Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
03 Septiembre 2008
"Los acúfenos, o 'zumbidos de oído' o 'ruidos en la cabeza', son sensaciones de oír sonidos o ruidos, cuando no hay ninguna fuente real sonora o física, que los produzca, en la literatura inglesa se denominan Tinnitus, palabra que deriva del latín y quiere decir 'tintineo de una campana'".
Hasta aquí todo bien. Todo correcto. Los acúfenos (o tinnitus) son… lo que son. Pero, como decía Súper Ratón en las continuidades de los Tiny Toons, aún hay más: existe una variante grave…
“…crónica, que produce alteración del sueno, pérdida de la concentración y una intensa angustia emocional, [que] interfiere en la audición y algunos emprenden una larga búsqueda de cualquier tipo de terapia que les ofrezca alguna esperanza”.
Sí, lo habéis adivinado. O no. No, no, no. Hijos de perra, YO no sufro de acúfenos. Mi madre, en cambio, sí. Pero como sospecho que a ninguno de vosotros os interesan lo más mínimo las dolencias de mi madre, lo dejaré para mejor ocasión. No. Una persona que respeto y admiro sufrió durante años esa inenarrable tortura llamada tinnitus: Josef von Sternberg.

Durante toda su vida, este director, mentor/Pigmalión/Svengali de Marlene, sufrió en silencio no las hemorroides, sino una serie de alucinaciones acústicas que poco a poco transformaron su carácter y su visión del mundo. Y su cine, por supuesto.
Gradualmente, su percepción de la realidad se volvió más fragmentaria, más incierta, más irreal. Lo real-irreal se transformó también en una estética muy determinada, que poco a poco se fue volviendo más narcisista, más circunfleja, más ensimismada, al mismo tiempo que la matrona alemana se iba transformando en una virago.
Me encanta pensar que, en el fondo, la creación del Mito Marlene tiene un origen puramente fisiológico. Que esa mujer que tanto me marcó en mi infancia, y que terminó por creerse su propio mito, no lo olvidemos, nació, como Eva, no de una costilla, sino de un huesecillo mal colocado, un ensamblaje defectuoso en el oído interno.
Moraleja: Hay que joderse, lo que es la vida…
02 Septiembre 2008
Una madrina llamada Bette (Davis)

