De Cine

Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.

16 Mayo 2008

El Plomazo: del odio al amor sólo hay un paso (que doy calzada con taconazo)

Ay, pobre Liza. Ayer se la llevaron presa de las más terribles, las más espantosas convulsiones. Ni su maquillador ("mi pintor favorito", según sus propias palabras) ni su masajista estaban preparados para lo que vieron cuando llegaron a su celda-suite: un clown enloquecido, amorrado a una botella de desinfectante o de laca o algo parecido, berreando incoherencias que harían enrojecer de vergüenza a un estibador de los muelles más patibularios de Marsella.

Liz, que está experimentando con un nuevo cóctel que incluye la laca de uñas (es lo único que la enfermera jefe le deja tener en su habitación, muuucho más grande y más suntuosa que la mía), está desolada. Liza era mucho más que "una buena amiga": era su acerico humano. ¿De quién se reirá ahora? "Burlarse de Britney no es lo mismo. No tiene ningún mérito". "¿Y no te sirve Andrés Pajares*?", repliqué en un acceso de bondad. Desde entonces, NO me dirige la palabra.

* [Entrad en su página. Es mucho mejor que la mejor droga. Una experiencia lisérgica].

Perder el favor de la zarina Liz es como perder el favor de Dios. La enfermera-jefe me mira con la misma expresión que una mantis religiosa a un bote de DDT. Una pena.

En fin, a lo que iba. TCM (que es la que me está pagando la estancia en esta clínica; insisto: la habitación de Liz es mucho mejor que la mía... lo digo para que quede constancia) parece empeñada en amargarme el día. Enturbian mi estancia en esta deliciosa cárcel de salud —la Betty Ford es como una maison de santé pasada por cal viva— con días temáticos dedicados a personajes tan execrables como Frank Sinatra o El Plomazo.

Sí, hoy dedican el día a John Ford (El Plomazo, a partir de ahora y siempre). Un director genial y bla-bla-bla. ¿Genial? Os recuerdo que dirigió María Estuardo, una película que justifica por sí misma la creación de un nuevo tribunal del Santo Oficio. Deberían quemar todas las copias de este engendro en una plaza pública para escarnio de su autor (y delicia mía, añado).

John Ford y Katharine Hepburn (de quien ahora está de moda decir que era lesbiana perdida, ¡qué pereza, por Dios, con el revisionismo queer!) tuvieron un affaire durante el rodaje de María Estuardo. Ella, entre gola isabelina y corpiño de terciopelo tachonado de perlas, tuvo tiempo de hacer simpáticos actos contranatura, penados en algunos estados de EE UU con penas de cárcel, con el director irlandes. Casado, claro.

A Kate le dabas un señor casado y católico y se volvía loca del pussy. Lo suyo era Sufrir. En mayúsculas.

Por lo visto, El Plomazo siempre consideró en privado que Miss Hepburn, lesbiana o no, había sido su Gran Amor. Ella, muy en su línea, lo consideró siempre Uno de Sus Mejores Amigos. Las chicas de la Costa Este (y de algunas pedanías de Cazorla) saben que Una Mujer de Mundo siempre es amiga de sus ex. Desconfiad ciegamente de aquellas lagartas que ponen a sus ex a caer de un burro. No serían tan malos si se fueron con ellos a la cama.

En fin, el caso es que Ford siempre ejerció de pigmalión con la Hepburn hasta el fin de sus días. Ella le pedía consejo siempre que estaba en un aprieto y, la verdad, aunque le aborrezco, tengo que confesar con la boca muy, muy pequeña que siempre la aconsejó bien. El oráculo Ford nunca se equivocó con la Hepburn.

Pero, bueno, no todo van a ser espinas. También hay rosas que florecen en el estiércol, como dice esa gran dama de los bibelots y del sulfito de Cecil Beaton. Pues sí. A mí, de nuevo con la boca pequeña (muuuuuuy pequeña), hay una película de El Plomazo que me encanta: El hombre tranquilo.

La bonhomía, la pasión y la honradez que logra trasmitir en esa película nunca han sido superadas en ninguna otra película ni antes ni después. Aunque sólo sea por esa peli, AMO a Maureen O'Hara por encima de todas las cosas. A ella y a todas sus imitadoras.

