Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.

I. MANFIESTO
Hace mucho tiempo que tomé una sana determinación: fijarme sólo en lo que me gusta y obviar todo aquello que detesto. Es una decisión salomónica muy poco realista, lo sé, pero es en cambio —y esto es algo a lo que cada día tiendo más— la mejor terapia para una persona como yo, tendente a la misantropía y al pesimismo (es típico de mí que, cuando llego a una tienda, no tenga ojos más que para esa chaqueta que me horripila, que me espanta, que me hipnotiza completamente, como mirar un abismo o un cadáver, mientras el resto, en el que tal vez se encuentre esa camisa que me salve la vida, se funde en una nebulosa inidentificable de prendas y tejidos que me dejan completamente indiferente). En fin, el caso es que, desde hace meses, decidí que ya estaba bien y me propuse hacer algo. Hay que acabar DE UNA VEZ POR TODAS con la cultura de la queja, con die Kultur der Beschwerde. Odio a la gente que se queja por todo, que es incapaz de tener una palabra amable o una sonrisa, que lo único que sabe es quejarse. Sí, detesto a esa clase de gente, pero prefiero no volver a hablar de ella. Prefiero centrarme en todo lo contrario. En lo que amo. Y AMO, por encima de todas las cosas, la inteligencia. La inteligencia y el ingenio. El humor. La sutilidad. La belleza en todas sus manifestaciones —iba a escribir “en todas y cada una de sus manifestaciones”, pero luego viene Nilda y me reprocha el pleonasmo (mil gracias, querida, lo cierto es que todas sus apreciaciones son siempre muy acertadas; cuento siempre con su buen juicio) —, incluso en sus manifestaciones más aberrantes. Y, por encima de todo, por encima casi de la vida*, creo que amo al cine. Al cine clásico.
* [Pero no por encima de mi ex marido, por Dios, ¡nooooooooo!]
Bueno, pues una vez hecho este manifiesto, supongo que puedo comenzar con mi post de hoy…
II. Un brindis por Joel Cairo

Por eso, porque amo la belleza en sus manifestaciones más aberrantes, porque amo la inteligencia y el ingenio, creo que El halcón maltés en una de mis películas favoritas. Hace meses ya declaré mi eterna devoción por Mary Astor. No sólo por su papel de señora O'Shaughnessy, una arpía de armas tomar capaz de clavarte un puñal en el omóplato mientras te da un beso de tornillo. Adoro a Mary Astor, la actriz, por aquel escándalo sexual que casi acaba con su carrera, aunque no hay nada que Hollywood (y Ana Rosa Quintana) no sean capaces de olvidar con una sonrisa de esfinge maragata en la cara. “El que resiste, vence”, sí, señor. Mira que detestaba al señor Cela, pero hay que reconocer que conocía el alma española (y sus miserias) como nadie. En fin…
Bueno, el caso es que mi personaje favorito de El halcón maltés no es, ni mucho menos, el de esa perra sajona llamada Brigid O'Shaughnessy ni, por supuesto, el del detective gárrulo (en su acepción esdrújula, no llana… aunque también, un poquito) Sam Spade. No. No permitiría que Sam Spade me tocase ni con una pértiga de tres metros. Y mira que YO he sido muy, pero que muy generosa con el género masculino. Muy de manga japonesa. Pero no. También eso se ha acabado. No. Mi personaje favorito de El halcón maltés es Joel Cairo.

