Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
¿Altera la primavera la sangre o solo es un mito (otro más)? Pues no sé, pero, la verdad, a mí esta primavera me tiene ALTERADÍSIMA. Y la emisión esta madrugada de Tarzán me sirve un poco para descargarme de tanta calentura que desde hace días vengo padeciendo.

Durante años, Tarzán fue una de las series favoritas de los y las fans del beefcake más bizarro. La figura del buen salvaje se convirtió en una excusa tan buena como cualquier otra para mostrar carne sin pudor. ¡Y qué carne! Johnny Weissmuller no fue ni el primero ni el único en encarnar al héroe creado por Edgar Rice Burroughs, sin embargo se convirtió en el mito erótico favorito de toda una generación, empezando por esa gran dama de la fotografía, la decoración, el chaperío y el name dropping llamada Cecil Beaton. TODO el mundo adoraba a Johnny Weissmuller. Todos menos yo.

Confieso que a mí el físico, y el careto, de este nadador austriaco me dejan completamente indiferente. A mí quien me pone es su hijo: el galopín Johnny Shefield. Jamás se ha asomado a una pantalla de cine efebo más delicioso ni más en sazón que este niño que, a lo largo de la serie, pasó a convertirse en chicarrón de impresión. De quitar el hipo, vamos. Como dice mi admirado Maciste Betanzos, del que me declaro FAN incondicional: “Con su Boy, los cinéfilos paidófilos babearon con todo el derecho del mundo... Esos rizos, esos pezones pura miel”. Pues sí. El chico en cuestión se convirtió en todo un sex-symbol para los amantes de la carne fresca en todo el mundo. La serie que protagonizó en la Allied Artist bajo la dirección de Ford Beebe, Bomba, fue exactamente eso: una bomba sexual arrojada a la cara de millones de adoradores de Onán de medio mundo.
Confieso también, no sin rubor, que prefiero mil veces más a otros Tarzanes antes que al paradigmático Weissmuller. Él encarna la norma, pero yo prefiero otros más vulgares, más... más... como más... digamos, por emplear un eufemismo, que carnales: Gordon Scott (superdiva de Gordon Scott y sus pectorales, y sus fundas, también de sus fundas) y Lex Barker (esta es una de las razones, otra más, por las que ODIO a Tita Cervera: una mujer que pasó por los brazos, y por la cama —sobre todo por la cama—, de Lex Barker es mi enemiga, y más si esa mujer tiene pinacoteca propia... entonces Esa Mujer es ya mi archienemiga de por vida).

Los dos representan para mí un ideal que marcó mi infancia: el forzudo con cuerpo de dios griego pero cara de gasolinero de Oklahoma (cuanto más de Oklahoma, mejor). Para la cama es para lo único que tengo Conciencia Social: cuanto más del arroyo parezca el chulo en cuestión, más me pone. Y si es del género te-echo-un-polvo-y-te-desvalijo-la-casa, bueno, entonces ya me vuelvo LOCA. Loca del pussy.
Moraleja: Tarzán, deja los monos en paz y ven a mi casa a darme lo que merezco. UN BUEN MENEO.
El Marqués de Portugal Este
¿Qué lleva en la mano Lex?
...
En esa no, en la otra.
maciste betanzos
Hostia, qué foto del Sheffieldito. Parece la Lana Turner en los años cuarenta (al menos se le aplicó el mismo glamour, ¡y casi el mismo ondulado!).
Muchas gracias por los piropos.
Louella
No hay de qué. Yo ante usted me quito los aigrettes, los postizos y la cabeza si hace falta. SUPERDIVA suya.
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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…
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