De Cine

Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
05 Mayo 2008

Poetas... ¡Qué buenos son (lejos)!

“Nunca te enamores de un poeta”, me dijo una vez una amiga muy querida (una amiga a la que quiero y respeto, porque hay amigos, queridos, queridos amigos, de los que es muy difícil no reírse en sus barbas; no es el caso: las sentencias de mi amiga F. son generalmente verbum Dei, una ley para mí… y para cualquier persona sensata que quiera sobrevivir en esta jungla). “Son muy egoístas”. Reconozco que estaba en lo cierto. Los poetas son lo peor. “Bueno, hay algo peor: los músicos”, añadió, poniendo los ojos en blanco.

Gracias a Dios jamás me he enamorado de un poeta. Dios me libre de sus peligrosas quintillas picantes. La historia de la literatura universal debería servirnos de ejemplo: todos los grandes poetas (y muchos que ni siquiera eran grandes sino mediocres, muy mediocres) han sido muy mezquinos en sus relaciones amorosas. Cantan el amor y sus síntomas con palabras precisas y preciosas, pero cuando lo tienen delante escupen sobre él. Ahí tenéis a Alberti y María Teresa León (anulada; Alberti, que parecía un viejecito tan simpático con sus palomitas y sus ripios consonantes, fue un auténtico HIJO DE PUTA a lo largo de su vida), a Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí (anulada; respecto a JRJ, otro que tal baila: hijo-de-puta-y-medio), a Ted Hughes y Silvia Plath (terminó metiendo la cabeza en el horno), T. S. Elliot y Vivien Haigh-Wood (que acabó más loca que una cabra… por su culpa). En fin, no sigo porque no quiero empezar con los contemporáneos… Poetas contemporáneos españoles… ¡Qué pena más grande!

Bueno, el caso es que Elizabeth Barrett, una poeta inglesa precocísima y talentosísima, no debió tener ninguno de estos precedentes en la cabeza cuando se encaprichó de Robert Brownig, otro poeta (más joven que ella, lo que en la época no dejaba de ser un escándalo; de hecho, no sólo eras más joven sino que empezó siendo una especie de fan fatal, mitad groupie-mitad Mario Vaquerizo, de la Barrett) y, en contra de la opinión –acertadísima, sin duda- de su padre se fugó y se casó con él. Papá Barrett jamás se lo perdonó.

Por lo visto, el matrimonio fue muy dichoso y bla-bla-bla. Yo lo pongo en duda. Dudo que dos poetas juntos puedan ser felices. Va contra toda lógica. Es como dos folclóricas (lesbianas) juntas. “No hay espacio suficiente para dos batas de cola en este salón, querida”. “Ni en este continente… y pásame la maquinilla, tía, que hoy viene la Chelo y tengo la sotabarba que parezco un mariscal de campo”.

Como los escritores son, por naturaleza, más falsos que un Judas de plástico —“falaces, embusteros y falsos”, según mi amiga R., otra sabia—, uno de ellos, Rudolph Besier, escribió una obrita de teatro inspirada en los amores de estos dos narcisos enamorados tanto el uno del otro como de sí mismos. Inesperadamente (a mí jugar a la ruleta rusa me parece una bagatela en comparación con escribir para el teatro y esperar al estreno), la obra fue un éxito. Hollywood, siempre tan fan de los éxitos ajenos, compró los derechos para una primera adaptación en 1934 con Norma Shearer (una cosa es ser un poco bizca —o vizcondesa— y otra tener mal ojo para los papeles de mucho lucimiento) y Fredric March como los dos jóvenes poetas enamorados y Charles Laughton como padre/ogro dominante. Un profesional de los tiempos del cine mudo, Sidney Frankling, dirigió la cinta (que le valió a madame Thalberg una nominación al Oscar).

Unos cuantos años después, en 1957, otra primera dama de Hollywood, la simpar Jennifer Jones, casada a la sazón con David O. Selznick (tal para cual: dos egos que no caben en el Valle de los Caídos), eligió al mismo director (que a estas estas debía estar ya un poco como esculpido en rocalla) para dirigir una nueva versión y lucirse en un papelón digno de SU TALENTO. Dicho y hecho. Eligió a un partenaire que no puediese hacerle sombra, Bill Travers (¡qué lista, la tía), y a uno de esos actores de prestigio, John Gielgud, La Voz, para dar empaque. El resto…

Bueno, no es lo mejor de la Jones, unas de esas actrices bigger than life que a mí me encantan (Duelo al sol, ¡qué maravilla!), pero hay que reconocer que tiene su gracia. Sobre todo si sufres una lesión de columna. Recomiendo esta película vivamente a todos aquellos que hayan sufrido una lesión de cervicales en algún momento de su vida. Cuando contemplen a qué grado de virtuosismo raquídeo llegó la señora Selznick con su cuello van a flipar en colores.

Moraleja: Yo es que de la Jone… hasta el dobladillo, oiga.

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Mr. Arkadin

Y si es poeta y músico?

Louella

Mi consejo es que huya de él/ella como de la peste bubónica.

El Marqués de Portugal Este

Lo que va de un poeta maldito a un maldito poeta...

Nilda

No nos olvidemos del ególatra Neruda y su hijita hidrocefálica —Malva Marina— abandonada.

Pero no todos son monstruos: pienso en Anna Akhmatova y Marina Tsvetayeba, esas dos santas laicas.

Louella

Hija mía, como dice mi (sabio) pater: ni calvo ni con tres pelucas.

Lothorien

El filme de 1834 se llamó Las Vírgenes de Wimpole Street (The Barretts of Wimpole Street, Sidney Franklin), y en su paso por los Premios de la Academia, estuvo a punto de ser galardonado con la estatuilla principal. Fue relegado al segundo lugar (sí, en ese año se sabía en que lugar quedaba cada postulante) en la competencia como Mejor Película y como Mejor Actriz (las nominaciones fueron para Irving G. Thalberg como productor, y Norma Shearer como actriz protagónica, esposos en la vida real). Se cuenta que para esta ambiciosa producción de la MGM, el magnate de la prensa sensacionalista, William Randolph Hearst (Citizen Kane), había hecho campaña para que Thalberg le diera el protagónico a su “protegida” Marion Davis, pero como el rol de “Elizabeth” fue destinado a Norma, Hearst se enfureció tanto que canceló el contrato que Marion tenía con la MGM y la condujo hacia la Warner, mientras tanto, durante todo un año el nombre de Norma Shearer no apareció en ninguno de sus periódicos. Igualmente conocido es el hecho de que el estudio estaba preocupado por la reacción que el público podría tener con la inquietante subtrama de los motivos incestuosos del tirano señor “Barreto” para no dejar casar a su hija mayor. La MGM ordenó que se cuidaran los diálogos y suavizaran las intenciones del personaje para no levantar sospechas, pero Charles Laughton, el oscarizado actor que le da vida, hizo el famoso comentario de que a él podían censurarle las palabras, pero no “el brillo” de sus ojos. Ahh, ese año el Oscar fue para Clark Gable (Mejor Actor), Claudette Colbert (Actriz), Robert Riskin (Guión Adaptado) y Frank Capra (Director), todos por Sucedió una Noche (It Happened One Night), ganadora como Mejor Película del año. 13 cintas fueron nominadas en esta última categoría.

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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…

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