Creo que nunca antes, ni después, se ha definido tan bien el personaje de una rata almizclera con más acierto y, por otro lado, con mayor economía de medios. Una sola palabra pronunciada por la secretaria del señor Spade (una rubia oxigenada con aspecto de haber pasado más de un rato, y más de dos, tumbada en el sofá de cuero con la falda por los sobacos y las medias por los tobillos) con retintín y un amago de… ¿resentimiento?:
—Gardenia [Gaaar-di-niaaaaah].
Me encanta, por cierto, el plano en el que vemos cómo el detective olfatea la tarjeta de visita perfumada y, a su espalda, se ve un skyline lleno de anacrónicos anuncios luminosos (skyline que me recuerda muchísimo, pero muchísimo al falso Nueva York que el señor James Bidgoog construyó en su salón con falsas perspectivas y neones auténticos cuando rodaba ese delirio fascinante llamado Pink narcissus, top mariquitísima que toda cinéfila amante del kitsch debería atesorar en su cinemateca con la misma devoción con la que en el Reino del Santo Rostro veneran el paño de la Verónica). Una proustiana oleada de gardenia artificial pasa por la pituitaria del señor Spade mientras en mi cabeza se despliega una oleada de recuerdos asociada a ese olor: “Perfume de gardenia / tiene tu boca / bellísimos destellos / de luz en tu mirar […]. Tu cuerpo es una copia / de Venus de Citeres / que envidian las mujeres / cuando te ven pasaaaaaar.”
En ese momento, penetra en el despacho (que imaginamos impregnado de otros olores, bastante más masculinos) la inconfundible figura de Joel Cairo, encarnado por un magnífico, oleaginoso Peter Lorre. Ay, ¡ADORO esta escena!
¿No os parece delicioso el diálogo?:
“—Entonces, usted quiere que recupere el halcón utilizando medios legales… si es posible.—Si es posible (pausa). Pero, en cualquier caso, con discreción.”
Maravilloso. No se puede decir más con menos.
En El celuloide oculto aseguran que esta personificación de canalla sin escrúpulos bajo la forma de un marica de lo más flamboyant que pueda imaginarse es otra prueba más de la homofobia imperante en Hollywood. Gilipolleces. Os aseguro que conozco a muchos maricas más que flamboyant, flamboyantísimos y todos son, casi sin excepción, unos auténticos HIJOS DE PUTA. Detrás de una cortina (de abalorios) de ingenio, se esconde una rata capaz de vender a su madre por un chiste.
En fin, el caso es que el personaje de Joel Cairo, un cínico sin escrúpulos capaz de recurrir al engaño y a las más sucias tretas para salirse con la suya, como todos en esta película (y en la vida, si me apuran), me recuerda muchísimo a una persona a la que quiero mucho. Muchísimo. YO MISMA. A saber:
1) Como a él, me gusta salirme con la mía y no reparo en los medios para conseguir mis propósitos. Sean estos legales… o ilegales.
2) Como a él, me gusta que la gente hable bajito y que no diga ordinarieces.
3) Como a él, NO me gusta que me toquen. Vivimos en una civilización que cree que la sinceridad y el cariño van de la mano con el contacto físico. Error. El contacto físico es una lacra contemporánea que debería ser abortada de raíz. ¿Un abrazo? ¿Un beso? Sí, claro, ¿y por qué no un tiro en la nuca, bonita?
En fin, queridos, que, como os podéis imaginar este post tiene una moraleja muy, muy clara. Y es esta:
Moraleja: No os perdáis (por decimosexta vez) El halcón maltés. Vuestro cerebro os lo agradecerá.
El Marqués de Portugal Este
Tiene suerte, sin duda, los que disfrutan de su cercana inteligencia...
Susú
A mí tampoco me gusta la gente cuyo Lei Motiv en su vida es hablar de nada aparte de sus propias ( gilipolleces ) penas, como si los demás no tuviésemos nada más estimulante que hacer sino escucharlas. Es realmente deprimente ( y repeleeeeeente), sobre todo porque yo misma también tengo tendencias a la melancolía, el más crudo escepticismo y el pesimismo ( de hecho, soy una mezcla entre Norma Desmond y Greta en la mayoría de sus trágicoexistenciales películas ); y por eso no soporto que dulcifiquen aún más mis tan hermosas percepciones vitales.
La terapia más eficaz para mí ( aparte de las spirit drinks ) es, sin lugar a dudas, el cine. De hecho, considero que se aprende más de la vida con un Tennessee Williams picture show que asistiendo a la universidad ( considero no, estoy totalmente convencida).
Comparto con Woody Allen aquella acertadísima aserción de que hay películas que te reconcilian con la vida ( a "Cantando bajo la lluvia" hacía éste referencia ).
A propósito, a mí también me gusta salirme con la mía. Y cuando es algo realmente importante, para mí el fin justifica los medios ( y medias )
1 Saludo, Louella ! Y continúe rindiéndonos sus variadas Declaraciones de Principios ; son muy interesantes.
Nilda
Al ver mi nick en cubierta, esta mañana, he prorrumpido en una carcajada tan estrepitosa que aún resuenan las paredes de mi estudio. De una cosa puede estar segura, Louella. Si la pulla (no puya, ¡ay!) que me lanza está escrita con el mismo afecto (sin tocar, eh!) y tanta simpatía como le profeso a usted, quedo literalmente encantada.
Peter Lorre es uno de mis villanos favoritos. Está soberbio en todas sus películas, pero como Cairo no tiene precio. Hay otro diálogo —breve, pero contundente— entre él y Sidney Greenstreet (otro villano maravilloso):
S. G.: Este tipo —por Sam Spade, Bogart—me pone muy nervioso.
P. L.: ¿Por qué?
S. G.: Me ponen nervioso los tipos a los que no les interesa el dinero…
De una puñetera vez, por favor, por el amor de Dios, por caridad: ¡¡Losantos no es su sosias!!
el otro Ben-Hur (Ramón Novarro)
Mi tío favorito, al que Dios tenga en su gloria era fisicamente clavadito a Lorre, pero lo mejor de todo, era que en su vida personal resultaba igual de pillo, que los personajes de este. Un maravilloso sinverguenza.
Lothorien
Pues sin bien creo que fue "Joel Cairo" su inmortal papel americano, yo prefiero a Peter Lorre en M, de Fritz Lang. Todo un señor actor del gesto chillón.
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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…
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