Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
Hampa dorada no es, ni mucho menos, mi película de gánsteres* favorita, sin embargo tiene algo que me sigue pareciendo fascinante: el retrato de ese pequeño dictador, del asesino que viene de lo más bajo de lo más bajo, del fango más abyecto, y se convierte casi en un señor del hampa. No un gran señor, por supuesto, pero sí en algo más entrañable, más emocionante, más doméstico, más pequeño (de hecho, el título original de la peli es Little Caesar): una personalidad.
Me apasionan estas historias, tipo Scarface —voy a decir una aberración, pero casi prefiero la versión de Brian de Palma a la de Howard Hawks; lo siento, pero es así—, de hijos de puta a los que en la vida real no me molestaría ni en mearles encima aunque estuviesen ardiendo (cita impagable de Santa Bette) pero que en la ficción terminan no sólo por emocionarnos sino casi, casi por erotizarnos. Ya se sabe: Eros y Tánatos van de la mano y no hay nada que a mí me ponga más que saber que lo mismo, con un poco de suerte (de mala suerte, se entiende) ese amante en principio tan atractivo puede terminar descerrajándote un tiro (o desvalijándote la casa).

La violencia va de la mano del erotismo, qué duda cabe. Y las historias de gánsteres* juegan con esa baza. Está claro que a las putillas que acaban en la cama de los capos de turno, como Michelle Pfeiffer en Scarface o Gloria Grahame en Los sobornados, esta violencia nada soterrada les horroriza, pero también les excita. Es un ingrediente básico en sus relaciones de pareja. En su caso, el sexo se mueve en la cuerda floja, en el filo de la navaja… en sentido literal.
¿Es real este tópico? ¿Tiene algo de verdad? Confieso que, en mi caso, no. JAMÁS. A mí el maltrato no me va. Ni el psicológico, ni el físico, ni el de género, ni el de ningún otro tipo. A mí lo que me gusta es que me quieran. Que me quieran, que me mimen, que me cuiden; en una palabra, que me adoren. Que me traten como a una reina. Y punto. El gánster de turno, lo mismo que el maltratador de turno, no es para mí. No me va el hombre-hombre. Eso a lo mejor le gusta a otras; a mí, no.
Moraleja: Que nadie se lleve a engaño. No estoy diciendo que el maltrato sea cosa de dos. Casi siempre es cosa de uno. El verdugo.
* [Nota bene. La RAE dice que el plural de gánster es gánsteres, pero eso me suena casi tan paleto, o tan bizarro, como llamar al whisky güisqui o al fútbol, balompié.]
Baby Jane
Genial y sutil, como siempre, querida Louella.
El Marqués de Portugal Este
La RAE, siempre tan partidaria del mestizaje...
Nilda
A mí, sin embargo, lo que me suena mal es "se lleve a engaño". ¿Dónde se lo va a llevar? Mejor: "se llame a engaño", ¿no?
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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…
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