Un espacio de cine en TCM, un espacio en el que descubrir el cine que ya tenías que haber visto o el cine que queda por ver. Se admite el debate y las sugerencias, por supuesto.

En julio de 1949, Ortega y Gasset estaba tomando el sol en la terraza de un hotel en Aspen (Colorado). Había sido invitado por las autoridades norteamericanas con motivo del bicentenario de Goethe –Ortega era una celebridad y a los americanos siempre les han cautivado las celebrities– y disfrutaba del panorama de las montañas Rocosas (espero que whiskazo en mano, Dios mediante; no se me ocurre otra manera de disfrutar de semejante panorama).
Supongo que para un pensador con fama de hueso el que la prensa destacase, por encima de su obra, su elegancia, debió ser un subidón de autoestima, así que no es de extrañar que se encontrase del mejor talante para discutir con una estrella de la talla de Gary Cooper, a quien se encontró una tarde en la misma terraza. Al parecer, ambos se hicieron inseparables (o al menos, ambos se cayeron en gracia, lo que tratándose de dos egos de semejante tamaño ya es un buen comienzo).
Por lo visto, Cooper coincidió con la opinión de la prensa norteamericana y halagó la vanidad del filósofo español destacando la calidad y el corte de sus camisas. Un detallazo. Ortega contraatacó pidiéndole una de sus camisas de “hombre feliz” para contradecir la fábula que señala que los hombres felices no tienen camisa. Lo que se dice unos preciosos juegos florales: “Tú sí que eres cool, rey”. “No, tú más, Gary”. “No, no, no, por Dios, tú…”
Hasta aquí, todo normal. Lo habitual entre dos estrellonas, superfalsas, dándose espuma mutuamente. La sorpresa llegó unos días después, cuando Ortega había dejado las Montañas Rocosas y se encontraba pasando unos días en Nueva York (en el Plaza, no en cualquier Hotel, que conste). Estaba en su habitación, a punto de darse un baño en una de aquellas bañeras grandes como el vientre de una ballena, cuando un botones apareció ante la puerta de su habitación con un paquete.
–Es para usted, señor.
–Muy bien, déjelo sobre la cama. Muchas gracias.
El filósofo, envuelto en un albornoz blanco impoluto, rasgó el envoltorio y descubrió una camisa vaquera, junto a una nota: “Lo prometido es deuda, ahora le toca a usted cumplir su parte”. Dicho y hecho, Ortega y Gasset cogió una de sus camisas blancas de una percha, la dobló y la metió en la misma caja en la que había llegado la de Mr. Cooper. “De un hombre feliz a otro”, puso en la dedicatoria.

[Basado en una crónica de José María Massip para el ABC, gentilmente remitida por mi ex marido, un CIELO de hombre al que venero, VENERO].
Moraleja: El hábito no hace al monje, pero decora. Vaya si decora...
bob pop
precioso
El Marqués de Portugal Este
A todo filósofo le gusta meterse en camisa de once varas...
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