Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.

La realidad supera al porno. Y a Estrenos TV: el señor austriaco que ha violado a su hija la intemerata, ha tenido siete hijos con ella, ha quemado a uno de ellos en su caldera y todo sin salir de casa. Y al género más negro (o más rosa, depende de quien escriba el guión… o lo supure): Andrés Pajares, perturbadito perdido, con una pistola de plástico, en medio de un delirante remake de Bonnie & Clyde (para encarnar a Bonnie basta tener una CH en el nombre, como el logo de La Señora). Y a las pelis de aventuras: piratas en el siglo XXI. Y a las de terror: Francisco Ayala ¡¡¡vivo!!! (y con mejor cara que Michael Jackson). UFFFFF. No puedo con la vida… ¡Necesito un receso!
Como siempre que la realidad viene armada y dispuesta a darme un sartenazo, me refugio en la ficción. Hoy, además de un especial Stewart Granger en dos de mis películas favoritas: Las minas del rey Salomón y Scaramouche (ni Deborah Kerr ni Eleanor Parker han vuelto a salir tan guapas en una película), hay un miniciclo dedicado a Agatha Christie y un pequeño y sentido —al menos por mi parte— homenaje a mi pareja favorita: Liz Taylor & Richard Burton, protagonistas de Castillos en la arena.
Ellos también superaron al porno y a la vida. Si Julio César le regaló a Servilia, hermana de Catón de Utica, una perla que le costó seis mil grandes sestercios y Cleporatra otra, no menos mítica, a Marco Antonio disuelta en vinagre, Richard Burton le regaló a Liz, su Liz, la perla Peregrina. Ella, tan dada al bricolaje —no en vano se casó con Larry Fortensky, que lo mismo le montaba las estanterías a Barbra Streissand que le desatascaba las tuberías a Debbie Reynolds—, incorporó la joya a un collar de rubíes y diamantes de Cartier que luego lució en la película A little night music (1977).
La Taylor es también la prota de otra de esas comedias deliciosas, El padre es abuelo, con Spencer Tracy y una Joan Bennett convertida en venerable matrona que te hacen olvidar la mierda cotidiana que se oculta bajo el sótano del vecino (“Oiga, ¿usted no gasta mucha leche? ¿No tendrá escondida a su hija bajo la tarima flotante, no? Lo digo porque quiero ser una buena ciudadana, no se ponga usted así… Para mí que este oculta algo…”).
Ay, no sé, perdonadme, pero este puente me retiro a un balneario (de mucho lujo y derroche, faltaría más), porque es que… de verdad... no puedo con la vida.
Moraleja: si durante los próximos días veo a alguien con un periódico, echo a correr en sentido contrario. ¿Realidad? Quita, quita, quita, quita, quita.
Nilda
Eso, el balneario como oasis personal, como paraíso (temporal) para la desconexión. Escapar de los ojos aterrados y sumisos de esos inocentes y de los ecos del tenebroso austriaco.
Pero el lunes, ¡ay!, de nuevo el baile de máscaras fúnebres. Vaya vida.
El Marqués de Portugal Este
La realidad no es más que ficción confirmada, Sanatallana dixit.
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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…
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