Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
En mi exhumación de cadáveres exquisitos, hoy desentierro a todo un caballero, Leland Hayward. Mucha gente no conoce a este vividor, representante de estrellas y productor de Broadway, artífice del éxito de musicales como Sonrisas y lágrimas. Mucho antes de convertirse en un clásico del cine, fue un éxito sensacional en Broadway gracias al valor y el olfato (casi) infalible de este hombre maravilloso.
Os cuento. Leland Hayward era nieto del senador por Nebraska, Monroe Leland Hayward. Tras dedicarse al periodismo —ay, cuánto gacetillero reconvertido hay en las procelosas (y fecales) aguas de la fama—, Leland cambió de terció y se hizo representante de actores después de casarse con Margaret Sullavan (delicadísima actriz, especializada en la comedia más o menos sofisticada, pero también el melodramón más desgarrado, tipo Tres camaradas).
En fin, el caso es que a principios de los años 40, llevaba la carrera de estrellas como Fred Astaire, Katharine Hepburn, Greta Garbo, James Stewart, Judy Garland, Ginger Rogers… ¡y hasta de Ernest Hemingway! Vamos, que en su día Leland Hayward era como la versión elegante, con abrigo de vicuña, de los zarrapastrosos & informales David & Piti.
No contento con ser una celebridad en la sombra, y cuando muchos consideraban que se retiraría a su casa a pintarse las uñas para disfrutar del chorro de millones que le proporcionaba una compañía creada por él y sus amigos, la Southwest Airways, Leland Hayward sorprendió a propios y a extraños lanzándose a una exitosa carrera como productor en Broadway que incluye, entre otros, los musicales South Pacific, Gypsy y, por supuesto, Sonrisas y lágrimas.
¿Os parece poco? ¡Pues aún hay más! Porque Leland Hayward pasará a la historia también por su currículum amoroso. Su primera mujer, la debutante texana Lola Gibbs, le duró un año (1921)… hasta que al año siguiente se volvieron a casar. O sea, mucho antes de que Liz y Richard Burton —o María Jiménez y Pepe Sancho, en versión cañí— protagonizasen su particular culebrón de ni contigo ni sin ti, ellos ya lo hicieron antes. En el ínterin, también tuvo algún que otro romance con alguna de sus representadas, como Katharine Hepburn…
Cuando se redivorció de la Gibbs, se casó con Margaret Sullavan, que previamente estuvo casada con Henry Fonda —a quien también representaba Leland— y William Wyler. Por lo visto, el matrimonio fue como la seda… hasta que conoció a Slim Hawks.
Slim, ex esposa de Howard Hawks y, según la leyenda, descubridora de Lauren Bacall en la portada del Bazaar, es uno de los cisnes de Truman Capote, una de esas amigas incondicionales que tanto le apoyaron en su ascenso al mundo de los Ricos y Famosos (hasta que él decidió pagárselo con una puñalada trapera llamada Plegarias atendidas). Slim es una de las mujeres más elegantes del siglo XX y la inventora de un estilo, el de Gran Dama Americana, mucho antes de que Jackie O supiese cómo escribir su nombre con un canuto… un canuto de platino con incrustaciones de diamantes, eso sí.
Bueno, el caso es que Slim no era ninguna santa y, tras una aventurilla con Frank Sinatra y, sobre todo, con el guionista Peter Viertel (La reina de África), Leland Hayward cayó en las redes de toda una profesional: Pamela Churchill, que empezó su carrera en los brazos —y la cama— del hijo de Churchill y fue ascendiendo hasta sábanas más delicadas, como las del barón Elie de Rothschild (sábanas de seda) o las del Aga Khan (bordadas con piedras preciosas), por no hablar de las de Gianni Agnelli (sábanas llenas de lamparones de carburante) o Stavros Niarchos (sábanas con motivos marineros) o las de… Bueno, las de medio mundo. Bill Paley, el mandamás de la CBS, ya lo dijo en su día: “Pamela Churchill ha sido la gran cortesana del siglo XX”.
Como buena cortesana, Pamela convirtió los últimos años de su marido (que no fue el último: después se casó con el millonario Averell Harriman y se convirtió en embajadora de EE UU en Francia) en un oasis de paz conyugal. O eso decía ella. Los hijos de él, sin embargo, no estaban de acuerdo: la acusaron de ser una bruja sin escrúpulos que lo aisló de sus amigos y de su familia y que se quedó con todo… Lo que probablemente sea cierto, porque el testamento de Leland Hayward fue objeto de un proceso judicial animadísimo del que, finalmente, todos sacaron tajada.
Moraleja: Me río yo de los hermanos Fierstein. ¡Esto SÍ que es una vida!
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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…
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