Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
Ayer hablé de implantes dentales y hoy quiero hacerlo de otro tipo, capilares. Pelucones, para entendernos. Jean Harlow, la primera rubia platino del cine, murió jovencísima, sólo con 26 años. Bueno, pues a pesar de tener sólo un año más que el cuarto de siglo, ya estaba casi calva perdida porque el peróxido era tan agresivo que el pelo se le caía a manos llenas (en sentido literal). Una década más y hubiese acabado con pelucón platino, a lo Mae West.

En realidad, casi todos los peinados que vemos en las películas clásicas son una ilusión. Sydney Guilaroff, el peluquero más famoso de Hollywood, era superfan de las pelucas. Allí donde había una estrella, estaban él y sus ayudantes cargados de rulos y postizos. Los rizos de Norma Shearer, el flequillo Lana Turner, los complicados tocados capilares de Marlene… Todo es mentira.
En realidad, en Hollywood triunfaron las pelucas hasta bien entrada la década de los 60. Un ejemplo: en una cena con los duques de Windsor, Vivian Leigh se arrancó de cuajo la diadema de pedrería —y con ella, la peluca—, después de que Wallis Simpson se quejase amargamente del estado de su pelo, tras décadas de fidelidad al look diseñado por Alexandre: una especie de cascada de rizos/hojas de acanto, esculpidos a la goma-laca a cada lado de la frente. Las dos habían perdido no ya el lustre, sino la materia prima. Eran tiempos en que los productos eran tan abrasivos que te dejaban el cuero cabelludo como la moqueta de Studio 54 tras un cumpleaños de Bianca Jagger.
Ellos tampoco se libraban de la sofisticada tortura de los implantes. Durante el rodaje de El jardín de Alá, por ejemplo, el peluquín de Charles Boyer se despegaba a causa del calor (la película se empezó a rodar en pleno desierto, hasta que los jerifaltes de la Paramount decidieron que ya estaba bien de tirar el dinero a la basura y decidieron rodarla en estudio), mientras el maquillaje de la Dietrich se cuarteaba sobre su piel… En fin, un cuadro.

Moraleja: ¡No sin mi peluca! Que se lo digan a Raquel Welch, wig queen adict...
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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…
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