De Cine

Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
25 Abril 2007

A la caza (del tiempo perdido)

El cumpleaños de Al Pacino (66 añazos, hoy) me ha traído a la memoria una de sus películas más…, bueno, más lo que sea; yo no me veo capaz de calificarla. En fin, el caso es que A la caza (Cruising, 1980), de William Friedkin, es una película de culto. Una auténtica rareza. Una obra extraña en la carrera tanto de Pacino como de su director.

Fue la primera película que retrató, casi en tono documental, el ambiente leather de Nueva York, de hecho, muchos de los extras eran lederones sacados directamente de los clubes más tirados —y más fuertes— de Manhattan. Sus modelis, sus costumbres —la escena en la que le explican a Pacino los distintos del pañuelo (que si así vas buscando guerra, que si asá quieres que te den una paliza, que si acullá lo que quieres es que te…) no tiene desperdicio—, sus drogas, sus cosas. Todo. Con todo lujo de detalles. Y con la bendición de los grandes estudios.

Cuando yo vi esta película debía de tener… Pues no sé. Muy pocos años. Y me quedé alucinadita. Natural. No has salido del pueblo, estás aún planteándote si te gustan los chicos y de pronto, en el salón de tu casa, con tus padres delante, te ponen prácticamente un documental sobre el lado más hardcore del S&M marica. Un poco fuerte.

—A mí esta película me parece un poco guarra —protestó mi padre, cuando en la pantalla, sin recurrir a ningún tipo de metáfora, vio a dos chulánganos vestidos de cuero negro sodomizando a un tercero, que se lo estaba pasando pipa, con el puño.

—¿Tú crees? —replicó mi madre, mientras enhebraba una aguja—. Yo es que ya he perdido la relación con la realidad. A mí el mundo en general, desde hace unos años, me parece una locura.

—No sé, a lo mejor llevas razón.

Cuando llegó la escena del cuarto oscuro y otro nuevo asesinato, mi padre decidió que ya estaba bien, que aquello era demasiado para una casa decente.

—¿Te importa cambar de canal?

Nota bene: en aquellos tiempos, las televisiones no tenían mando a distancia. Tenías que levantarte y tú, con tu dedito, presionabas el canal que querías ver (había dos).

—Mmmmmm…

—El niño se ha dormido.

—Bueno, ya me levanto yo… Desde luego… Grrrrrñññññ…

¿Dormido? El niño lo que no podía era levantarse.

Moraleja: nunca te lleves a tu padre a un cuarto oscuro. Hay cosas que es mejor no compartir.

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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…

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