De Cine

Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
28 Abril 2008

Cenicienta, tía, ¡abre los ojos!

Cenicienta es un cuento inmortal, uno de esos mitos que sobreviven milagrosamente a todas las generaciones. Todo el mundo ama a Cenicienta y al parecer todo el mundo se ve reflejado en sus miserias y sus padecimientos, ya sea con la madrastra o con la báscula (Bridget Jones ha sido, hasta el momento, la última Cenicienta; si exceptuamos, naturalmente, a ese otro engendro de Satán llamado Carrie Bradshaw, a quien yo veo más bien como Caperucita Roja-adicta a los complementos que como a la infeliz heredera del cuento). En su fuero interno, todo el mundo —sobre todo aquellos cuyo nombre incluye una fricativa (interdental sorda, por más señas)— se siente un poco Cenicienta. Todo el mundo menos yo.

Detesto a Cenicienta. Bien sabe Dios que no soy una de esas feministas que han declarado la guerra al maquillaje y las mascarillas hidratantes de Fekkai. Nada más lejos de mi intención que reivindicar el vello corporal a estas alturas. Para nada. Pelo… en la cabeza y en los abrigos de piel, en ni un solo sitio más. No.

Si odio a Cenicienta no es porque ofrezca una imagen distorsionada de la mujer como víctima bla-bla-bla. Para nada. Odio a Cenicienta porque, básicamente, es estúpida. Y si hay algo que detesto por encima de todas las cosas es a la gente estúpida. Cenicienta es boda, una idiota integral de los pies a la cabeza pasando por el bolso y la zapatilla de cristal (que esta noche emite esta Santa Casa; la peli, por cierto, no está nada mal).

Pase que abusen de ti, que tengas que limpiarle la mierda a la madrastra y a un par de hermanastras (que sospecho que hacían la tijera entre ellas, al menos es lo que pensé cuando leí el cuento de Perrault), que te roben el patrimonio y estés todo el día inhalando productos tóxicos como Divine en Poliester (o Carmen Maura en ¡Qué he hecho YO para merecer esto?). Pase, bonita, pase. Pero, por lo que no voy a pasar, Cenicienta-bonita-corazón-tesoro, es por que… ¡te enamores de un gay!

Ya lo dije en el post de Pier Angeli y me reafirmo en mis palabras. Nunca, jamás, NUNCA una chica heterosexual debe enamorarse de un marica. Eso déjaselo a Charlene Wittstock o a Claudia Schiffer, pero tú, reina, enamorarte a estas alturas de un chico que se maquilla más que tú y que ha hecho de La Mecha su nom de plume (no sé si lo sabes, pero el príncipe actúa por las noches en el LL o en algún tugurio parecido)… Por Dios, chica, ¡un poco de cabeza! ¡A ver cuándo aprendes! Está claro que así no voy a hacer carrera contigo…

Moraleja (dedicada especialmente a la novia de Reke): Mujer, si lleva las cejas más depiladas que tú, más mechas que tú y más escote-más quincalla-más gloss-más whatever que tú no pierdas más el tiempo y déjalo. ¡DÉJALO! Hazme caso: agua (fecal) que no has de beber…

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Nilda

Cuánta razón, Louella. Pues prepárese para lo que nos viene este verano: camisetas "baby doll". Puro macho.

El Marqués de Portugal Este

¿Era una "manolo" lo que se olvidó Cenicienta en Palacio?

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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…

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