De Cine

Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
26 Junio 2008

¿Nada en demasía? ¡TODO en demasía!

Últimamente, el champán bueno me deja una resaca que ni la peor garrafa. Ayer, Piper-Heidsieck en la terraza del Hotel Óscar, con un dj/hare-hrishna excelente. Todo perfecto. El champán, buenísimo. Las vistas, preciosas. La compañía, inmejorable (bueno, no, podría haberse mejorado muchísimo: faltaba mi ex marido). Y sin embargo, hoy tengo un tubérculo en lugar de una cabeza. Siento como si en algún momento de la noche alguien, Escarlata O’Hara tal vez, me hubiese robado la cabeza y hubiera colocado un rábano en su lugar.O un nabo. En fin, algo horrible.

Bueno, a lo que iba. Hoy, además de hablaros de la resaca —qué mala es la resaca— quería hablaros del amor. El amor y la resaca son los dos grandes pilares sobre los que pivota mi vida. Por eso (creo) me gusta tanto el cine. Porque el cine está obsesionado con el amor. Hoy, sin ir más lejos, TCM ha emitido uno de mis melodramas favoritos, De amor también se muere, de Jean Negulesco, con Joan Crawford (abajo, con John Garfield, su partenaire en el papel de un dudoso violinista; YO lo veo más bien como un indudable violador). No diré que lo he visto, ya que a las seis de la mañana YO era un bonito cadáver a quien no hubiesen arrancado de su sudario ni con una ganzúa. En fin, el caso es que esta noche el amor vuelve a ser protagonista en otra cinta que adoro, La vida privada de Elizabeth y Essex, con una magistral Bette Davis y un lozanísimo Errol Flynn.

En ambas películas se narra prácticamente lo mismo desde ópticas radicalmente distintas, cuando no opuestas: el exceso de amor puede ser tan perjudicial como el exceso de champán. En ambos casos, queridos, la resaca puede ser terrible. Amar y emborracharse son la misma cosa. YO he bebido mucho (no ayer, afortunadamente, pero sí a lo largo de mi vida) y he amado mucho. Bebo y amo con la misma pasión. Sé que el resultado en ambos casos puede ser atroz y sé, lo sé muy bien, os lo aseguro, que hay que pagar un alto precio por beber y amar en demasía, pero no me importa. Lo doy por bien empleado. En mi caso, no hay lugar para la amargura.

Bueno, a lo que iba (de nuevo). La vida privada de Elizabeth y Essex y De amor también se muere explican muy bien lo que quiero decir, mi teoría —si es que tengo alguna—; ¿y cuál es esa teoría?, os preguntareis, llevados por la más lógica curiosidad malsana. Pues es la siguiente:

“Napoleón dijo en una ocasión, entre otras muchas cosas casuales y cínicas que dijo durante su ajetreada vida, que no estaba seguro de amar en realidad a nadie. Si los seres humanos de la historia fuesen tratados con la mitad de la simpatía y la serenidad que se concede a los seres humanos de las novelas [y de las películas, añado YO], comprenderíamos que esa era, probablemente, la expresión amarga y fugaz de un estado de alma endurecido, común en la edad madura, pero afrontado con todo el realismo de un latino. Napoleón, en un periodo anterior de su vida, seguramente había amado no con cordura, sino en exceso. Y con esto basta en cuanto a la observación misma”.

Como os podéis imaginar, algo tan maravilloso NO lo podía haber escrito YO, sino un artista. Así es, queridos, la cita no es mía sino de Gilbert K. Chesterton, un escritor que adoro (y que es, por cierto, uno de los favoritos de mi ex marido y os aseguro que mi ex marido es un hombre con criterio), pero explica a las mil maravillas lo que quería decir. Ilustra con una sola frase lo que YO llevo un buen rato tratando de explicar: Napoleón no amaba a nadie porque, “en un periodo anterior de su vida seguramente había amado no con cordura, sino en exceso”.

Ay, sí, los excesos, querida Bette y querida Joan, estimada reina Elizabeth e inestimable señora Wright (por cierto, aunque me encanta el título español, prefiero mil veces el original en inglés, Humoresque), se pagan, sean del tipo que sean. También el exceso de amor. Y el de bebida.

Moraleja: Y el de maquillaje. Ése el que más.

2 comentarios · Escribe el tuyo

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El Marqués de Portugal Este

En algún momento de su vida, uno debe aprender de "La rosa púrpura de El Cairo", donde el champán es gaseosa y admite, sin resacas, todas las tomas que sean necesarias...

Louella

Como siempre, un juicio certero, acertadísimo. ¡Ay, marqués, cuánto le admiro (y venero)!

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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…

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