“Hasta que en esta profesión (la interpretación, pero la cita también es aplicable a otros ámbitos) no te consideran un monstruo, no eres una estrella”. Son palabras de Bette Davis, pero insisto que YO también podría suscribir lo mismo en otros campos Triple P: Prostitución, Periodismo* & Piromanía.
* [Perdón por la redundancia.]
En fin, el caso es que hace dos años empecé este blog con un post sobre ella, Bette-for ever Bette, y hoy quería celebrarlo con otro. Porque Bette es un manantial inagotable. Por ejemplo: “¿Orgullo gay? No tengo nada en contra, es sólo que no tienen nada que ofrecerme”. Jajajaja. O esta: “La vejez no es apta para maricas”. Ay, hija, qué razón llevabas: un paseo por Chueca y se te cae el alma a los pies. ¡Qué cantidad de adolescentes de tres mil años! Momias teenagers, acompañadas de una corte/cohorte de chulánganos poliquísticos que las miran con ojos vidriosos como mica …
En fin, creo que Bette nunca pudo quejarse. Aunque lo hizo, vaya si lo hizo. Sobre todo por los personajes que le ofrecían en sus peores tiempos (y por los que no le ofrecían). Hay un papelón en el que hubiese estado enooooorme. Aún más, si cabe. El de Martha en ¿Quién teme a Virgina Woolf?
Por lo visto, Edward Albee, que según Gore Vidal se inspiró en una famosa pareja gay de la bohemia neoyorkina más destroy (lo que Albee, que abrió la puerta del armario de un taconazo, negó toda su vida: “Si quisiese haber escrito una obra sobre una pareja gay, créeme, cariño, la habría escrito”), quería a Bette Davis y a James Mason para escupirse sus réplicas en la adaptación cinematográfica. Bette hubiese estado maravillosa en el papel de esa vieja arpía sofocada por la menopausia y los vapores del alcohol. Tan odiosa como una vieja perra flatulenta.
Lamentablemente, nunca lo sabremos. Otro dato curioso es que Bette y la grandísima Kate Hepburn estuvieron a punto de compartir escenario en La noche de la iguana. Por desgracia, la mala salud de Spencer Tracy le impidió a la Hepburn cumplir su promesa (con gran disgusto de Tennessee Williams, drama queen incluso en las raras excepciones en las que estaba sobrio). Las dos hubiesen estado conmovedoras. Bette como Maxime, la patrona un poco disoluta y un poco borracha; Kate, como Hannah, la virgen de mediana edad que arrastra su pena como una tanguista, la cola del vestido.
A mí, cualquiera de esos dos proyectos malogrados me pone atómica. “Trabajo para estar viva”, dijo en una ocasión. Y llevaba razón. Porque sigue estándolo. Más viva que nunca.
Moraleja: Bette, forever. SUPERDIVA (YO, se entiende).
31 Agosto 2008
Hoy quiero escribir de una película, la que sea, me da igual. Hoy, todas son tan estupendas que… que, bueno, que no necesitan en absoluto que YO les dé pomada. A estas alturas qué voy a decir YO que no haya dicho antes una legión de cinéfilos, estudiosos y sus propios autores sobre Cena a las ocho, Ninotchka, Cautivos del mal, Lolita y Con él llegó el escándalo. Todas son obras maestras. Todas se emiten hoy. Todas son perfectas en su género. Incluso un título (aparentemente) menor al lado de todos estos monstruos sagrados, como La sombra de los acusados, que es otra película que me encanta, tampoco me necesita para nada. William Powell y Myrna Loy son bastante más elocuentes que YO, bastante más delgados que YO y con más glamour.
No, creo que hoy voy a darle un poco de pomada a alguien que se la merece mucho más, alguien a quien adoro, que me parece inteligente, divertida, encantadora y BP (Bien Proporcionada). Sí, lo habéis averiguado: YO MISMA. Porque mañana, queridos lectores (y en este saco, de lo más heteróclito, os incluyo a los queridos y a los no queridos, incluso a alguno que otro que podría quedarse en casa, asando castañas o practicándose una trepanación con un cortauñas), este blog cumple ¡¡¡dos años!!!

Desde hace dos años escribo de cine clásico prácticamente a diario. O sea, una barbaridad. Jamás, en todo lo que llevo de vida, he escrito un diario durante un periodo de tiempo taaaaaan largo. Mi egotrip, hasta el momento, se había tenido que enfrentar a otro poderoso rasgo dominante de mi personalidad: la pereza. Y, claro, en esa lucha cuerpo a cuerpo, hasta el momento, había ganado la pereza. La molicie. Pero fíjate que no, que al final no: al final ha podido el cine. Y es que el cine puede con todo. Con la pereza, con la tristeza, con la alegría, con la enfermedad… incluso con la resaca.
¿El cine? El cine, cuando es bueno, puede hasta con la vida. Al menos con la mía.
Moraleja: En fin, mañana más… Espero.
29 Agosto 2008
Criminales cinéfilos: cuando el cine mata
Un documental de ESC (Esta Santa Casa) revisa hoy la que para mí es más que una relación, un matrimonio: la del cine y el crimen, el cine y el asesinato, el cine y el horror. Desde el primer momento, el cine estuvo interesado en el mal, por la misma razón por la que a Adán y a Eva les interesó la manzana: ya se sabe, el pecado es mucho más atractivo que la virtud; y la sangre, que la saliva.

