De Cine

Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
20 Junio 2008

Bacall(ismo) SÍ, bakalismo noooooooo

ADORO Lauren Bacall. Me encanta. Me gusta cuando hace de mujer fatal y cuando es una absurda, cuando es sofisticada e ingeniosa y cuando es una perraca de armas tomar. Simplemente la amo. Hoy, además, es protagonista por partida doble.

Bienvenidos al ¡FESTIVAL LAUREN BACALL A GO-GO!

Por un lado, protagoniza junto a su maridísimo uno de esos clásicos que siempre te dejan con la boca abierta, Cayo largo. Da igual las veces que la hayas visto, tres, trece, treinta o trescientas: jamás decepciona. Por otro, es la narradora de un documental en el que planea de nuevo la sombra de Bogie, un homenaje al clásico entre los clásicos, Casablanca (por cierto, me encanta la boutade de Howard Hawks, que estuvo a punto de dirigirla y siempre dijo que, en caso de haberla hecho, hubiese sido… ¡un musical!).

Confieso que a mí todo ese culto macabro en torno a la figura de Su Difunto es una cosa que me pone los pelos de punta. Adoro a Lauren Bacall, pero ese aspecto de su personalidad me perturba un poco. Todo eso del amor más allá de la muerte me suena muy a Quevedo, pero poco a Hollywood. Bueno, no sólo a mí, también a muchos biógrafos, que han asegurado que ya antes de que Bogie estirase la pata, cuando estaba en las últimas, la señora Bogart buscaba consuelo en los brazos de Sinatra.

Mmmmm. Verdad o mentira, lo cierto es que pocos meses después de la muerte de Bogart, en 1957, Bacall me contaba a mí misma, o sea, a Louella Parsons (me encanta la gente que habla de sí misma en tercera persona, como algunas ex concursantes pilinguis de Gran Hermano o la mayor parte de los futbolistas), que La Voz y ella iban a casarse. Sinatra puso el grito el cielo cuando vio su compromiso anunciado en la prensa y la mandó a freír espárragos.

Cuatro años después, la desconsolada viuda dejó de serlo y se casó con Jason Robards, pero La Botella acabó con el matrimonio. Y eso que la Bacall no es ninguna mojigata, vamos, que no le hace ascos a un buen lingotazo… Pero una cosa es una cosa y seis, media docena. Y, claro, media docena de botellas de bourbon son muchas botellas (para una sola noche, se entiende).

En fin, el caso es que aunque no me acabo de creer esos amores legendarios que nos vende Hollywood tipo Bogart&Bacall (o Tracy&Hepburn, otra pareja que me chirría un poquito, ¡y no porque ella fuese lesbiana, por Dios!), tengo que admitir que me encanta ese aire legendario que ella misma mantiene vivo con sus declaraciones: “Vivimos en una época muy mediocre. Las estrellas actuales no le llegan a la suela del zapato a Bogie, James Cagney, Spencer Tracy, Henry Fonda o Jimmy Stewart”. Aunque casi prefiero esta: “Las leyendas implican el pasado. No me gustan las categorías. Este es grande y aquel otro es grande. La palabra grande está para algo. Cuando hablas de un gran actor, desde luego está claro que no estás hablando de Tom Cruise”. Amén, hermana.

La Bacall es uno de los últimos elefantes que quedan vivos. Una de las últimas leyendas que se pueden permitir el lujo de callar a un periodista sin necesidad de decir una sola palabra. Basta un gesto, una mirada de hielo, un golpe de ceniza, para que el periodista se encoja (como eso mismo que estáis imaginando) y la trate de usted en su siguiente pregunta.

Por cierto, ¿sabíais que la voz marca de la casa, esa voz grave y aguardentosa como la caricia de un estropajo, es un puro invento? Por lo visto, en su primer encuentro con Howard Hawks la voz de Lauren Bacall era bastante pituda (del tipo nasal típico de Brooklyn). El director se quedó horrorizado: “Tendremos que hacer algo con eso”, le dijo. Dos semanas después, la chica de portada de Harper’s Bazaar hablaba y se vestía como Slim Hawks, la mujer del director y su mentora (más tarde, cuando estaba casada con Leland Hayward, se convirtió en uno de los cisnes favoritos de Truman Capote; y más tarde aún, cuando se casó con el banquero británico Sir Kenneth Keith, en una de las íntimas de Cecil Beaton).

Y otra curiosidad: ¿sabíais que Lauren Bacall y el ex primer ministro israelí Shimon Peres son primos?

Moraleja: Superdiva de la Bacall. Pero de ella, al margen de muertecitos célebres…

5 comentarios · Escribe el tuyo

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El Marqués de Portugal Este

Como todas las grandes actrices, su propia creación.

winnetou

Lauren era muy guapa y estilosa, pero su mejor no interpretacion fue cuando pronuciaron el nombre de Juliette Binoche en vez del suyo al premiar a la mejor no protagónica en la ceremonia de los oscars de 1996 (ella estaba nominada por hacer de madre de Barbra Streisand en "El amor tiene dos caras" en donde salia Jeff Guapo Guapo Bridges...

Susú

A mí me encanta Lauren Bacall. Mujer de belleza salvaje, gesto ( y lengua ) sibilinos y una mirada leonada que hiela; tal y como Bette Davis ( amiga de ella ) la describió una vez, con ojos de preciosa leona.

Tiene una cara que expresa agresividad helada y magnetismo. Me recuerda a una de esas bellísimas vampiras del Hollywood clásico de serie B o incluso a una de la Hammer de los primeros 70s.

Además es una gran señora y muy competente actriz.

Nilda

Muy bonita entrada, Louella, y plena de vida. Ya está bien de doblar las campanas (toco madera).

¡¡La Mirada rules!! (Mirada vagamente emparentada —a mi entender— con las de Simone Signoret y Romy Schneider).

Otra curiosidad (más bien rumor): Bacall cantaba Am I Blue, en Tener y no tener, con la voz de un jovencísimo Andy Williams.

Louella

Jajajajajaja. ¿De veras? ¡Es genial!

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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…

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