De Cine

Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
20 Noviembre 2008

Sí a la pasión auténtica, no a sus sucedáneos

El cine salvó mi vida. Ya lo he escrito en más de una ocasión y vuelvo a hacerlo ahora. No me duelen prendas. La salvó. Y supongo que lo hará mil veces más, aunque confieso que, a estas alturas, confío bastante más en los fármacos que en las películas. En mi caso, os lo aseguro, los medicamentos que son mis amigos. Y mi salvavidas.

En fin, a lo que iba: el cine salvó mi vida… pero también arruinó la de muchas personas que no tienen la capacidad de discernimiento necesaria para distinguir la realidad de la ficción ni las emociones auténticas de las falsas (lo que, por cierto, me recuerda muchísimo lo que dice Bette Davis en Eva al desnudo: “¿Y tú te llamas autor teatral? No sabes nada de sentimientos naturales o antinaturales”).

En el caso de muchas personas, su conocimiento emocional abarca sólo las últimas varillas de ese amplio abanico: los sentimientos cuanto más antinaturales mejor. Más falsos, más falsos, más. MÁS.

El cine ha hecho, por ejemplo, que muchas personas confundan pasión con histrionismo, pasión con histerismo, pasión con sobre(sobre)actuación. Un horror. Un horror vacui, además, que es el peor tipo de horror que exista. Gentes que confunden pasión con prostitución y servilismo con afecto. No existe el servilismo con afecto. La esclavitud, queridos míos, no entiende de sentimientos. Sobre todo de sentimientos naturales. De antinaturales sí, de antinaturales un rato largo.

Pero no quiero tirar piedras sobre mi propio tejado. No. No creo que el cine, el buen cine, sea responsable, en absoluto, del lamentable analfabetismo emocional y sentimental que observo en el 99,2% de la gente. No. La culpa de eso la tiene la televisión, la mala televisión. Y la ambición, que es malísima.

Cuando veo a esa gente, me dan ganas de gritar como Elizabeth Taylor en De repente, el último verano: “Heeeeeeeeeeeelp. HEEEEEEEEEELP!” Y echar a correr, como ella. Correr hasta mi casa. O una coctelería. O algún otro rincón civilizado. Cualquier sitio lejos de esa gente. De esas gentes.

Moraleja: Súper a favor de la pasión. Y del histrionismo. Y de la prostitución. Pero también de llamar a las cosas por su nombre. Y de actuar en consecuencia.

3 comentarios · Escribe el tuyo

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El Marqués de Portugal Este

Qué equivocado estaba Shakespeare...
Parecer o no parecer, esa es la cuestión.

Zinquirilla

Una reflexión muy interesante. Lástima que hayas cortado el fotogramas y no salga Montgomery Clift :p

Maestro Ciruela

Me encanta como se expresa, Louella... ¿Nunca se lo había dicho...?

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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…

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