Gracias al cine y a maestros como Hitchcock, Wilder, Hawks, Wyler, von Stroheim, Tourneur, Buñuel y el resto, el asesinato se convirtió en una de las bellas artes menos de cien años después de que uno de mis pillos favoritos, Thomas de Quincey [había escrito Ambroce Bierce, pero mis lectores, que en cuestiones literarias me dejan en braga-faja, ya se han encargado de sacarme de mi error con un escoplo], se les adelantase por la mano con su opúsculo, un librito delicioso que disfruté enormemente cuando leí por primera vez a la edad de… ¡Uf, cuántos, cuantísimos años!
En fin, el caso es que el cine ha contribuido de manera definitiva no sólo a mi educación sentimental, sino también a mi educación más macabra: adoro a los asesinos de todo tipo, especialmente a los asesinos en serie, pero también a los profesionales y a los amateur, a los pulcros asesinos británicos, a los salvajes perros de la mafia, a las víctimas que matan para defenderse y a los verdugos que matan “porque lo exige el guión”. El asesinato, el crimen, la crueldad en todas sus manifestaciones me vuelven loca del pussy. Porque, aunque divina, también soy humana y somos más humanos cuanto más bestias podemos ser.
Me encanta, por ejemplo, cómo uno de mis directores favoritos, el grandísimo Hitch, muestra en una de sus (según algunos) películas menores, la (grandísima, para mí, al menos) Cortina rasgada lo difícil que es cargarse a alguien. Matar es fácil, sostenía una de las primeras damas del crimen, la simpar Agatha, y gran parte del cine actual, que ha hecho del asesinato no ya un arte ni una elaborada artesanía, sino una forma bastante embrutecida de matanza manchega (Asesinos natos et al). ¡Una mierda! Matar es dificilísimo.
Esa es otra de las cosas que más me fascinan del cine: la posibilidad de identificarte plenamente en la piel del asesino, pero sin mancharte las manos de sangre. No hay nada como la ficción, como la verdadera vida (la de mentira) para vivir todas esas emociones quintaesenciadas y destiladas en una película que la vida, en su faceta más anodina, la realidad, te escatima sin permitirte saborearlas.
Gracias al cine, muchas y muchos descubrimos a qué sabe el crimen, el asesinato, el homicidio… A gloria bendita. Y sin pasar por la cárcel.
Moraleja: Creo que el cine ha librado a muchos cerdos de su San Martín. Afortunados los cerdos.
27 Agosto 2008
Esther Williams: ¡qué subidón (en sentido literal)!
Me acabo de dar un baño en la piscina del Ser Amado y, la verdad, ¡qué maravilla! Comprendo que YO soy muy materialista, pero cuando hay una piscina por enmedio (y una terraza maravillosa que tampoco me quiero dejar en el tintero)… qué queréis que os diga… amar es mucho más fácil. Jamás he sido partidaria PARA NADA del “Contigo pan y cebolla”. No. Contigo croutons y sopa de cebolla, en todo caso. Aunque YO soy mucho más partidaria de contigo champán y langosta.
En fin, el caso es que cada vez que me zambullo en una piscina, aunque sea en una piscina mini como la del Ser Amado, me siento talmente Esther Williams. No sé por qué hay gente que subestima a Esther Williams. Bueno, sí que lo sé. Porque la gente es tonta, básicamente. Por que si hay alguien a quien adore, especialmente en los meses más tórridos del año, es a la lozana Esther. ¡Qué maravilla de mujer! ¡Y qué maravilla de pierna! Y, sobre todo, ¡qué MARAVILLA de maquillaje! ¡Eso sí que es waterproof!
A mí, al margen de que sus películas me vuelven loca, pero loca del pussy, me gusta TODO de ella: sus modelis, sus peinados (a mitad de camino entre la dimensión capilar y el mármol de Carrara), su rouge, sus manicuras (¡y pedicuras!), sus fundas dentales… Y, por supuesto, su vida. Atómica.

