Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
Ya he hablado varias veces de Mi desconfiada esposa, una de las comedias más perfectas de Minelli y del cine, en general (Minelli era un genio; no entiendo cómo hoy no es valorado como tal mientras en los altares hay un overdose de medianías y pelagatos, que los cinéfilos adoran postrados de hinojos), así que no voy a daros ahora la paliza ponderando sus múltiples atractivos: humor inteligente, glamour, distinción, un uso del color impecable, unos actores divinos (los secundarios están soberbios)… En fin, lo de siempre. Lo de siempre en el caso de Minelli, claro, no del resto.
No. Hoy voy a hablaros de las condiciones en que se rodó esta película. Cuando llegan los títulos de crédito, te quedas con una sonrisa boba —ese tipo de sonrisa vagamente oligofrénica que proporciona la ficción (y las drogas)— en plan: “Ay, qué maravilla… La Vida… Qué bonita.” Tras los títulos de crédito se encienden las luces y la sonrisa se desvanece de un plumazo: “Jesús, esos espectadores… ¿pero de qué cotolengo han salido?” Sin embargo, durante una hora y media la vida ha sido maravillosa, un cóctel falsísimo —bendita falsía— de savoir faire, elegancia (sin y con estridencias: hay veces en que a Helen Rose, la diseñadora de vestuario, se le va la mano, pero a Galliano también y muchos lo tienen por un genio mientras otros lo tenemos por lo que es: una mamarracha), una mezcla perfecta de humor y amor. En fin, una delicia.
Y, claro, cuando Una imagina cómo debió ser el rodaje se imagina una balsa de aceite, una gymkhana de juegos verbales, una orgía (moderada)… Pues no. Para nada.
Resulta que el papel protagonista, el que da título a la versión original, Designin woman, fue escrito pensando en Grace Kelly, pero cuando la actriz anunció su compromiso con el Príncipe Rainiero —una de las personas a las que más compadezco de todo el siglo XX: ¡qué pena de prole!— el productor, Dore Schary, rápidamente encontró una sustituta: Lauren Bacall. Otro tanto pasó con el protagonista masculino, que pasó de ser James Stewart a Gregory Peck.
Bueno, pues cuando a la señora Bogart le ofrecieron el papel ella estuvo a punto de rechazarlo. Tenía una razón de peso: su marido, Bogey, estaba muriéndose a chorros. Sin embargo, afrontó el rodaje lo mejor que pudo, puso al mal tiempo buena cara —qué cara, qué divina está, qué pelo, qué bien peinada, qué maquillaje, qué modelazos… ¡Qué guapa, por Dios!— y se comportó como lo que era: una actriz de primera y no una prima dona insoportable como tantas otras…
Gregory Peck y ella intimaron durante el rodaje (aunque no hubo tomate, que conste) y el actor le prestó todo su apoyo en aquellos momentos tan difíciles. Al acabar las tomas, la señora Bogart corría al teléfono para preguntar por el estado de su marido. Tal vez, mientras ella acababa de bordar una secuencia tan hilarante como la de la fiesta que termina desbordándose un poco y convirtiéndose en una especie de bacanal, su marido había estirado la pata en el hospital...
Al final, la risa pudo al llanto y completaron el rodaje sin mayores contratiempos. Eso sí, poco después Bogart murió de cáncer y Lauren Bacall se convirtió en su viuda inconsolable. Bueno, NO tan inconsolable según cuentan algunos biógrafos, pero ésa es otra historia…

Moraleja: Sonríe, sonríe, SONRÍE.
El Marqués de Portugal-Este
Gran oxímoron, oiga: Mi desconfiada esposa.
el otro Ben-Hur (Ramón Novarro)
Minnelli es uno de los más grandes, por entender el uso del Scope como pocos (que encuadres Dios mío) su uso drámatico del color y ser un maravilloso director de actores. En suma un técnico y un artista ¿qué más se puede pedir?
Chulí
Joder, me muero por ver esa peli y no la encuentro por ninguna parte. Interesantísimo todo lo que cuentas!
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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…
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