Como irlandés de pro, El Plomazo fue un conniasseur de las pelirrojas en todas sus manifestaciones, de las más genuinas a las más baratas. Por eso, claro, se enamoró de Kate. La loca del pelo rojo. La loca. Y por eso, de una manera muy, muy espuria (a estas alturas mi boca ya es un puro punto suspensivo), supongo que yo... también amo a El Plomazo. Pero, vamos, esta confesión pertenece a ese género de cosas que tendréis que sacarme con un camping-gas.

Moraleja 1: Una nunca debe confesarlo todo. Siempre hay que guardarse algo para Una Misma. Una perla. Aunque sea falsa.

Moraleja 2: Las únicas mujeres que pueden permitirse el lujo (LUJAZO) de vestir en color pastel sin resultar grotescas son las pelirrojas. Brunettes y rubias (da igual si sois naturales o teñidas: una rubia teñida es más auténtica que una rubia que no sabe comportarse como una rubia auténtica), olvidaos de los colores pastel. Para siempre.

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14 Mayo 2008

La verdad sobre Frank (según Liz)

Ay, queridos, a la pobre Liza le ha salido un orzuelo que parece una lechuza. La pobre... Qué pena de chica... Liz, que siempre ha sido del género Iron Butterfly, está que trina porque considera (con razón, sospecho) que Liza lo ha hecho con un único objetivo: solo para quitarle el protagonismo. Ella ha contraatacado con un pie de atleta, pero no ha colado. Cuando estás como un truño, lo del pie de atleta... pues como que no...

Cuando se ha enterado de que hoy era un día temático F. S. ha puesto el grito en el cielo. Hoy, pobrecita, no es su día. "¿Pero cómo dedican un día a ese esperpento?", ha escupido con todo su veneno (como intrepretó a Cleopatra es capaz de imitar a un áspid con escalofriante verosimilitud). "Si querían homenajear a una vieja gloria adicta a las pelucas, podían haberle dedicado el día a la Lollo".

La verdad es que a mí Frank nunca me cayó bien. Como crooner a estas alturas no me voy a poner a glosar sus excelencias. Más bla-bla-bla no, por favor. Para eso ya está Kitty Kelly (a la que entrevisté otra vez... pero de eso os hablaré otro día: ¡qué arpía más encantadora! ¡Y qué lista, la hija de puta!). No.

Tampoco pongo reparos a Frank como actor. Para nada. Como yonki (en El hombre del brazo de oro, sin ir más lejos) está espectacular y MUY creíble. En De aquí a la eternidad, lo mismo. No es el caso de Como un torrente (que emiten hoy mismo). La McLaine se lo come con patatas chips y no deja de él ni los calcetines (la McLaine es un actrizón como la copa de un pino).

No. Definitivamente, si pongo reparos a Frankie no es ni como crooner ni como actor ni como borracho&drogadicto de pro. No. Si pongo reparos a Sinatra es porque era un HIJO DE PUTA de los pies a la cabeza. Un grandísimo hijo de puta. Con todas las letras. H-I-J-O-D-E-P-U-T-A. Un auténtico canalla.

Todo el mundo le recuerda como una especie de showman encantador con oscuras conexiones con la mafia. Para nada. Encantador de serpientes en todo caso. Como amante era de los que te agarran del pescuezo, ta bajan la cabeza al pilón y... dale que te pego.

"Cianótica perdida, oye, podía ponerse una", me ha confesado Liz, que se está desintoxicando del bourbon a base de dry martini. "No te soltaba hasta que descargaba. Y el resto no eran mucho mejores que él". Y ha apurado la copa de un trago (me parece que está ya superdesintoxicada del bourbon, porque ahora no hay manera de que suelte la botella de ginebra).

"¿Y lo del Rat Pack?", he preguntado yo (que me estoy desintoxicando con un tratamiento de choque a base de Old fashioned). "Un atajo de borrachos", ha replicado. "Unos pelmazos. Todo el día con el whisky, la cocaína y las putas. Un horror."

"Pues, chica, me rompes un mito", ha metido baza Liza (que con orzuelo o sin él, es superfan de los Hombres Que No Le Convienen). "Tú, calla, loro. Y pásame la ginebra, no seas cicatera".

Ha pasado un ángel... y creo que se ha desplomado.