Resulta que cuando a principios de los 60 abandonó el cine porque ya no la llamaba ni Pirri, le dio un bajón de caballo. Natural. Ella siempre tuvo un look así como muy equino. Más que sirena, YO siempre la vi jaca; vamos, que en Ascot me hubiese pegado más al otro lado de la pista que con pamelón.
Bueno, pues el caso es que, en plena depre, su gran amigo Cary Grant le recomendó que, para superar la malea, nada mejor que un buen chute de LSD. Dicho y hecho, la hija de Neptuno se convirtió en una adicta. ¿Os imagináis a la primera sirena en pleno subidón de ácido? Jajajaja.
Colocada o no, el caso es que la Williams no tenía un pelo de tonta, porque a finales de la década consiguió llevarse al altar (y a la piltra) a un real macho: Fernando Lamas, el galán latino. Sí, el padre del simpar Lorenzo, aka El Rey de las Camas. Y YO, ante semejante hombre (padre e hijo… y Espíritu Santo, si viene al caso), me postro de rodillas. Lamentablemente, no en sentido literal. Hay que joderse…
Moraleja: Ay, Esther, reina-bonita-corazón-tesoro, tú sí que sabes…
26 Agosto 2008
¿Reír o llorar? Lo que sea... ¡pero con alegría!
Creo que hay que hacer todo con alegría. Emborracharse (con alegría), follar (con alegría), y hasta odiar (con alegría). En ese sentido, el cine ha sido siempre una guía para mí. Hay que reírse más. Y reírse con ganas, con alegría. No reír por reír. No. Reír de verdad.
Buñuel, que no es precisamente santo de mi devoción —confieso que su universo queda a años luz del mío—, decía que un día en el que no se reía con ganas era un día perdido. Pues sí. Para mí, la comedia es, con diferencia, el género más difícil de todos. No hablo de la farsa (que también: ¡qué difícil es hacer una farsa buena y no una astracanada!), sino del humor en su estadio más excelso, la sonrisa.

La costilla de Adán [mañana en TCM] es un claro ejemplo. Es una comedia perfecta. Una celebración y una ceremonia. Alegría en estado puro. Es perfecta. Diálogos, interpretación, ritmo… Hasta la canción, la peor de Cole Porter (según el propio Cole Porter), es perfecta. Todo conspira para que rías con ganas. Y con alegría.
Pero hay algo que me gusta aún más que reír con alegría. Y es llorar con alegría. Eso es una maravilla. Un buen melodrama que me deje el lacrimal más seco que un sarmiento. Algo tipo La colina del adiós o Esplendor en la hierba. A mí hay pocas cosas que me puedan hacer más feliz que las lágrimas artificiales, las lágrimas de ficción.
Bueno, sí, tal vez otra cosa: la sangre auténtica. Pero esa es otra historia…
Moraleja: Ríe, sonríe, diviértete. ¡Disfruta, coño!
25 Agosto 2008
Jack Conway, el folletín y el género menor: súper a favor
A petición de mi público, una vez más, hoy quería hablar de un personaje que pocos conocen y que, sin embargo, en su día fue conocidísimo: el doctor Voronoff. Este matasanos, real como la vida misma, se convirtió en personaje de ficción cuando el gran(dísimo) Billy Wilder lo convirtió en Doctor Fausto de su inolvidable Fedora (inolvidable, sí, pero, ay, olvidadísima por mucho cinéfilo de pro, que a menudo pasa de puntillas por "esta obra menor").
Bueno, pues cuál no sería mi sorpresa cuando, investigando en internet, me encuentro con que… ¡Ya hablé de él en su día! ¡No me acordaba de nada! Ay, qué maravillosa es la (des)memoria. Tengo ya un alféizar como una catedral… En fin…
En vista de lo cual, hoy hablaré de otra cosa: Historia de dos ciudades, la adaptación de Jack Conway del clásico de Dickens, que es un escritor que me encanta (cada día más, porque cada día soy más y más victoriana). Para muchos, Jack Conway es un director menor. Puede ser… teniendo en cuenta que muchos también consideran a Watteau un pintor menor. Hay mucho memo suelto que debería contar hasta diez antes de abrir la boca. Yo, que últimamente soy capaz de contar hasta cien, creo todo lo contrario: Jack Conway es un director como la copa de un pino. E Historia de dos ciudades, una gran película.
Y eso que adaptar los ladrillazos de Dickens —y no empleo el término ladrillo en sentido peyorativo, que conste; hay pocas cosas que me pongan más hoy día que un adoquín— no es tarea fácil. En principio, sus novelas-río corren el riesgo de convertirse en folletines de cartón-piedra con menos vida que un fósil. Resulta, no obstante, que los folletines siguen teniendo mucha más vida hoy día que muchas novelas contemporáneas que, según esos mismos que califican a Jack Conway como un director menor, “toman el pulso a la sociedad contemporánea”. O sea, canción protesta, pero en cine. Un horror.
A mí, dame un folletín como Dios manda, con su héroe y su villano, con una buena historia a la que hincarle el diente y un poquito de intriga, y quédate con los experimentos, los monólogos interiores y el realismo que, cinco años después, resulta ser costumbrismo de la peor escuela. En el cine, como en la vida, hay que seguir esta máxima a rajatabla: Una puede experimentar con el color en cosas banales, como la manicura o una camisa, pero jamás en las cosas importanes, como tu color de pelo.

