De Cine

Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
29 Noviembre 2009

Ciclo Louéllico 11: David Copperfield

El ciclo programado por SSS (Su Segura Servidora) llega hoy a su fin con David Copperfield, la adaptación de la Metro de la novela de Charles Dickens, uno de mis novelistas favoritos. Me encanta Dickens, el más cinematográfico de los escritores; de hecho, Griffith confesó que se había inventado el primer plano y muchos otros elementos del lenguaje cinematográfico tras leer las obras completas del escritor británico. Lo creo.

En esta ocasión, el encargado de adaptar el lenguaje del folletín victoriano al celuloide fue George Cukor, un director al que muchos hoy día tratan de ningunear porque era cualquier cosa menos un auteur. ¡Gracias a Dios! Era, en efecto, un director 100% de estudio, con todo lo que eso tiene: prefiere ser invisible y que la historia la cuenten los actores y no él, a través de complicadísimos planos que delatan su mirada tras la cámara. El señor Cukor, según quienes le conocieron, dejaba su mirada para los sándwiches de pepino y la decoración de su mansión de Hollywood.

La Metro decidió tirar la casa por la ventana y contrató nada menos que a Hugh Walpole, el escritor británico que recibió el título de Sir. Siendo como era un snob incorregible, a Cukor no le podían haber buscado un guionista más de su gusto. Si a ello añadimos que ambos compartían intereses en La Cofradía (esa en la que Cukor militaba de manera tan beligerante como silenciosa: cuando detuvieron a Bill Haynes en una playa de California por insinuarse a los marineros, Cukor, que estaba con él, puso pies en polvorosa, aterrado con la idea de que su nombre pudiese verse asociado a un escándalo de este tipo), el entendimiento entre ambos –lo digo sin ironía ni dobles sentidos– no pudo ser mejor. El escritor, incluso, llegó a interpretar al vicario... ¿Una broma privada?

Por si fuera poco, hay dos elementos personales que hacen que esta película sea una de mis favoritas. Una es W. C. Fields, uno de mis cómicos de cabecera. Fields no tenía una lengua, tenía un estilete, de modo que muchas de sus frases se han convertido en lemas vitales para mí. Gracias al analfabetismo contemporáneo, puedo plagiar a saco muchas de sus frases y presentarlas como mías. Bendita ignorancia…

Por lo visto, Fields era un admirador incondicional de Dickens y peleó para hacerse con el papel de señor Micawber. Tuvo que superar su insalvable rechazo por los niños (por no decir repugnancia) y aceptó trabajar al lado del insufrible Freddie Bartholomew. Eso sí, fue incapaz de fingir acento británico, así que su personaje habla con un acentazo americano que tira de espaldas en el Londres victoriano de la Revolución Industrial.

Otro detalle que adoro de esta película es que Truman Capote, después de ver no esta adaptación sino la de David Lean de Grandes Esperanzas, exclamó a voz en grito al salir del cine: “¡Me han copiado la trama!” Capote no había leído nada de Dickens, ni una sola de sus novelas, cuando empezó a escribir su primer libro, Otras voces, otros ámbitos. ¿Cómo es posible?

En fin, el caso es que David Copperfield es una maravilla, una de esas películas bien hechas por las que la Metro era conocida (y envidiada), en la que no se escatimaba en lujos, estrellas, decorados, ambientación y el más mínimo detalle. No en vano la dirección artística es de Cedric Gibbons y, como ya sabéis a estas alturas, del señor Gibbons yo venero hasta la cáscara de plátano que pisaba. Y de Cukor, tres cuartas de lo mismo. Y los secundarios: Una O'Connor, Elsa Lanchaster... ¡Qué gusto!

Moraleja: Ha sido un placer programar mis películas favoritas para vosotros. ¡Espero que se repita muy pronto!

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Puertorrico

David Copperfield es una sutil descripción, y crítica, de la pederastia vigente e imperante en la Inglaterra victoriana. Britania rules!

Cedric Gibón

¡Cómo le agradezco que se acuerde de mí, Miss Parsons!

Gerardo Almodóvar.

Dickens fué, sin duda, el más importante de los novelistas ingleses. Su obra, transida de emoción humana, de estilo sencillo, realista, destila ternura y amor..., humor y lágrimas..., y una aguda y enérgica protesta por la tremenda realidad latente en la sociedad inglesa de la época victoriana... Así en "Oliver Twist" (1838), "El almacén de las antigüedades" (1840) y "David Copperfiel" (1849) --su mejor obra--, retrata de manera prodigiosa, sin ambages, el drama social... el sufrimiento de las gentes humildes, tomando como referencia incluso dolorosos recuerdos de su patética infancia, inmersa en la más absoluta pobreza, y tan miserable, tan dura... que conoció la cárcel.

Su mejor obra "David Copperfield", convertida en guión por Howard Estabrook ("El diablo se divierte") y Hugh Walpole, fué llevada al celuloide en 1935 por George Cukor quien, con el talento y la maestría que le caracteriza realizó, sin duda, la mejor y más fiel adaptación del clásico original. "Dadme un buen guión y seré cien veces mejor director", afirmó el maestro. Su obra, lo constata.

Ningunear a un cineasta, de la brillantez, del talento y del calibre de George Cukor, es una estupidez supina, propia de alguien que desconoce lo que es el cine.

parra

Ademas de un excelente director de actrices ( y de actores ), el mejor de los clasicos. Muchas de la mejores interpretaciones de K. Hepburn, I. Bergman o J. Holliday, entre otras, no habrian sido tales en manos de otro director.

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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…

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