Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
El amor ha sido la gran obsesión del siglo XIX, lo mismo que el sexo lo ha sido del XX; o la felicidad, del XXI. En ambos casos (incluso en los tres), se trata de mitos sobrevalorados. Una vez que has amado y te han amado, o que has follado y te han follado, o que has sonreído lo suficientemente como para darte cuenta de lo fea que se pone la gente cuando ríe (como si llevasen una máscara azteca), descubres que no es para tanto: se trata, una vez más, de falsas promesas. Si hay que refugiarse en algo, es mucho mejor hacerlo en el escepticismo que en el autoengaño.
En mi caso, el cine me ayudó a darme cuenta a una edad muy temprana de que no hay nada más peligroso que un velo y una alianza (bueno, sí, una motosierra). Dos en la carretera (1967) y La guerra de los Rose (1989) me abrieron los ojos de par en par con un escoplo de realidad: no hay peor enemigo que aquel que te amó hace años. Un ex sabe leer mejor que nadie el mapa de tus miserias y descubrir aquella llaga que te hace vulnerable; y una vez que lo hace, prepárate porque va a meter no ya el dedo, sino el puño entero con sal y limón. Puro fist fucking emocional, hasta dejarte tieso.

Creo que Dos en la carretera es más escalofriante aún que La guerra de los Rose. Todo lo que en la comedia de Danny de Vito es trazo grueso y alharacas, en la película de Stanley Donen es delicadeza y elipsis. Todo lo que en de Vito es hilarante (aunque se trate en realidad de esa risa que acaba convertida en mueca), en Donen es sutilmente trágico. De esta película es, por ejemplo, la cita inmortal que ha acabado convertida en lugar común, cuando Albert Finney le pregunta a Audrey Hepburn:
—¿Qué clase de pareja es aquella capaz de estar durante horas juntos sin dirigirse la palabra?
Y ella responde:
—Un matrimonio.
Amén, hermana.
Moraleja: El tío Oscar (Wilde), me la sirve en bandeja: "El cariño entre los esposos llega cuando han acabado por odiarse ferozmente". Pues eso, entre amar y odiar, casi mejor amar. Pero sin perder la cabecita...
Rafa Pucela
Ya es desalentador ver como una pareja pierde el fuelle con los años, pero que además nos lo intercalen con los días felices lo hace más duro. Me gusto la estructura narrativa y el contraste. Mismas carreteras, mismas personas, distintas motivaciones.
Bárbara Jersey
Gracias, Lou. Tus últimos dos posts me sirven para recordar que el cine es muchas cosas, también la mejor universidad emocional. El cine, de hecho, es LA VIDA. Si además lo aderezas con una Audrey en pleno furor sixties o una Bette total, la enseñanza queda marcada a fuego.
Kaki Lapique
Yo no sé qué haría yo sin Stanley Donen. Ya ves. ¿Has visto "Love letters", telefilm de 1999, Louella?
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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…
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