Historia de dos ciudades es un folletín. Pues sí, ¡gracias a Dios! Además de la interpretación de Ronald Colman, que es otro actorazo indiscutible a quien la crítica masacró en su día, las escenas de masas son sencillamente geniales. Por lo visto, Conway contó con la ayuda de Jacques Tourneur para la escena de la toma de la Bastilla. Con eso está todo dicho.
Moraleja: La próxima vez que alguien oiga la expresión menor aplicada a un artista de la categoría de Jack Conway, pienso replicar: “Aquí lo único superlativo que hay es tu ignorancia… y tu papada”.
20 Agosto 2008
Scaramouche, el divino don de la risa... y de la rabia

Para mí, lo más interesante de Scaramouche [mañana, en TCM] es que, detrás de una fachada de desbordante alegría, se esconde, como en los cuentos de Poe, un pozo negro de rencor y amargura. El payaso de la Commedia dell’arte es, en realidad, un hombre poseído. La venganza y no la risa es lo que mueve cada uno de sus pasos. Y los vengadores rara vez gozan de mis simpatías.
¿Significa eso que soy Una Buena Persona? Para nada. No lo soy. A rencorosa no me gana nadie. Conmigo metes la pata una vez y para siempre. Después, como soy una persona educada, no voy a escupirte a la cara ni a batirme en duelo en el teatro de la comédie française. Para nada. YO soy más de la escuela de Madame de Merteuil (que, de hecho, es de la misma época): espero, no tengo prisa, sonrío, me clavo el tenedor en la palma de la mano y, cuando menos te lo esperas, voilà. Muerta. En sentido figurado, claro.
No hay nada peor ni más mezquino que la venganza, lo sé. Es un sentimiento que te hace ser peor persona. Y en mi caso peor es MUCHO PEOR. No me importa reconocerlo. Es lo bueno que tiene escribir a la sombra de un seudónimo, que puedes desnudarte sin pudor. Soy una mala persona. Rencorosa, pero vengativa... no. No lo creo.
La venganza exige un esfuerzo que YO prefiero dedicar a otros menesteres más productivos: manicura & pedicure, cortarme el pelo, criticar (siempre con una sonrisa y, a ser posible, desde el cariño)… ¿Pero vengarme? ¿Para QUÉ? Si la gente ya cava su tumba sola. No me necesita para nada. A la gente le das un poquito de cuerda y se ahora sola, es una cosa. ¡Qué afición!
Moraleja: “Nací bajo el divino don de la risa”. Puede que sí. Como Scaramaouche, YO también nací bajo el signo de la máscara cómica, pero a veces detrás de la sonrisa se esconde, sí, eso mismo: una Hija-de-Puta-Internacional. Una pena, oye.
19 Agosto 2008
A petición de mi público, que TANTO me quiere, hoy hablaré de Greta Garbo [mañana en Anna Christie, su debut ante esa Némesis llamada micrófono]. Bueno, no hablaré YO, para eso, para destripar, criticar y cotillear a mansalva, ya está él, Gore Vidal, que en el segundo tomo de sus memorias se despacha a gusto (una vez más), aunque la Divina no sea esta vez la diana de sus críticas. Para despellejar, él prefiere recurrir a sus incondicionales bestias negras: Capote y Jackie O.

