De Cine

Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
04 Agosto 2008

Tres eran tres (las pelis que vi ayer)

Bueno, ayer me lié la manta a la cabeza (Paduana, en un día como el de ayer, en que hasta las estatuas de granito del Palacio Real supongo que se derritieron; las mismas estatuas en las que el gran Luis Escobar organizó un auto sacramental todo en blanco, diseñado por el más grande aún Vitín Cortezo, y donde yo, a una edad tempranísima, hice una de mis primeras felaciones callejeras) y me puse a ver cine clásico como Una Loca. Peli-botella de agua helada, peli-botella de agua helada, peli-botella de agua helada… Pura evasión del infierno.

En fin, el caso es que ayer me pimplé, entre pecho y espalda, La burla del diablo (una vez más), El hombre que sabía demasiado (la versión británica, no la de Doris Day, que me encantó) y Al servicio de las damas (una vez más, aunque nunca tengo suficiente: Carole Lombard es una droga que, al menos en mi caso, no provoca sobredosis, sólo una loca alegría). ¡QUÉ MARAVILLA!

De La burla del diablo ¿qué queréis que os diga? Hacía tiempo que no la veía. No recordaba lo maravillosamente absurda que era, con ese argumento delirante y todas esas frases ingeniosísimas (“Desconfía de esos hombres. Son hombres desesperados.” “¿Tú cómo lo sabes?” “¡No me han mirado las piernas!”), y esas dos actrices: Jennifer Jones y la Lollo, que se comen desnudos a sus hombres. Ni siquiera Humphrey Bogart resiste el combate. Ellas ganan por KO técnico. Están espléndidas. Sobre todo la Jones, con un papel que es un regalo. Truman Capote podía ser un hijo de puta (lo era), pero también era generoso hasta la locura. Lo dicho: divina.

De Al servicio de las damas, poco más se puede añadir a todo lo que ya se ha escrito sobre ella. Es una de las cimas de la screwball comedy: loca, loca, loca. Sobre todo la primera parte, la de la gymkana y la presentación de la familia (con esa ronda de despertares, a cuál más pintoresco). Una delicia que transmite, en poco más de una hora, una alegría de vivir, un delirante/beligerante optimismo, una sofisticada bonhomía que, en fin, me parece ABSOLUTAMENTE NECESARIA en estos tiempos que corren, tan mezquinos. Hoy la gente se ríe y se emborracha sin estilo. Error. Hasta para cogerse una borrachera espectacular, hasta para ser una mamarracha, se puede –y se debe– tener un toque de clase. De la que sea.

De la primera versión de El hombre que sabía demasiado, ídem de ídem. El argumento, hoy, sería un thriller de lo más crispado, con un Mel Gibson y una Jodie Foster al borde de un ataque de sobreactuación. Pues no. Para nada. Alfred Hitchcock hace todo lo contrario. Transforma la solemnidad y la crispación en frivolidad e ingenio y el resultado es una película brillante, con unos decorados fantásticos y algunas secuencias simplemente geniales, como la de la pelea en la iglesia, aderezada por la música (ratonera) de un órgano. Todo el gag del dentista, MA-RA-VI-LLO-SO. Y todo lo demás, también. Ay, (San) Alfred, ¡cómo te echamos de menos!

En fin, como veis, a mí el calor me sienta divinamente. Como a otras una traqueotomía.

Moraleja: ¿Cine de arte y ensayo? Para tu tía, la del pueblo, que es taaaaaan intensa.

1 comentario · Escribe el tuyo

Comentarios » escribe el tuyo

El Marqués de Portugal Este

Clásico, que viene de "clase".

Recomendaciones

Escribe tu comentario

TCM no se hace responsable ni comparte necesariamente las opiniones vertidas por sus colaboradores.

Añádeme a tu página de Google

Añádeme a tu página de Google

El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…

suscríbete