Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
Adoro las fiestas. Me encantan. Una buena fiesta es mucho mejor que un buen… En fin, es mejor que casi cualquier otra cosa. Una fiesta perfecta tiene mucho de alquimia: elegir a los invitados, el catering, la música, la decoración… Cuando todo encaja y ves que la gente disfruta, ser ríe, interactúa, flirtea y se emborracha, sientes que el esfuerzo —y el dinero— ha merecido la pena.

El cine está lleno de fiestas gloriosas. Por ejemplo, El guateque, una película deliciosa que nunca decepciona; o las fiestas que organiza El Gran Gatsby en su mansión de Long Island; o la de Lauren Bacall en Mi desconfiada esposa (otro delirio), con un horrorizado Gregory Peck que no sabe muy bien cómo reaccionar ante los amigos de su mujer, una enloquecida melange de diseñadores, modelos, bailarines y coreógrafos; o la Fiesta Salvaje de James Ivory, una recreación de la orgía que le costó la carrera a Fatty Arburckle (una de sus invitadas, la starlette Virginia Rappe, murió a causa de los desgarros que le produjo una botella de champán alojada en el mismísimo; digamos que a Fatty se le fue la mano).
Sin embargo, para mí, la mejor fiesta de todas es la que Holly Golithly da en Desayuno con diamantes. Cuando pienso en una fiesta, me acuerdo de ese grupo heterogéneo, disparatado e hiperglamuroso y me muero de envidia. Siempre he querido ir a una fiesta parecida, pero jamás lo he logrado. La ficción es lo que tiene: tu vida jamás está a la altura.
Moraleja: Una chica no puede pasarse la vida riendo, lo sé. Pero cuando lo hagas, ríete con ganas.
bob
qué gracia que saques ese libro. Me lo compré el otro día y lo estoy leyendo. Ya te lo pasaré...
El Marqués de Portugal Este
Paul Poiret comenzó a celebrar sus fiestas temáticas con una que llamó "Las mil y dos noches".
Un genio.
Bárbara Jersey
Gracias por el post! Qué bien pensar en este tipo de ocio y no en la horrenda peli de video club con palomitas que practican esa raza a extinguir que son las parejitas sedentarias.
La Dolce Vita continúa siendo uno de los mejores catálogos de fiestas glamourosas, absurdas, bien vestidas y amargas.
Begoña
Ese tipo de fiestas son maravillosas en el cine, pero en la vida real todo es mucho más... REAL, como su propio nombre indica, osea, cutre y ordinario.
Tal vez por ser de provincias no he podido disfrutar nunca de esas reuniones con personas interesantes que siempre tienen algo nuevo que contar y que practicar. Mi ciudad no es un lugar cosmopolita precisamente. Pero me da la impresión de que tampoco en Madrid o Barcelona pueden encontrarse fiestas con ese nivel. Tal vez dependa del momento histórico y sobre todo de la actitud de la gente relacionada con las artes y la farándula en general.
Para una buena party necesitamos: algún rico, unos cuantos excéntricos o claramente chalados y que todos sean insaciables, hasta ahí sin problema porque abundan, pero falta (como casi siempre) el glamour y la clase.
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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…
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