De la Garbo cuenta poca cosa, pero lo poco que cuenta tiene sustancia. ADORO a Gore Vidal. Lo venero. Pero en fin, a lo que vamos: a Greta. Lo primero que me sorprendió, bueno, no, que me dejó tu-ru-la-ta, es lo siguiente. Según Gore Vidal, tras la Segunda Guerra Mundial la estrella más rutilante de la Metro (a la que Louis B. Mayer adoraba), planeaba tomarse unas vacaciones, pero jamás pensó retirarse: “Al contrario de lo que cuenta la leyenda, ella no tenía ninguna intención de jubilarse”, asegura.
Eso sí, tras el patinazo de La mujer de las dos caras, una película y un papel de los que jamás estuvo segura ni satisfecha, la diva, en un alarde de orgullo torero, libró de su contrato a la Metro, ya que consideraba responsable al estudio por haberle impuesto aquel material. A partir de ahora pienso seguir mi carrera en solitario, escogiendo YO misma los papeles que crea más oportunos… Voy a ser mi propia jefa. Error. Un faux pas fatal, como veremos.

Resulta que cuando la guerra terminó, la actriz se preparaba para regresar a la pantalla con un proyecto escrito especialmente para ella, una adaptación de Balzac de La duquesa de Langeais que iba a producir Walter Wanger para la RKO. El estudio, sin embargo, no estaba precisamente entusiasmado con la idea y le pidió a la Garbo, a ella, que era en aquella época La Mayor Estrella Mundial, una leyenda, una prueba de vestuario… lo que equivalía a decir el tabú más odiado por todas las actrices que envejecen: una prueba de cámara.
Puedes engañar a todos, a tus admiradores, a los publicitas, incluso a los ejecutivos del estudio, pero al objetivo jamás: la cámara no miente. Si un primer plano parece un catálogo de ruinas, no hay nada que hacer. Ni el maquillador ni el cirujano más experto podrán hacer nada por levantar tu carrera (ni tu papada).
Las pruebas, sin embargo, resultaron perfectas. Todos suspiraron aliviados. La Garbo seguía siendo una Diosa para la pantalla. Sin embargo, la película no se hizo jamás. ¿Qué pasó? Gore Vidal nos da la respuesta:
“Por desgracia, los estudios fueron comprados por un colega de aviación de mi padre que suspendió inmeditamente la película de Garbo. Es una lástima que Scorsese, en su película sobre Howard Hughes, olvidara incluir lo único por lo que debería ser más famoso. Garbo se quedó tan conmocionada ante ese brusco rechazo que nunca más se acercó a un rodaje.”
“También era rica y algo perezosa”, añade, con un ramalazo de maldad.
La otra bobada que cuenta tampoco está nada mal. Al parecer, una vez Ina Claire, “la refinada actriz cómica de Broadway”, se metió en el lavabo en cuanto salió la Garbo porque no podía aguantar más. “Y sí, encontró la tapa del retrete levantada”. Para que luego critiquen a Nacha la Macha…
Moraleja: Yo, de la Garbo, hasta las patas de gallo.
18 Agosto 2008
¿El amargo don de la belleza? Amargo y maldito

