Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.

Me entero de que esta Santa Casa tiene previsto producir un documental sobre la vida —salvaje, muy salvaje— de Ava Gardner en España. O sea, las borracheras monumentales de dos y tres días que acaban con ella meándose viva (en sentido literal) sobre una mesa en Torres Bermejas; sus romances con toreros, gitanos, actores, taxistas —eso es al menos lo que sostenía El Fary— y ‘aspirantes a’ (me temo que, nuevamente, en sentido literal; si no, ya me explicaréis como se aguantan tres días sin dormir); sus rodajes (cómo era capaz de ir a grabar un primer plano sin dormir y sin que se le notase ni en la cara ni en la dicción, sólo una leve resaca: a ver si aprenden los actores españoles, ¡coño!); sus juergas... Sí, pero también sus fantasmas: sus complejos, sus inseguridades, sus crisis.

A mí, Ava me parece súper fascinante. A estas alturas no voy a descubrírsela a nadie, cuando hay miles de biografías de la persona y del personaje, incluso de su faceta más bizarra (el libro de Marcos Ordóñez, Beberse la vida, no pasará a la historia de la literatura, pero hay que reconocer que es muy entretenido; lo mejor, la galería de secundarios que retratan no tanto a Ava, sino una época: la de la jet-set de los 50, enfrentada a la caspa de un país con boina y calcetines de perlé grises). No. Para mí, Ava representa lo mejor de las estrellas: lo inalcanzable. Lo inefable.

Hoy, los actores se emborrachan igual, se drogan igual, se levantan —si es que se han acostado— con la misma mala cara y la misma halitosis. Pero, ay, no actúan igual... o por lo menos, no dan igual en pantalla. Con ellos no se produce el milagro. Es como si el alcohol, las drogas, las madrugadas salvajes sólo dejasen huella en su piel, en su cara, pero no en sus ojos. En su mirada no hay dolor ni desgarro. Ni vida, en muchas ocasiones.
Bueno, sí que la hay, pero en casos aislados. Paradójicamente, en el caso de los actores más disciplinados que duermen sus ocho horas y, tal y como dice Carmen Maura en casi todas las entrevistas, “se saben la letra”.
Lo que me lleva de nuevo a Ava y sus desfases. Ella, milagrosamente, siempre se supo la letra. Porque era algo más que 'El animal más bello del mundo', era también una profesional. Y un actrizón.
Moraleja: Lo mismo que no basta con beber como Truman Capote para escribir como TC, no basta con emborracharse como Ava para actuar como ella. Ser guapa ayuda, pero no basta.
Begoña
¡Qué gran razón tienes! Ava era una señora espectacular, su físico sin necesidad de excesivos adornos era directo y carnal, pero si la ocasión lo requería también podía parecer correcta e incluso recatada aunque ese no era su mejor papel. Me gusta sobremanera en Mogambo (donde se come con patatas a Grace Kelly, también es verdad que el papel de la futura reina de Monaco no era muy lucido) y en La noche de la iguana (ahí Deborah Kerr también está que se sale).
Hoy en día la seguirían los paparazzi y nos inundarían los chismes sobre sus correrías nocturnas... muy triste.
Fue una mujer libre y usando esa libertad se lo pasó en grande. Me encanta.
el otro Ben-Hur (Ramón Novarro)
Como decía el título de una de sus primeras películas Venus era mujer.
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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…
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