De Cine

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28 Marzo 2008

Cuando la risa se congela

Buster Keaton representa para mí la cara y la cruz de Hollywood. Por un lado, en sus orígenes, en la década de los 20, fue una gran estrella. Junto a Chaplin y Harold Lloyd (que, cuando era niña, era, con diferencia, mi favorito), era uno de los actores cómicos más famosos del mundo. El más, sin embargo, era el hoy olvidadísimo Fatty Arbuckle, más conocido en la actualidad por el escándalo de Virginia Rappe que por sus películas.

La chica, una starlette a la que Arbuckle invitó a una orgía en un hotel de San Francisco, murió tres días después. Según los médicos, murió por la rotura de la vejiga causada por una peritonitis. Según la fiscalía del estado de California, el verdadero causante fue Fatty [abajo, en su ficha policial] por violar a la pobre chica con una botella de champán (una idea que, años después, Rocco Sigfredi tomó prestada en una de sus películas; lo sé porque vi la escena… y me mareé) y provocarle daños internos irreparables.

El juicio fue un auténtico festín para la prensa sensacionalista, encabezada por el gran William Randolph Hearst (empleo el adjetivo gran en sentido muy, muy literal). Los médicos aseguraron que los daños en la vejiga podían haber sido consecuencia de un aborto practicado poco antes —un dato el Ciudadano Hearst prefirió obviar en las crónicas de sus periódicos, no fuese a provocarle un vahído a alguna respetable matrona de Milwakee—, agravados como consecuencia de la gran cantidad de alcohol ingerido mezclado con medicamentos y algunas drogas. Chúpate esa, Teresa. Dio exactamente igual que el veredicto del jurado fuese inocente. Cuando acabó el juicio la carrera de Fatty estaba completamente arruinada.

Cuando el rey Alfonso XIII visitó Los Ángeles en el exilio le preguntaron a qué estrella estaba deseando conocer: “¡Fatty Arbuckle!”, respondió. Su cicerone se quedó de piedra pómez y le explicó que eso sería imposible, ya que el actor se había convertido poco menos que en un apestado en la colonia de Hollywood. Al parecer, el ex rey de España replicó: “Pues no entiendo por qué… Eso le podía haber pasado a cualquiera”. [Lo cuenta Anita Loos en sus memorias]

El caso es que Fatty y Keaton empezaron prácticamente en la misma época de la mano de Mark Senett y se convirtieron en amigos inseparables. Mientras el resto de la industria le daba la espalda, Keaton hizo una declaración pública en la que decía que Fatty Arbuckle era “una de las almas más amables y bondadosas que había conocido”.

Su apoyo público no consiguió levantar la carrera del cómico más famoso del mundo y el trono vacante lo ocupó otro actor que, pocos años después, también dio mucho juego a la prensa sensacionalista: Charles Chaplin (seguidor acérrimo de las palabras de Jesús: “Dejad que los niños se acerquen a mí… Las niñas también, por favor. Más cerca. MUCHO más cerca”).

El caso es que durante la década de los 20, Buster Keaton rodó sus mejores películas con un control absoluto sobre ellas. ¿Que pedía una locomotora? Los estudios se la facilitaban. ¿Un transatlántico? No hay problema, Buster, aquí lo tienes…

En 1928, sólo un año después de dirigir esa maravilla llamada El maquinista de la general, que en el momento de su estreno fue un fracaso de taquilla, Keaton le vendió su parte de los estudios a la MGM, que le incorporó a su nómina de estrellas. Keaton se arrepintió el resto de su vida. Jamás logró integrarse en ese sistema mecánico, casi industrial, en el que se sentía casi entre rejas y rápidamente logró consuelo en ese gran clásico (y compañero) de todo actor fracasado llamado Botella. Su carrera entró en barrena.

30 años más tarde, Billy Wilder le dio un papel de comparsa en ese ajuste de cuentas llamado El crepúsculo de los dioses. Buster Keaton interpretaba a uno de los fantasmas que se reunían en el salón castellano de la decadente Norma Desmond para jugar a las cartas. Una broma de lo más macabra por parte de ese gran hijo de puta —lo adoro, pero ES un canalla, qué se le va a hacer— llamado Billy Wilder.

También Chaplin le dio un papelito en Candilejas. Qué bueno Chaplin, ¿eh? Darle un papelito en plan Buen Samaritano a aquel cómico que, en sus inicios, le hacía sombra. Qué hijo de puta también el Chaplin…

En fin, el caso es que durante sus últimos años era más conocido por ser una reliquia o, mejor dicho, una ruina que por su obra, una obra que hasta mediados del pasado siglo no fue reivindicada como lo que es: UNA MARAVILLA. ¡Viva Buster Keaton! ¡VIVA!

Moraleja: Como ya sabéis, de la cima a la sima no hay más que un paso. Un faux pas.

5 comentarios · Escribe el tuyo

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el otro Ben-Hur (Ramón Novarro)

Louella no me extraña en absoluto el paralelismo entre Keaton y Don Alfonso (ambos nunca comprendieron porque se alejaron del público) cierto es que quién estuvo detras de todo fue el cabrito de su cuñado y la ......de su mujer (estoy hablando de Keaton por supuesto)

Lothorien

Gran actor que no necesitaba del gesto facial para intentar transmitir sentimientos. Por algo le apodaban "el cara de palo". De su basta filmografía me encanta en Siete Oportunidades (reactualizada en The Bachelor con Renee Zellweger y Chris O'Donell en el 99) y El Navegante. Te olvidas también de su cameo en aquella obra pintoresca que es La Vuelta al Mundo en Ochenta Días (Michael Anderson), al lado de David Niven, mi paisano Cantinflas, Shirley McLaine y muchas estrellas más, muchas más, de demostrado talento pero cuyas glorias ya pertenecían al pasado (Marlene Dietrich ya era un objeto de museo). Ganadora de 5 hombrecillos desnudos bañados en oro, y coronada como Mejor Película de 1956.

El Marqués de Portugal Este

Ah, Pamplinas... El mundo pensó que era un cómico... Pamplinas...

Pamplinas

Yo me quedo con esa maravilla de película que era "El héroe del rio". Por cierto, y Harold LLoyd, que tal final tuvo? También acabó en la ruina?

Chulí

Estimado Lothorien;

Cuando Marlene Dietrich hizo el cameo en La vuelta el mundo en 80 días su carrera en el cine ya estaba prácticamente terminada, pero más que nada porque a esas alturas, Frau Dietrich ya se había reinventado y se había pasado al mundo de la canción por los escenarios de todo el mundo.

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Nací en Madrid en 1971. Quise ser médico, pero como era menos arriesgado matar a pacientes en la ficción, me hice guionista de TV. En todo caso, ahí sólo te matan a ti los productores y sobre todo a tu pobre criatura: el guión.

En mi trabajo desarrollé un verdadero instinto masoquista que me llevó a dirigir mi primer corto “Terapia” en 2009. Yo ya me veía abocada a acabar de paciente en un diván, pero me vi pisando la alfombra roja de los Goya 2010. Una ceremonia como para hacer terapia el resto de mi vida…

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