Durante mucho tiempo se especuló con la posibilidad de que la intimidad de Gore Vidal con el matrimonio compuesto por Paul Newman y Joanne Woodward era algo más que una amistad, era un ménage. Tras leer la segunda entrega de sus memorias, Navegación a la vista —que, lo confieso, me ha decepcionado un poco tras el espléndido primer tomo, Palimpsesto—, Una llega a la conclusión de que el único menaje posible ahí no era à trois, sino de cocina. Un juego de cazuela, sartén y carmela.

En fin, el caso es que Newman nunca ha estado mejor (lo que en su caso equivale a decir “más guapo”) que En dulce pájaro de juventud. Es algo más que un gigoló o un galán abriéndose camino, en esta película Newman es el monstruo de Cocteau. La esfinge sagrada. El pedazo de carne más bello que se ha asomado jamás a una pantalla de cine. ¿Por encima incluso de Ava Gardner? Probablemente sí, ya que su belleza es canónica, no es coyuntural. No tiene edad ni época. Sería considerado el más bello entre los bellos en el Imperio Romano, en la Edad Media y en el Rococó, por no hablar del periodo más loco (y más decadente) de todos: el actual. El siglo XX fue el siglo de Paul. No hablo de sexualidad, hablo de belleza. Pura y dura. Durísima.
Vidal cuenta una anécdota en sus memorias de lo más reveladora. Un día a mediados de los 60, caminando con la estrella por la avenida Madison, una joven corpulenta se cruzó con ellos. Newman se levantó el cuello del abrigo y se embozó tras él. “Sigue andando”, le susurró echando prácticamente a correr. Gore Vidal se quedó de piedra, pero le siguió la corriente cuando, de pronto, se oyó un estrépito a sus espaldas. “¿Qué ha pasado?”, preguntó asombrado. Lo habitual. “Se ha desmayado”, y se subió a un taxi.
Me pregunto, ahora que un amigo muy querido amenaza seriamente con ciclarse —“Pero se trata de un ciclo sano, ¿eh?”; claro, querido, hay un estudio de la Universidad de Copacabana que asegura que el ciclo y el jaco son buenísimos para la salud en general y el hígado en particular—, qué se siente siendo tan bello. Ahora, sobre todo, que el pobrecito está en las últimas, ¿qué sentirá cuando vea aquella máscara sublime devorada por el tiempo (y la muerte ya, casi)? ¿Amargura? ¿Pena? ¿Alivio? Supongo que lo último, una repentina sensación de paz. Al fin lo conseguí, ya no soy un monstruo…
Moraleja: No lo digo YO, lo dice Antonio Machado (que es un poeta que aborrezco) en uno de sus poemas: “Y era el Diablo el más bello de los ángeles...”
14 Agosto 2008

