Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
Lana Turner es mucho más que una actriz o una estrella, es un estado de ánimo. Hay días en que me levanto y me siento Lana. Depende del día, elijo uno u otro personaje: mortífera Cora en El cartero siempre llama dos veces o sacerdotisa siria —muy improbable— con tocado de perlas de Guilaroff en El hijo pródigo; pérfida Milady de Winter en Los tres mosqueteros o una más improbable aún Diana de Poitiers en un loquísimo biopic de la célebre amante del rey Francisco I de Francia (la mujer con los pezones más bellos de la tierra, según reza la leyenda).
Lana es más que un estado de ánimo. Como la Virgen María, Lana es La Mujer que alberga en su seno a todas las mujeres. Las que ha habido y habrá. Las naturales y las antinaturales, o lo que es lo mismo, las mujeres que son mujeres y aquellas que se han creado a sí mismas. Como ella. Como Lana. Porque Lana, como una de sus caracterizaciones, también se creó a sí misma. Cada día soy más fan de las mujeres que se han hecho a sí mismas de una manera u otra, aunque sea con material de derribo.
Conocidísima y repetidísima hasta la saciedad —si es que tal concepto tiene algún sentido cuando se habla de Lana: mi hambre y sed de Lana son insaciables— es la disputa que tuvieron Manuel Puig y Nestor Almendros durante toda su vida y que les costó su amistad.
Nestor había descubierto el manuscrito de La traición de Rita Hayworth cuando todavía estaba inédito y el Puig no era aún ese personaje TOTAL en el que acabó convirtiéndose: novelista-marica-insoportable-vedette-literato-reina-desbocada-mascarón de proa y mil aristas más. Una noche, Puig le preguntó a Almendros:
—¿Y a ti te gusta Lana Turner?
A lo que el director de fotografía respondió, tajante:
—Para nada.
Puig se quedó de una pieza.
—¿Lo dices en serio?
Almendros, que tenía un sentido de la bonhomía bastante acusado pero un sentido de la honradez aún más acusado cuando se trataba de asuntos de cine (de cine y de vida), se ratificó en su negativa:
—Serísimo.
—¡No te puedo creer! —y, a continuación, Puig puso el grito en el cielo (donde ahora debe estar Lana, a pesar de haber sido una de las grandes pecadoras de la historia)—. ¡No puedo estar bajo el mismo techo con una persona que detesta a Lana, que es divina! Ahora mismo te vas de mi casa.
Y eso fue exactamente lo que hizo. Puso el equipaje del director de fotografía cubano en la puerta y lo dejó tirado en plena calle. En la puta rúa. Podía haber hecho la vista gorda; al fin y al cabo, Almendros era no sólo uno de sus mejores amigos, también era mentor y posiblemente algo más. Dio igual. Lana es una diosa que exige un culto total, como los reyes medievales a quienes sus súbditos rendían pleitesía. En esa tesitura, YO hubiese hecho exactamente lo mismo.
Palabra de Lana.

Moraleja: Si alguien quiere que me comporte como una dama y no pierda los papeles, que no critique en mi presencia a Lana o a Susan Hayward, porque, en ese caso, no hay educación que valga.
el otro Ben-Hur (Ramón Novarro)
Siempre que se menciona a Puig no puedo olvidar sus Boquitas pintadas, maravillosa novela.
El Marqués de Portugal Este
Es que en esa época, te podías creer él cine...
Guilaroff
Me encanta Lana Turner !!!!
(en bajito: no me gusta Susan Hayward, glubs)
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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…
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