Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
Me encanta Luz de gas por una razón: porque explica a la perfección una Gran Verdad que el cine ha tenido presente casi desde sus inicios. A saber: tu pareja puede volverte loca. Loca de remate. Loca del pussy. Loca del tó. Reloca. O, como decía Marta Minuhin, una performer argentina, loquísssssima (bueno, en realidad lo que ella decía, a voz en grito, era: “Hoy estoy loquísima”).
En Luz de gas su protagonista se vuelva loca perdida —o casi— por culpa de un marido al que adora. “Mi queridísimo verdugo”, está a punto de decir la pobre en algún momento. Porque es así: lo ama con locura (o hasta). En sentido literal.

Me fascina el hecho de que el ser humano pueda llegar a querer, a querer sinceramente, a necesitar, incluso a desear a su verdugo. Comprendo que es como una compulsión, una especie de patología tipo Portero de noche; que no es el amor-amor, el amor auténtico, “la verdadera sopa de tortuga” de la autoentrevista de Capote, pero no puedo evitarlo: me fascina.
“Como Cleopatra mostrando su túrgido pecho al áspid” (cita que tomo prestada de un manual de ortografía de mi infancia, cuando la ortografía y la semántica aún tenían sentido), hay una depravada, hipnótica, mefistofélica seducción en la maldad. Los villanos, los asesinos, los canallas resultan siempre mucho más atractivos que los misioneros con rebequita. La misma Biblia advierte que Lucifer, el que porta la luz, era “el más bello de los ángeles” y en el que más confiaba Dios. Fíjate, como la prota de Luz de gas... Pobrecita. En Babia, como tantas.

En fin, el éxito de la peli fue tal que sólo cuatro años después, el gran George Cukor dirigió un remake made in Hollywood del succèss británico. Los distribuidores se tiraron de los pelos y decidieron al menos cambiarle el nombre: de Luz de gas (tan bonito) a Luz que agoniza (tan cursi). Otro exitazo. La interpretación de Ingrid Bergman consiguió anular la de su predecesora, esa gran dama llamada Diana Wynard. Y la de Charles Boyer (y su peluquín) a la de Anton Walbrook.

Pero no. Yo reivindico la villanía de Anton Walbrook, uno de mis sádicos favoritos. Como marica de pro tuvo que salir por piernas de la Alemania nazi, de donde llegó a Inglaterra. Allí se convirtió en uno de los actores favoritos de mi dúo favorito: Powell & Pressburger, que lo eligieron para encarnar a la megamarica mala de Boris Lermontov, inspirándose en las relaciones vampíricas que el gran Diaghilev establecía con las estrellas (femeninas y masculinas, sobre todo masculinas) de sus Ballets Rusos.
Adoro Las zapatillas rojas y adoro a Walbrook. No entiendo cómo Moira Shearer elige al cursi de Craster en lugar de al fascinante Lermontov, con esos labios de color corinto, que parece que acaba de chupar las llagas de Cristo como Santa Genoveva de Brabante, que limpiaba las llagas de los más necesitados con la lengua… Ah, me pongo atómica.
Moraleja: Estoy cansada de repetirlo (y repetirme) hasta la saciedad: los novios, los maridos, los amantes pasan; los verdugos permanecen. Mucho cuidadito a la hora de elegirlos.
el otro Ben-Hur (Ramón Novarro)
Yo sinceramente, prefiero la versión de MGM,y de paso reivindico a ese gran director llamado Cukor, que ultimamente parece caer en desgracia para muchos críticos. Al contrario de Powell y Presburger, dos cineastas sobrevalorados, creo que sus películas son pretenciosas y aburridas (jolin, como me he levantado de la siesta)
Louella
Pues yo, sinceramente, los adoro a los tres. A mí, exceptuando al Plomazo (Ford), el resto me parece Gloria Bendita.
Lothorien
Es curioso que tanto George Cukor (adoro -gran- parte de su filmografía) como Diana Wynyard (no Wynard), que nunca trabajaron juntos, compartieran presencia alguna noche en un banquete de premiación del star system de Hollywood. Por supuesto, la gala era la 6ta entrega del Oscar.
Él competía -por vez primera- al Mejor Director gracias a su maravillosa versión de Mujercitas (Little Women, con Katherine Hepburn). La actriz del teatro británico competía a Mejor Actriz -por primera y única vez- por su rol de fuerte esposa y madre en Cabalgata (Cavalcade, dirigida por Frank Lloyd).
Por supuesto, niguno de los dos ganó esa noche. Ambos obtuvieron el 3er lugar en su respectiva nominación (sí, ese año y el siguiente se sabía en que lugar quedaba cada postulante).
Ella fue vencida por la Hepburn que se embolsaba su primera estatuilla (de las 4 que obtuvo en años posteriores, y por supuesto, nunca acudiría a una ceremonia de la Academia para recoger un premio) gracias a Gloria de un Día (Morning Glory, Lowell Sherman).
El director gay, que también había surgido del teatro, pero de Broadway, perdió ante Frank Lloyd, que logró un segundo premio como Director, y además obtuvo la honrosa distinción de que el filme por el que ganó se llevara el palmares contra otros 9 filmes como la "Mejor" Película de 1933: Cabalgata, una sucesión de eventos desafortunados que le acontecen a los miembros de dos familias distintas, patrones y sirvientes, a lo largo de tres décadas en la historia de la Inglaterra victoriana.
Casualidades del destino ¿no?
El Marqués de Portugal Este
El cine es un arte de malos; los buenos no caben en el buen cine.
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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…
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