodistas, productores de segunda, cineastas independientes, acompañantes de los anteriores- pueden echar el lazo en el exterior del antaño mítico Petit Majestic, un bar abarrotado todas las soirées (foto de abajo).

Si te paseas por los halls de hotelones como el Martínez, Carlton o Majestic descubrirás, con sus actitudes displicentes, a muchos gigolós hiperbronceados y a prostitutas de alto standing confundiéndose entre la gente de la industria.
El dinero, el glamour y el sexo saturan las calles, tiendas y restaurantes que rodean al Grand Palais, sede del certamen. Pero todo este reclamo atrae también a hordas de franceses de las localidades cercanas, provincianos (con todos mis respetos) que peregrinan cada tarde a Cannes para ver, fotografiar y chillar por un famoso, admirar sus cochazos o robarles un improbable autógrafo.

Al final se conformarán con inmortalizar con el móvil a los imitadores de Elvis, Borat o Marilyn que encuentren en las aceras de la Croisette.
Entre ese circo de freaks destacan dos damas, madre e hija, vestidas de leopardo, que año tras año no faltan a la cita del macro evento. Ellas son el símbolo perfecto del auténtico festival: extravagantes, populares, frívolas, exhibicionistas y tenaces.

Desde aquí reivindico que ocupen, con todos los honores, el proximo cartel oficial del festival de Cannes. Se lo merecen.
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Soy doctora en sexología audiovisual gracias a las miles de horas que, desde mi más tierna adolescencia, he invertido en las salas oscuras. En esta consulta bloguera diseccionaré la química sexual y el sex-appeal de las estrellas que tanto nos ponen.
Macizorros, tías buenas -estoy muy orgullosa de mi lado lésbico- y otros animales cinematográficos, culpables de que todos seamos incurables voyeurs, pasarán por mi despiadado microscopio. ¡Ropa fuera!
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