Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
Me fascinan los arribistas, los escaladores sociales. Me parecen personajes fascinantes. Son supervivientes natos, capaces de sobrevivir a una hecatombe nuclear o de cualquier otro tipo, una catástrofe mucho más dramática, la de ser pillados en falta, sin que se les borre la sonrisa. Los arribistas son esfinges maragatas. Tal vez por eso, me fascinan, entre otros, Truman Capote, Proust y Merle Oberon.

Merle Oberon no se llamó siempre Merle ni Oberon. Nació en India en 1911. Después, ella siempre sostuvo que había nacido en Tasmania (una colonia más fina, con más glamour, más blanca), pero no, nació en India. Su padre era británico, pero su madre era de Ceilán (o sea, un poquito medio india). La niña tuvo la suerte de tener una piel blanquísima, así que, cuando le preguntaban por sus orígenes, ella respondía: “¿India yo? India tu puta madre”. Porque en aquella época, lo del mestizaje, la interculturalidad, el exotismo… como que no. En aquellos años, cuanto más aria, mejor.
A los diez años, ya actuaba en los clubs de Calcuta y se citaba con hombres de negocios que podrían ser su padre, su abuelo y hasta su bisabuelo. A los 17, Estelle Merle O'Brien Thompson, más conocida como Queenie Thompson, emigró con su madre a Londres, donde rápidamente metió cabeza en el mundo del chou-bizz, en lo que entonces se llamaba café cantante o té danzante. Vamos, que enseñaba las tetas. Su madre, la típica madre-de-artista de lo más abnegada, accedió a hacerse pasar por su doncella para no perjudicarla cuando la veían al lado de una señora achaparrada y mal vestida. “¿Quién es ésa?” “Nadie, la chacha”.
Poco a poco (lo que en las biografías de las artistas se llama felación tras felación), Queenie Thompson se convirtió en una estrella del circuito off East End. Actuaba en uno de los clubs más selectos de Londres, el Café de París, donde la descubrió Alexander Korda, el productor más importante del Reino Unido.
En aquella época, Queenie era novia de un músico de jazz un poco negro llamado Hutch, pero cuando se presentó Korda (y sus millones), Queenie le dijo: “Hutch, querido, ¿por qué no te vuelves a la plantación a recolectar algodón?”. Hizo lo que cualquiera hubiese hecho en su lugar: eligió al millonario y se convirtió en lady Korda, tras varios años de tira y afloja sobre las sábanas de más de una cama (por ejemplo, la de Leslie Howard). Bien por Merle.
Alexander Korda le cambió el nombre (lo de Queenie sonaba demasiado a género sicalíptico) y la metió en La vida privada de Enrique VIII, un tostonazo histórico protagonizado por Charles Laughton que le permitió dar el salto a Hollywood, donde la ex stripper llegó en calidad de estrella emergente y de primera dama del cine británico. Merle se convirtió en una celebridad; era la invitada bellísima, brillante, divertida, la orquídea social que convertía cualquier mesa en un invernadero lleno de encanto. Merle era perfecta en cualquier situación y desde cualquier perfil.
Pero en 1937, Merle tuvo un accidente de coche. Quedó desfigurada. Alexander Korda corrió con los gastos de cirugía estética: le reconstruyeron la cara, pero desde entonces tuvo una piel tan delicada como la muselina antigua. Un cosmético barato podía dejarle marcas indelebles, escarificaciones, rojeces y hasta cicatrices. La piel de Merle la convirtió en una esclava de lo mejor: sólo los mejores productos y las mejores estetitiennes podían acercarse a sus pómulos.
Su carrera tuvo sus altos (Cumbres borrascosas, 1939) y sus bajos (Todo es posible en Granada, 1954); pero su trayectoria social jamás decayó. Mientras rodaba en España esa peliculita execrable, Merle tomaba el té con Cayetana de Alba y almorzaba con Luis Escobar.
Merle se divorció de Alexander Korda en 1945, tras acordar una sustanciosa pensión que le permitió coleccionar diamantes e impresionistas como otros coleccionan posavasos. Después se casó tres veces más, siempre con hombres (ricos) de lo más convenientes.
Habrá quien diga que Merle era una perra. Pues bien, lo era. Pero también fue una superviviente. Otra, en su lugar, hubiese terminado de rodillas en una casa de mala nota de Bombay. Ella terminó de rodillas, o casi, pero en Buckingham Palace. ¡Bien por Merle!
Moraleja: “Sin seguridad es difícil para una mujer ser o sentirse guapa”, Merle Oberon. Amén, hermana.
Amiguitos, me voy de puente. ¡Buen macro fin de semana a todos!
Sin
Reinventarse y perder la memoria es inherente a las/los que sobreviven.
Louella
Que se lo digan a Madonna...
El Marqués de Portugal Este
Luis Escobar y Merle Oberon... Y pensar que son, probablemente, los más importantes coleccionistas de arte moderno después de... ¡Tita Cervera!
La Historia del Arte, como la Historia del Mundo, debería ser reescrita.
filomeno
Merle Oberon, una "orquidea" llena de glamour, como Orchidea de Santis (Orquidea de Santis)
filomeno
¿Foto de Tony Gaudio?
filomeno
¿Llegó a producir el film "Cartouche", con Paul Henreid, 1947?
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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…
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