"Bueno, lo que te iba diciendo. Todo el día con esos putones infames, sirviéndoselos en bandeja al presidente aquel, al que mataron, no-me-acuerdo-cómo-se-llamaba, como si fuesen canapés. Un hombre hecho y derecho, el presidente de un país, pensando todo el día en Sexo Oral. ¿Pero dónde se ha visto eso?". Otro dry martini ha desaparecido de la copa como arte de magia. "Y Sinatra era el peor de todos. EL PEOR. Una mala persona. Lo que yo te diga..."

A lo que no me ha quedado más remedio que replicar (otro Old Fashioned para el coleto, Dios mediante): "Pues, chica, si tú lo dices... ¿Y tú crees que Liza y él...?" "Pues seguramente, porque esta chica siempre ha sido muy ligera de cascos. Y, claro, con la excusa de New York, New York..."

"Cuando el río suena...", he dicho, poco antes de que la enfermera-jefe nos confiscase todas nuestras medicinas con cajas destempladas.

Moraleja: Desconfía de las Voces de Terciopelo. Es más, desconfía del terciopelo en general. Engorda.

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13 Mayo 2008

Una lección de La Vida (no apta para feministas adictas a la camisa de franela)

Tendréis que perdonarme (una vez más), pero estoy en pleno retiro en la Betty Ford, junto a mis amigas Liz y Liza. Queremos dejar la frasca de una vez, no tanto por motivos de salud sino por motivos estéticos. Cuando tu piel parece la pantalla mohosa de una lámpara de pergamino es mejor retirarse un poquito para VOLVER CON FUERZAS RENOVADAS.

Aquí, en la Betty, Liz (de cerca, sus famosos ojos color violeta tienen un aspecto vidrioso de lo más disuasorio, os lo aseguro), Liza (otra qué tal baila: tiene una colección de piños que ya no sabe Una distinguir los auténticos de los falsos) y yo jugamos interminables partidas de cinquillo y nos dedicamos a despellejar a las otras, las demás, las advenedizas. Lo peor de Britney, Amy y compañía no es la piel color moqueta o el pelo-liendrera. Para nada. Lo peor es el aliento. Te eructan a la cara y tienes 48 horas de alucinaciones garantizadas. Ácido puro. Una pena.

En fin, aún así he sacado tiempo para haceros una recomendación (tendréis que excusarme si no, a veces, mi redacción es un poco... digamos... errática, pero no os podéis imaginar lo difícil que es concentrarse cuando te persigue una enfermera armada con un enema; lo del enema, pase, pero las medias blancas... y esos tobillos... ah, qué horror). Bueno, a lo que iba.

Una vez a la semana es algo más que una película. Es La Verdad de la Vida. Así, en mayúsculas. Kim Novak haciéndose pasar por estudiante es mucho más increíble que Kim Novak haciéndose pasar por puta. En ambos casos, la Novak vuleve a demostrar que, tanto como estudiante como puta, hay una ley que, por mucho que se empeñen las feministas más acérrimas (y con más martillo), sigue estando tan vigente como la ley de la gravedad. "¿Y qué ley es esa?", os preguntaréis vosotros, querídisimos lectores.

Pues cuál va a ser: dos tetas tiran más que dos carretas. Lo sentimos, pero sigue siendo así. Una va a una entrevista de trabajo (por no hablar de un casting) y, si tiene dos tetas como Dios manda, tiene el 50% de la entrevista hecha. Y, si además de Dios, ha intervenido el bisturí de un cirujano, entonces ya está todo hecho: el trabajo es tuyo.

Desengañaos, queridas. No hay mejor currículum que una buena delantera. Lo digo por experiencia. Un master y varios idiomas están muy bien, pero ante un canalillo NO hay color. Los jefes siguen prefieriendo Canalillo a Master.

¿Que no es Políticamente Correcto? Pues lo siento, queridas. Pero la realidad no es Políticamente Correcta. Ni los jefes. Ni las empresas. Los hombres no han llegado a la fase anal. Bueno, algunos sí, algunos no salen de la fase anal; vamos, que están obsesionados con el Ano y Todos Sus Derivados. Pero, en general, siguen enganchados a la teta de mamá.

