Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
Ahora que todo el mundo parece obsesionado con el lujo —hoteles de lujo, blogs de lujo, restaurantes de lujo, másters de (y sobre el) lujo—, me pregunto hasta qué punto el cine es el culpable de esta luxury fever. El lujo es hoy menos lujoso que nunca, como las estrellas de cine, que no se comportan como stars sino como personas de carne (poca), hueso (mucho) y botox (más).
En la década de los años 30, en plena Gran Depresión, las comedias de amor y lujo tipo Al servicio de las damas o Vivir para gozar daban una imagen de los ricos como seres de otro planeta. En aquella época los ricos no lloraban, los ricos reían. Y hablaban mejor —y más rápido— que el resto de los mortales.

Después llegaron los 40. Los ricos ya no eran esos frívolos deliciosos, aunque un poco descerebrados, que cogían a un homeless de la calle para ganar una gymkhana. No. Los millonarios empezaron a sufrir y a pagar por el pecado de sus millones. Mirad, si no, cómo muere el pobre Ciudadano Kane: más rico que Creso pero también más solo que un perro.
Y los 50. Donde los ricos se convierten en trofeos (Cómo casarse con un millonario), cuando no directamente en parias (por ejemplo, en El millonario, una película de 1953, en la que Gregory Peck interpreta a un pobre infeliz que recibe un regalo envenenado, un millón de libras, que no podrá utilizar durante un mes; naturalmente, con el mardito parné su vida se convertirá en un infierno).
Después, en los 60 y los 70, el cine se hizo mayor y los ricos se convirtieron en supervillanos —cuanto más ricos, más villanos—, hasta alcanzar la apoteosis de su maldad en la década de los 80, en la que lujo y depravación iban siempre de la mano (qué década más hipócrita, por el amor de Dios: El ansia, American Gigolo, Wall Street, Armas de mujer… Allí donde hubiese un poco de dinero, invariablemente olía a mierda).
Como no tengo la suficiente perspectiva para analizar los 90, pasaré por esta década de puntillas hasta llegar a la actualidad. ¿Y con qué nos encontramos? Pues, paradójicamente, con una reivindicación de los ricos. Por ejemplo, en Match Point, de Woody Allen, el villano es un arribista más pobre que una rata y los millonarios, sus víctimas, una gente encantadora que le abren sus mansiones de par en par. O en Breaking and entering, la última —y bastante insufrible— película de Anthony Minghella, que recurre de nuevo a un puñado de pijos con buen corazón (y casoplón ad hoc) para demostrar que la naturaleza humana no es tan nauseabunda, después de todo.
Vamos, que por una vez la tendencia en el cine actual y mi filosofía vital van de la mano: el lujo mola.
Moraleja: La conciencia social jamás debería estar reñida con la depilación. Ni con el desodorante.
El Marqués de Portugal Este
El champán, en el cine, no da resaca... Claro que hay que ser muy buen actor para beber te con casera y poner cara de "buen cava"...
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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…
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