De Cine

Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
23 Abril 2008

El gran Lawrence (y el grandísimo David)

Los ingleses son únicos a la hora de inventarse sus propios mitos. Para empezar el mito de lo british, esa especie de hipercivilización que nunca existió más allá de sus novelas y sus colonias, que por definición eran como un work in progress, una novela que sus habitantes iban escribiendo con tintes, a veces, del más sórdido melodrama, como por ejemplo en Kenia: os recomiendo revisar la biografía del antepasado de mi lloradísima Isabella Blow, Sir John Broughton, procesado por el asesinato del conde de Erroll en Kenia en 1941, escándalo que en los 80 dio lugar a un best-seller y más tarde a una película bastante delirante, Pasiones en Kenia, que no tenía nada que envidiar al más folletinesco Flamingo Road.

Bueno, como veis, ya me he vuelto a liar la manta a la cabeza y me he metido en un jardín del que tendré que salir con la voluntad hecha jirones. A lo que iba. A lo british y a sus mitos. No me creo ni lo uno ni lo otro. La hipercivilización se basaba en la explotación y en la castración, respecto a sus mitos ya se encargó Lytton Strachey de derribarlos concienzudamente a lo largo y ancho de su obra.

En el caso Lawrence de Arabia, otro británico, David Lean, que es un director que ADORO, fue el encargado de remachar el ataúd de un mito que, en revisiones posteriores, ha resultado ser algo muy distinto de aquel excéntrico visionario que se enamoró de la cultura árabe sometida a la dominación otomana y bla-bla-bla. Paparruchas. T. E. Lawrence era un espía de la peor calaña, un ferviente apóstol del imperialismo británico que jugó sus cartas —muy brillantemente, eso sí— y terminó engañando a todos y, en parte, también a sí mismo. Medio siglo después de su muerte, todos sabían ya que Lawrence de Arabia no era ningún santo.

La película de Lean pertenece a ese género que a muchos puede llegar a sacar de quicio: la épica. Grandes paisajes, grandes interpretaciones (Peter O’Toole está bigger than life, pero como es lo que el personaje está pidiendo A GRITOS no pasa nada, al contrario: todo ese festival de manierismos le viene a Lawrence pintiparado), grandes momentos orquestales (de la mano de Maurice Jarre, el padre del infame Jean- Michel, en su día, y por muchos años, marido de una de mis máscaras favoritas, la divinísima Charlotte Rampling) y un gran, gran metraje que supera las tres horas.

Me encanta esta película. Poco importa que mienta o no. Si quisiese la Verdad Histórica acudiría a una enciplopedia, no a una sala de cine. A mí lo que me interesa es la mirada de color acero de un actor, entonces prácticamente desconocido, dando alaridos en el fragor de una matanza (espectacular la escena en la que sale literalmente ungido de sangre). El grito desgarrado que suelta cuando las arenas del desierto se tragan a su galopín favorito (le queda el otro, pero no era su ojito derecho, ay). La erotiquísima escena de la tortura a manos de un militar otomano (José Ferrer) que parece disfrutar mucho más de lo que exigen los deberes castrenses (tortura que, tal y como relató el propio T. E. Lawrence, incluyó un episodio de sodomía no del todo desagradable). La mirada de admiración, y casi diría que de algo más, de Omar Shariff (guapisísimo) hacia el león en el desierto. En definitiva, la figura de un héroe en estado puro, interpretado por un actor en estado de gracia.

¿Que la figura real de T. E. Lawrence era mucho menos heroica de lo que la historia oficial nos hizo creer durante años? ¿Que su libro Los siete pilares de la sabiduría es un truño pesadísimo que en algunos pasajes recuerda poderosamente a un Baedeker del desierto escrito por una maestra de escuela de Glasgow? ¿Que en la vida real al señorito Lawrence le iba el sexo duro y no las estilizadas idealizaciones platónicas? Pues ya ves tú que novedad. A la hora de la verdad, ¿a quién no le gusta que le den un buen meneo? ¿A ti? ¿A mí?

Pues eso…

Moraleja: For ever Lawrence de Arabia. Y forefer and never David Lean. SUPERDIVA de David Lean, oyes.

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El Marqués de Portugal Este

Lawrence de Arabia fue siempre demasiado cercano a la realidad para que le dejasen ser de Bloomsbury. Pero al menos le retrató Augustus John.

Lothorien

En la película la tortura del Turco Bey (José Ferrer) hacia Lawrence (Peter O'Toole) estpa rodada de modo magistral y caben diferentes lecturas. Según el verdadero Lawrence, lo que en realidad ocurrió ahí fue una violación, según David Lean (¡maldita censura!) fue una muestra de sadomasoquismo (recuerdan la sonrisa orgasmica del guardia que le agarra las manos mientras es golpeado con el látigo). Ese acceso de tos del jefe turco realmente hace intuir lo que llegará a pasar una vez que hayan domado al orgulloso britanico. Coincido en que las miradas de Omar Shariff hacia Lawrence dicen más que las palabras que netre ellos faltan. Por otra parte, sus dos mozuelos son las únicas personas por las que llega a sentir afecto, muy íntimo, eso sí. Cuando Lawrence llega al Salón de Oficiales en el Kairo después de su conquista de Akaba, él promete al chico sobreviviente que dormirá en una suave cama... junto a él (suponemos).

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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…

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