Y por eso, chicas, si estáis buscando curro, os recomiendo la visión de Una vez a la semana. ¿Que sois estudiantes? Pues fenomenal, esta peli os servirá para copiar ideas para futuras tesis y tesinas. ¿Que sois putas? Mejor que mejor: Kim Novak siempre será una fuente inagotable de estilismos. ¿Que sois survivors? O sea, mujeres que tienen que buscarse las habichuelas, ya sea en una oficina o en una esquina, pues eso...

Moraleja: Liz y Liza son feministas. Y borrachas. Como YO. Pero, chicas, lo que no somos es tontas. Los hombres... Qué pena más grande... Si son así, ¿por qué no aprovecharlo?

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09 Mayo 2008

¡Qué malo es el champán malo!

Ante todo, perdón. Perdón, perdón, perdón. Lo sé. Soy LO PEOR. Lo sé. Lo soy. Perdonadme. Os lo pido de rodillas, de hinojos, postradita viva. Podéis verjarme, escupirme, escarnecerme (es más, os lo imploro), me lo merezco. ¡Qué desatendidos os he tenido...! No tengo perdón de Dios, lo sé. Pero es que Dios es así: cicatero. Un miserable. Vosotros en cambio no. Yo sé que sabréis perdonarme.

Hoy me he levantado sin cabeza. Literalmente. Me he levantado ligera como una pluma. Divinamente. Pero sin cabeza. Como YO soy una mujer supercebral, lo tengo TODO (bueno, todo, todo, todo... no, también tengo tetas: dos, y un par de piernas que para sí las quisiera la Raquel Welch) en la cabeza y, claro, como me he levantado sin cabeza me sentía superligera. Una falacia. Otra más. Resulta que no tenía cabeza. Había rodado dejado de la cama, junto a miz zapatillas de marabú y cuña (homenaje a Carmen Miranda, una mujer, de la que hablaré otro día, que adoro: una mujer que esconde la cocaína en las plataformas es siempre un ejemplo a seguir).

¿Y por qué?, os preguntaréis. Pues porque ayer me intoxicaron (bueno, a mí y a mi amigo R., otra víctima de la Ley Seca y de la Ley Sálica) en una tienda Loewe con champán de garrafón. ¿Möet Chandon? ¡Ja! Möet Cha-chandón, más bien. Recién destilado en la trastienda, donde ponen las pieles de los corderos nonatos a secar para hacer todas esas cosas de marroquinería carísimas que tanto les gustan a las señoronas (y a los maricas, de los que ayer había una colección muy considerable en la susodicha tienda; todos con pantalón pitillo, una pena de pitillos, lo que YO os diga).

En fin, el caso es que esta mañana me he prometido que ya no bebo más hasta, por lo menos, dentro de dos horas. Soy una mujer con carácter y con una fuerza de voluntad a prueba de bombas. No hay nada más malo que el champán malo. Sé de lo que hablo...

...Porque sí, queridos, NO me he vuelto loca del pussy. Todo esta parrafada tiene un objetivo. Y ese objetivo es hablar de Greta Scacchi, de la que hoy se emite un documental en TCM clásico que NO os podéis perder. Bueno, si os llama Eric Banna y os propone cosas que están prohibidas en algunos estados confederados, como Alabama, comprendo que prefiráis la compañía —y el rabo— de Eric a la sublime elegancia de esta actriz, a la que adoro, hablando de Joan Crawford, otra actriz a la que también adoro, pero a la que, por razones estrictamente cronólogicas, nunca llegué a conocer.

A Greta Scacchi, en cambio, sí que la conocí. ¡Qué encanto de mujer! ¡Qué educada! ¡Y qué Santa Paciencia! Porque, sí, chicos, cuando la entrevisté en la suite de un cursilísimo y delicioso hotel que me encanta (y que os recomiendo vivamente desde aquí), el Hotel Orfila, Yo iba chuzada hasta las trancas. Chuzadaviva. Curda. Borracha. La culpa no fue mía, claro -nunca lo es- sino del champán. Del champán malo.

Hubo un pequeño retraso de dos horas. Un pequeño retraso de dos horas es algo de lo más habitual en las entrevistas promocinales en nuestro país; fuera de España sería un escándalo, pero en España no pasa nada: los David-y-Piti de turno, mientras tanto, animan la demora con interesantísimas anécdotas sobre sus esfínteres. Qué encanto, D&P... y qué capacidad de dilatación, Santo Cielo.