Adoro a Judy Hollyday (de quien hoy emiten Suena el teléfono), para mí la mejor rubia tonta que ha habido y habrá en la historia del cine. Ella, que no era rubia y, desde luego, no era nada tonta (tenía un índice de inteligencia de 172), solía decir en las entrevistas que había que ser “muy inteligente para convencer a la gente de que eres tonta”. Ay, qué razón llevaba.
A lo largo de mi vida he conocido a un montón de rubias tontas que, en cuanto escarbabas un poquito, descubrías que eran en realidad morenas más listas que el hambre. La idiotez, a menudo, es el último recurso de la inteligencia en un mundo como el nuestro, que venera la estupidez.
No conviene confundir a la rubia tonta con la mosquita muerta. Para nada. La rubia tonta es un estereotipo eminentemente masculino, la respuesta de una mujer inteligente a la tiranía masculina. La mosquita muerta es una creación 100% femenina. Se trata de otro tipo de ficción, la de las lobas (o perracas) que ocultan su maldad bajo la ovillada piel de un corderito. Aparentemente, las mosquitas muertas son cálidas, encantadoras, educadísimas… Mentira. No os dejéis engañar. Las mosquitas muertas son Lo Peor, el Diablo vestido de Prada o de Zara, tanto da (generalmente de Zara, porque cuando puedes permitirte el lujo de vestir un Prada no tienes necesidad de ocultarte tras un disfraz).
¿Ejemplo de mosquita muerta? Jean Simmons en Cara de ángel. Una mosquita muerta que esconde a una perra sajona de la peor especie. Me encanta esta película. ¡Qué mala es Jean… y qué buena parece!
¿Ejemplo de rubia tonta? La Lorelei Lee de Los caballeros las prefieren rubias, interpretada por una Marilyn nada tonta en el cenit de su belleza.
Me quedo con la rubia tonta, dónde va a parar.
Moraleja: Líbrenos Dios de las aguas mansas. Prefiero las fecales, no os digo más.
12 Agosto 2008
De la mujer turgente a la mujer travesti: el próximo paso

Frente a la tendencia mujer esquemática, Hollywood impuso desde el primer momento un modelo de mujer con curvas, de mujer turgente, de mujer(ona) muy acusado. El modelo parte de la primera vampiresa Theda Bara, entrada en carnes y en trasparencias, y evoluciona con Jean Harlow, Mae West, Jane Russell o la mismísima Marilyn, a quien si no le se le llega a ir la mano con las pastillas se le hubiese terminado yendo con la panceta y el champán (calorías vacías, sí, pero calorías por un tubo), hacia nuevos horizontes carnales.

La tendencia mujer reloj de arena, mujer mascarón de proa, mujer inabarcable triunfa como contrapunto a las mujeres dinámicas, fuertes, decididas que impone la gran pantalla. Hollywood muestra un nuevo tipo de mujer liberada (o al menos de mujer contemporánea), pero se aferra a la idea victoriana de mujer dependiente o mujer muelle. Estas mujeres representan el reposo del guerrero, son almohadones de carne en los que apoyar la cabeza (u otras partes de la anamotía masculina: basta con sustituir la y griega por una ll) antes de entregarse a la lujuria, a la pereza postcoital, a esa palabra que tanto me gusta: la molicie.
Se trata de modelos de mujer (a no imitar) que, en términos generales, horrorizan a las mujeres pero seducen a los hombres. Los hombres no quieren una competidora, ni siquiera una compañera; generalmente lo que anhelan es una madre de grandes tetas y regazo acogedor. Y ambas cosas brillan por su ausencia en las carnes magras de las actrices que nombré ayer. Cuando un hombre apoya la cabeza en el regazo de mamá quiere blandura, morbidezza, y no la pelvis puntiaguda e inhóspita de una walkiria de oficina.
Esa es la gran paradoja del cine en general; y del cine negro, en particular. Ningún otro género, ni siquiera la literatura, consiguió tanto por la liberación femenina como el cine, y sin embargo fue también el principal corifeo de una visión victoriana de la mujer como ángel maléfico, monstruo de maldad, capaz de llevar al hombre a arrecifes de pasión desenfrenada. A la destrucción, en una palabra.

En los últimos años, la femme fatale ha evolucionado a su parodia. Ya no se trata de mujeres muelle: las suaves pechugas almohadilladas de antaño han pasado a ser algo así como un sofá capitoné, las caderas Luis XVI a patas metálicas que ríete tú de la Bauhaus. Hemos pasado de la chaise-longe no al sillón Wassili de Marcel Breuer (que tengo en mi salón: divino, pero francamente incómodo), sino a una copia (de una copia de una copia) de un diván eduardiano diseñado por esa mamarracha de Phlippe Stark. ¡Hay que joderse!

Moraleja: A este paso las heroínas del próximo siglo no serán mujeres ni transexuales, sino travestis.
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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…
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