Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.

Hoy TCM emite Castillos en la arena, un melodrama dirigido por Vincente Minnelli (sí, Minnelli again, Minnelli for ever) y protagonizado por ese delirante matrimonio formado por Elizabeth Taylor y Richard Burton. Como ya sabéis, disfruto muchísimo con esos extraños juegos del destino que parecen escritos por un sádico ejército de guionistas borrachos. Minnelli, ex marido de Judy Garland, estrella infantil de la Metro y por tanto alumna de su escuela, se encontró con que tenía que dirigir a una antigua compañera de su ex mujer. Ambas habían compartido pupitre y confidencias. Ya sabéis: los primeros besos, los primeros picores…
No era la primera vez. Minnelli ya había trabajado con Taylor anteriormente en dos de sus mayores éxitos comerciales: El padre de la novia y El padre es abuelo. Pero los quince años que separan a ambas películas de Castillos en la arena habían servido para convertir a la Taylor en la mayor estrella de la época, en algo así como un mito viviente.
En fin, al parecer el rodaje fue un auténtico infierno debido al desencuentro entre el director y su actriz principal, una bellísima Liz en el cénit de su belleza (un cénit básicamente carnal, muy carnal), que se comportó como una diva insoportable desde el primer momento e intentó mangonear a diestro y siniestro todo cuanto estaba relacionado con la película. Minnelli era el director, pero ella dirigía a Minnelli.
El director debió sentirse realmente en un estado de agonía, como si hubiese vuelto al infierno conyugal que pasó con Judy. La cinta no es, en absoluto, una de sus mejores películas, ni tampoco la mejor de las protagonizadas por el matrimonio Burton, pero no es tan mala como mucha gente cree. Es más, a mí me encanta.

Para mí, lo mejor de Castillos en la arena (que en un primer momento iba a dirigir William Wyler con Marlon Brando como protagonista) es la historia de la escultura. En la película un escultor, interpretado por un ternesco Charles Bronson, hace una escultura en madera de Liz Taylor como Dios la trajo al mundo. Vamos, en pelota picada.
[Otro inciso: resulta que el papel del escultor lo iba a interpretar, y de hecho firmó un contrato con la productora, ¡Sammy Davis Jr.!, pero luego tuvo que dejarlo por motivos profesionales, ya que el rodaje coincidía con la gira de su show Golden Boy].
Bueno, a lo que íbamos, resulta que la Taylor rechazó de plano posar desnuda para el escultor contratado por el estudio, Edmund Kara, famoso por sus esculturas en madera. Kara tuvo que recurrir a una modelo de cuerpo desconocida en la época, que dobló a la Taylor en algunos planos de la película: ¡Raquel Welch!
Jajajaja. Ya le hubiese gustado a la vaca burra de la Taylor, uno de los rostros más bellos de la historia del cine, pero con cierta tendencia al tocinismo más beligerante poseer las medidas de la Welch (a pesar de que Burton no se cansaba de repetir en las entrevistas que las tetas de su mujer eran las mejores y más duras rocas que había catado en su vida).

En fin, el caso es que el escultor, Edmund Kara, terminó la escultura con una máscara de la Taylor y, cuando consideró que la obra estaba finalizada, se la enseñó al matrimonio Burton para que diese el visto bueno. Liz no dijo una palabra, pero su marido exclamó al verla: “¡Bravo, has hecho una obra de arte!”. Cualquier persona que haya visto Castillos en la arena sabe que la palabra arte aplicada a semejante mascarón de proa es tan grotesca como la palabra talento aplicada uno cualquiera de los ninots que pululan por la Academia (de las víboras) de OT.
Bueno, el caso es que cuando acabó el rodaje, Kara pidió a la MGM que le devolvieran su obra porque quería hacer “algunos cambios”. Desde luego… ¡Y qué cambios! Lo primero que hizo en cuanto tuvo la escultura en su estudio fue coger una sierra mecánica y hundirsela en el tó-el-coño. Directamente. Cuando sacó la hoja de la sierra mecánica, un ejército de hormigas rojas salió de la vagina de la réplica de la diosa Liz. Resulta que habían estado viviendo en el interior de la escultura, en una especie de útero imaginario, durante meses. ¡Fascinante!
Al final, también acabó serrando la cabeza y los brazos de la Liz de madera (Woody Liz). Vamos, como la Reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas, pero en versión hardcore: “¡Que le corten la cabeza… y el coño!”.
[He encontrado esta maravillosa historia en la página de un cinéfilo llamado Juan Sánchez de Toro, que desde aquí os recomiendo; eso sí, os advierto que si podéis bajar, o eliminar directamente, el volumen de vuestro ordenador, mejor que mejor].
Moraleja: Huid de los artistas como de la peste bubónica. "Es que yo me debo a mi arte". ¿A tu arte? Anda y que te ondulen...
El Marqués de Portugal Este
Debe señalarse que "El padre es abuelo" no es de Paco Martínez Soria...
el otro Ben-Hur (Ramón Novarro)
Ni la posterior versión de Steve Martin....sinceramente no se que será peor.
Susú
Aunque adoro a Minnelli , sospecho que este film habría sido mejor dirigido por Wyler. La razón es que el último alcanza una profundidad a la que las elevadas pretensiones estéticas del realizador italoamericano no logran llegar.
No es que Minnelli ( al que repito, considero uno de los más grandiosos artistas del Hollywood clásico ) no haga una interesante película ( a mí también me gusta mucho " Castillos en la arena " ), pero la realización de esta película coincidió con su momento de decadencia profesional ( la cual era más leve en el caso de Wyler ). Además, Minnelli, al igual que Cukor, es un excelente artista que no aspiraba a transmitir en pantalla ninguna clase de mensaje filosófico si este no estaba supeditado al drama elemental del film, mostrándolo sólo de manera superficial.
Wyler, por el contrario, siempre intentó mostrar de la manera más artesanal y cuidadosa conflictos de calado más transcendente y profundo, y en una película con semejante trama ( un pastor puritano casado con una mojigata que tiene una apasionada y desgarrada aventura con una hippie perteneciente a una secta ) y aun en estado de gracia ( no como Minnelli) sospecho que hubiera hecho un muy buen trabajo, explotando de forma más eficiente las numerosas potencialidades del film : los dramáticos e impactantes paisajes, la maravillosa banda sonora y los actores ( especialmente, si hubiera dispuesto de Brando, siempre tan maravilloso; y de la Taylor, a la cual yo nunca eliminaría del rodaje ), a pesar de que Burton es un gran actor y un hombre muy guapo, pero BRANDO ¡ ES BRANDO !
En definitiva, Wyler habría acentuado posiblemente el carácter dramático de la trama y habría hecho más interesante una película que podría haber sido bastante mejor.
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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…
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