Bueno, el caso es que pasaron dos horas, amenizadas con esos ingeniosísimos monologos, y claro, Una, que es Una Mujer que no está acostumbrada a que la hagan esperar, pierde la paciencia y encuentra refugio en el champán. Qué razón llevaba Santa Bette Davis: “Llega un momento en la vida de toda mujer en que su único consuelo es una copa de champán”. Amén, hermana.

Lamentablemente, ese momento NO era aquel. NUNCA debes hacer una entrevista borracha como una cuba. Los actores están acostrumbrados al alcohol y sus perniciosos efectos sobre la humana naturaleza —la misma Greta Scacchi no se inmutó cuando me vio entrar en su suite dando tumbos como una borracha de opereta—, pero YO no. Vamos, YO muchísimo, pero nunca me había oído a mí misma hablando (o algo parecido) en semejantes condiciones. Una pena.

Cuando dos días después trascribí la cinta en la caspa-redacción en la que trabajaba en aquel momento, me quise morir. QUÉ VERGÜENZA. G. S. respondía impasible, incluso encantadora, con humor, ironía y una inteligencia agilísima, a mis preguntas (o lo que quiera que fueran aquellas intervenciones erráticas que escuchaba en la cinta), pronunciadas en un inglés indescriptible con la lengua saburrosa. Por no hablar del aliento, claro. Porque cuando me emborracho (bueno, YO y el resto de la especie humana) y te echo el aliento a la cara, puedo rizarte las pestañas hasta convertirlas en dos sarmientos manchegos.

No sé cómo, me quedó una entrevista medianamente coherente. Un punto para Greta. Un cero para mí. Suspensa. Muy deficiente. Fatal. Fatal, fatal, fatal.

Moraleja: Lo dicho. No bebo más. Un momento... ¿eso es un dry martini? Bueno, si insiste, caballero...

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07 Mayo 2008

Ella, él y Asta o Ella, su marido y su perro (o una oveja)

El otro día vi una foto de La Mujer Fricativa, espantosamente vestida, como siempre, junto a Francisco Ayala y me quedé de piedra pómez: ella, con esa aterradora expresión de alimaña vehemente que se le pone cuando sonríe, parecía mucho más vieja que él (que tiene 102 años). La obsesión de algunas mujeres por la liofilización me pone los pelos de punta. En el caso de La Mujer Fricativa, esa obsesión alcanza cotas que llegan a ser preocupantes: a su lado, Bambi parece una morsa.

Creo que fue Coco Chanel, esa zorra (gran modista, pero hija-de-puta de los pies a la cabeza pasando por el 2.55), la que dijo aquella tontería de que “una mujer nunca es lo suficientemente rica ni está lo suficientemente delgada”. Una majadería, como tantas y tantas de las que dijo esta mujer. Adoro sus trajes, pero a ella la abofetearía.

En fin, cuando pienso en un prototipo de mujer delgada pero que no parezca escapada de un campo de exterminio (caso La Mujer Fricativa o incluso Wallis Simpson, que también tenía un aire vagamente ornitológico, cuando no equino, de lo más inquietante), siempre me viene a las mientes esa maravilla de mujer llamada Myrna Loy. Divina la Loy.

No hay foto mala de ella. No conozco un caso igual. Siempre, incluso en el de auténticos monstruos de la pantalla que dominaban a la perfección el arte de posar ante una cámara (Heddy Lamarr, Marlene, Greta) hay instantáneas que parecen hechas por un enemigo. En el caso de Myrna Loy no. Jamás he visto una foto en la que no dominase el gesto, la expresión, la mirada, los párpados (¡esos párpados divinos!), la coiffure… Todo. Siempre está perfecta. ¡Qué maravilla!

Me encanta esta mujer. Y me encanta la pareja que hizo durante años con William Powell. La cacareada química Hepburn-Tracy era producto de las hormonas, no del celuloide, sin embargo la pareja Powell-Loy jamás compartió cama y no se me ocurre un matrimonio más compenetrado en toda la historia del cine*. Ella le mira, él sonríe y ella ya sabe lo que él está pensando y le devuelve la sonrisa con un mohín de patito empachado que quiere decir un sinfín de cosas. Y todo sin decir una sola palabra. Pura sintonía. Perfecto. Ella, impecablemente vestida. Él, irreprochable. La perfección absoluta. El súmmum.

Pienso en Myrna Loy, incluso pienso en Mina Loy, que es una artista de la época a la que también adoro, amiga de Djuna Barnes, de Man Ray, de Marcel Duchamp y de Williams Carlos Williams, amante de Marinetti y mujer de Arthur Cravan, ambas delgadas pero no liofilizadas, modernas pero no dos mamarrachas, estupendas, divinas… y me acuerdo de nuestra Mujer Fricativa… Y se me cae el alma a los pies.

¡Qué pena de mujer! ¡Qué mal vestida! ¡Qué mal peinada! ¡Qué mal posa en las fotos con esos ojos, a punto de salírsele de las órbitas, y esa sonrisa de Savonarola demente! Y su marido, claro. No podemos dejarnos en el tintero a su marido, que en lugar de tomar el ejemplo de William Powell ha tomado el del Padre Piquillo. A este hombre, si en lugar de una gorra militar le das una boina, parece que, por fin, ha encontrado su lugar en el mundo.

En fin, no sé… Comprendo que Myrna Loy es poner el listón muy alto, pero es que… en fin… a mí, de verdad, Esta Mujer (con mayúsculas, porque ella se ha hecho superfan del protocolo; bueno, del protocolo y de Felipe Varela, que es una cosa que no me voy a poner a analizar ahora) a quien cada día me recuerda más es a Margaret Hamilton. Clavadita a la malvada bruja del Oeste, oye. Su prima hermana. O su hermana… Ay, perdón.

* [Esta noche, en TCM Clásico, Ella, él y asta. Una delicia.]

Moraleja: Chica, un poco más de cine clásico. ¡Y dale un tajo a esas faldas, que estamos en el siglo XXI!

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06 Mayo 2008

No me hagas la luz de gas, queridísimo verdugo

Me encanta Luz de gas por una razón: porque explica a la perfección una Gran Verdad que el cine ha tenido presente casi desde sus inicios. A saber: tu pareja puede volverte loca. Loca de remate. Loca del pussy. Loca del tó. Reloca. O, como decía Marta Minuhin, una performer argentina, loquísssssima (bueno, en realidad lo que ella decía, a voz en grito, era: “Hoy estoy loquísima”).

En Luz de gas su protagonista se vuelva loca perdida —o casi— por culpa de un marido al que adora. “Mi queridísimo verdugo”, está a punto de decir la pobre en algún momento. Porque es así: lo ama con locura (o hasta). En sentido literal.

Me fascina el hecho de que el ser humano pueda llegar a querer, a querer sinceramente, a necesitar, incluso a desear a su verdugo. Comprendo que es como una compulsión, una especie de patología tipo Portero de noche; que no es el amor-amor, el amor auténtico, “la verdadera sopa de tortuga” de la autoentrevista de Capote, pero no puedo evitarlo: me fascina.

“Como Cleopatra mostrando su túrgido pecho al áspid” (cita que tomo prestada de un manual de ortografía de mi infancia, cuando la ortografía y la semántica aún tenían sentido), hay una depravada, hipnótica, mefistofélica seducción en la maldad. Los villanos, los asesinos, los canallas resultan siempre mucho más atractivos que los misioneros con rebequita. La misma Biblia advierte que Lucifer, el que porta la luz, era “el más bello de los ángeles” y en el que más confiaba Dios. Fíjate, como la prota de Luz de gas... Pobrecita. En Babia, como tantas.

En fin, el éxito de la peli fue tal que sólo cuatro años después, el gran George Cukor dirigió un remake made in Hollywood del succèss británico. Los distribuidores se tiraron de los pelos y decidieron al menos cambiarle el nombre: de Luz de gas (tan bonito) a Luz que agoniza (tan cursi). Otro exitazo. La interpretación de Ingrid Bergman consiguió anular la de su predecesora, esa gran dama llamada Diana Wynard. Y la de Charles Boyer (y su peluquín) a la de Anton Walbrook.

Pero no. Yo reivindico la villanía de Anton Walbrook, uno de mis sádicos favoritos. Como marica de pro tuvo que salir por piernas de la Alemania nazi, de donde llegó a Inglaterra. Allí se convirtió en uno de los actores favoritos de mi dúo favorito: Powell & Pressburger, que lo eligieron para encarnar a la megamarica mala de Boris Lermontov, inspirándose en las relaciones vampíricas que el gran Diaghilev establecía con las estrellas (femeninas y masculinas, sobre todo masculinas) de sus Ballets Rusos.

Adoro Las zapatillas rojas y adoro a Walbrook. No entiendo cómo Moira Shearer elige al cursi de Craster en lugar de al fascinante Lermontov, con esos labios de color corinto, que parece que acaba de chupar las llagas de Cristo como Santa Genoveva de Brabante, que limpiaba las llagas de los más necesitados con la lengua… Ah, me pongo atómica.

Moraleja: Estoy cansada de repetirlo (y repetirme) hasta la saciedad: los novios, los maridos, los amantes pasan; los verdugos permanecen. Mucho cuidadito a la hora de elegirlos.

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05 Mayo 2008

Poetas... ¡Qué buenos son (lejos)!

“Nunca te enamores de un poeta”, me dijo una vez una amiga muy querida (una amiga a la que quiero y respeto, porque hay amigos, queridos, queridos amigos, de los que es muy difícil no reírse en sus barbas; no es el caso: las sentencias de mi amiga F. son generalmente verbum Dei, una ley para mí… y para cualquier persona sensata que quiera sobrevivir en esta jungla). “Son muy egoístas”. Reconozco que estaba en lo cierto. Los poetas son lo peor. “Bueno, hay algo peor: los músicos”, añadió, poniendo los ojos en blanco.

Gracias a Dios jamás me he enamorado de un poeta. Dios me libre de sus peligrosas quintillas picantes. La historia de la literatura universal debería servirnos de ejemplo: todos los grandes poetas (y muchos que ni siquiera eran grandes sino mediocres, muy mediocres) han sido muy mezquinos en sus relaciones amorosas. Cantan el amor y sus síntomas con palabras precisas y preciosas, pero cuando lo tienen delante escupen sobre él. Ahí tenéis a Alberti y María Teresa León (anulada; Alberti, que parecía un viejecito tan simpático con sus palomitas y sus ripios consonantes, fue un auténtico HIJO DE PUTA a lo largo de su vida), a Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí (anulada; respecto a JRJ, otro que tal baila: hijo-de-puta-y-medio), a Ted Hughes y Silvia Plath (terminó metiendo la cabeza en el horno), T. S. Elliot y Vivien Haigh-Wood (que acabó más loca que una cabra… por su culpa). En fin, no sigo porque no quiero empezar con los contemporáneos… Poetas contemporáneos españoles… ¡Qué pena más grande!

Bueno, el caso es que Elizabeth Barrett, una poeta inglesa precocísima y talentosísima, no debió tener ninguno de estos precedentes en la cabeza cuando se encaprichó de Robert Brownig, otro poeta (más joven que ella, lo que en la época no dejaba de ser un escándalo; de hecho, no sólo eras más joven sino que empezó siendo una especie de fan fatal, mitad groupie-mitad Mario Vaquerizo, de la Barrett) y, en contra de la opinión –acertadísima, sin duda- de su padre se fugó y se casó con él. Papá Barrett jamás se lo perdonó.

Por lo visto, el matrimonio fue muy dichoso y bla-bla-bla. Yo lo pongo en duda. Dudo que dos poetas juntos puedan ser felices. Va contra toda lógica. Es como dos folclóricas (lesbianas) juntas. “No hay espacio suficiente para dos batas de cola en este salón, querida”. “Ni en este continente… y pásame la maquinilla, tía, que hoy viene la Chelo y tengo la sotabarba que parezco un mariscal de campo”.

Como los escritores son, por naturaleza, más falsos que un Judas de plástico —“falaces, embusteros y falsos”, según mi amiga R., otra sabia—, uno de ellos, Rudolph Besier, escribió una obrita de teatro inspirada en los amores de estos dos narcisos enamorados tanto el uno del otro como de sí mismos. Inesperadamente (a mí jugar a la ruleta rusa me parece una bagatela en comparación con escribir para el teatro y esperar al estreno), la obra fue un éxito. Hollywood, siempre tan fan de los éxitos ajenos, compró los derechos para una primera adaptación en 1934 con Norma Shearer (una cosa es ser un poco bizca —o vizcondesa— y otra tener mal ojo para los papeles de mucho lucimiento) y Fredric March como los dos jóvenes poetas enamorados y Charles Laughton como padre/ogro dominante. Un profesional de los tiempos del cine mudo, Sidney Frankling, dirigió la cinta (que le valió a madame Thalberg una nominación al Oscar).

Unos cuantos años después, en 1957, otra primera dama de Hollywood, la simpar Jennifer Jones, casada a la sazón con David O. Selznick (tal para cual: dos egos que no caben en el Valle de los Caídos), eligió al mismo director (que a estas estas debía estar ya un poco como esculpido en rocalla) para dirigir una nueva versión y lucirse en un papelón digno de SU TALENTO. Dicho y hecho. Eligió a un partenaire que no puediese hacerle sombra, Bill Travers (¡qué lista, la tía), y a uno de esos actores de prestigio, John Gielgud, La Voz, para dar empaque. El resto…

Bueno, no es lo mejor de la Jones, unas de esas actrices bigger than life que a mí me encantan (Duelo al sol, ¡qué maravilla!), pero hay que reconocer que tiene su gracia. Sobre todo si sufres una lesión de columna. Recomiendo esta película vivamente a todos aquellos que hayan sufrido una lesión de cervicales en algún momento de su vida. Cuando contemplen a qué grado de virtuosismo raquídeo llegó la señora Selznick con su cuello van a flipar en colores.

Moraleja: Yo es que de la Jone… hasta el dobladillo, oiga.

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30 Abril 2008

¡No puedo con la vida!

La realidad supera al porno. Y a Estrenos TV: el señor austriaco que ha violado a su hija la intemerata, ha tenido siete hijos con ella, ha quemado a uno de ellos en su caldera y todo sin salir de casa. Y al género más negro (o más rosa, depende de quien escriba el guión… o lo supure): Andrés Pajares, perturbadito perdido, con una pistola de plástico, en medio de un delirante remake de Bonnie & Clyde (para encarnar a Bonnie basta tener una CH en el nombre, como el logo de La Señora). Y a las pelis de aventuras: piratas en el siglo XXI. Y a las de terror: Francisco Ayala ¡¡¡vivo!!! (y con mejor cara que Michael Jackson). UFFFFF. No puedo con la vida… ¡Necesito un receso!

Como siempre que la realidad viene armada y dispuesta a darme un sartenazo, me refugio en la ficción. Hoy, además de un especial Stewart Granger en dos de mis películas favoritas: Las minas del rey Salomón y Scaramouche (ni Deborah Kerr ni Eleanor Parker han vuelto a salir tan guapas en una película), hay un miniciclo dedicado a Agatha Christie y un pequeño y sentido —al menos por mi parte— homenaje a mi pareja favorita: Liz Taylor & Richard Burton, protagonistas de Castillos en la arena.

Ellos también superaron al porno y a la vida. Si Julio César le regaló a Servilia, hermana de Catón de Utica, una perla que le costó seis mil grandes sestercios y Cleporatra otra, no menos mítica, a Marco Antonio disuelta en vinagre, Richard Burton le regaló a Liz, su Liz, la perla Peregrina. Ella, tan dada al bricolaje —no en vano se casó con Larry Fortensky, que lo mismo le montaba las estanterías a Barbra Streissand que le desatascaba las tuberías a Debbie Reynolds—, incorporó la joya a un collar de rubíes y diamantes de Cartier que luego lució en la película A little night music (1977).

La Taylor es también la prota de otra de esas comedias deliciosas, El padre es abuelo, con Spencer Tracy y una Joan Bennett convertida en venerable matrona que te hacen olvidar la mierda cotidiana que se oculta bajo el sótano del vecino (“Oiga, ¿usted no gasta mucha leche? ¿No tendrá escondida a su hija bajo la tarima flotante, no? Lo digo porque quiero ser una buena ciudadana, no se ponga usted así… Para mí que este oculta algo…”).

Ay, no sé, perdonadme, pero este puente me retiro a un balneario (de mucho lujo y derroche, faltaría más), porque es que… de verdad... no puedo con la vida.

Moraleja: si durante los próximos días veo a alguien con un periódico, echo a correr en sentido contrario. ¿Realidad? Quita, quita, quita, quita, quita.

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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…

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