Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
07 Mayo 2008
Ella, él y Asta o Ella, su marido y su perro (o una oveja)
El otro día vi una foto de La Mujer Fricativa, espantosamente vestida, como siempre, junto a Francisco Ayala y me quedé de piedra pómez: ella, con esa aterradora expresión de alimaña vehemente que se le pone cuando sonríe, parecía mucho más vieja que él (que tiene 102 años). La obsesión de algunas mujeres por la liofilización me pone los pelos de punta. En el caso de La Mujer Fricativa, esa obsesión alcanza cotas que llegan a ser preocupantes: a su lado, Bambi parece una morsa.
Creo que fue Coco Chanel, esa zorra (gran modista, pero hija-de-puta de los pies a la cabeza pasando por el 2.55), la que dijo aquella tontería de que “una mujer nunca es lo suficientemente rica ni está lo suficientemente delgada”. Una majadería, como tantas y tantas de las que dijo esta mujer. Adoro sus trajes, pero a ella la abofetearía.
En fin, cuando pienso en un prototipo de mujer delgada pero que no parezca escapada de un campo de exterminio (caso La Mujer Fricativa o incluso Wallis Simpson, que también tenía un aire vagamente ornitológico, cuando no equino, de lo más inquietante), siempre me viene a las mientes esa maravilla de mujer llamada Myrna Loy. Divina la Loy.
No hay foto mala de ella. No conozco un caso igual. Siempre, incluso en el de auténticos monstruos de la pantalla que dominaban a la perfección el arte de posar ante una cámara (Heddy Lamarr, Marlene, Greta) hay instantáneas que parecen hechas por un enemigo. En el caso de Myrna Loy no. Jamás he visto una foto en la que no dominase el gesto, la expresión, la mirada, los párpados (¡esos párpados divinos!), la coiffure… Todo. Siempre está perfecta. ¡Qué maravilla!

Me encanta esta mujer. Y me encanta la pareja que hizo durante años con William Powell. La cacareada química Hepburn-Tracy era producto de las hormonas, no del celuloide, sin embargo la pareja Powell-Loy jamás compartió cama y no se me ocurre un matrimonio más compenetrado en toda la historia del cine*. Ella le mira, él sonríe y ella ya sabe lo que él está pensando y le devuelve la sonrisa con un mohín de patito empachado que quiere decir un sinfín de cosas. Y todo sin decir una sola palabra. Pura sintonía. Perfecto. Ella, impecablemente vestida. Él, irreprochable. La perfección absoluta. El súmmum.

Pienso en Myrna Loy, incluso pienso en Mina Loy, que es una artista de la época a la que también adoro, amiga de Djuna Barnes, de Man Ray, de Marcel Duchamp y de Williams Carlos Williams, amante de Marinetti y mujer de Arthur Cravan, ambas delgadas pero no liofilizadas, modernas pero no dos mamarrachas, estupendas, divinas… y me acuerdo de nuestra Mujer Fricativa… Y se me cae el alma a los pies.
¡Qué pena de mujer! ¡Qué mal vestida! ¡Qué mal peinada! ¡Qué mal posa en las fotos con esos ojos, a punto de salírsele de las órbitas, y esa sonrisa de Savonarola demente! Y su marido, claro. No podemos dejarnos en el tintero a su marido, que en lugar de tomar el ejemplo de William Powell ha tomado el del Padre Piquillo. A este hombre, si en lugar de una gorra militar le das una boina, parece que, por fin, ha encontrado su lugar en el mundo.
En fin, no sé… Comprendo que Myrna Loy es poner el listón muy alto, pero es que… en fin… a mí, de verdad, Esta Mujer (con mayúsculas, porque ella se ha hecho superfan del protocolo; bueno, del protocolo y de Felipe Varela, que es una cosa que no me voy a poner a analizar ahora) a quien cada día me recuerda más es a Margaret Hamilton. Clavadita a la malvada bruja del Oeste, oye. Su prima hermana. O su hermana… Ay, perdón.
* [Esta noche, en TCM Clásico, Ella, él y asta. Una delicia.]
Moraleja: Chica, un poco más de cine clásico. ¡Y dale un tajo a esas faldas, que estamos en el siglo XXI!
06 Mayo 2008
No me hagas la luz de gas, queridísimo verdugo
Me encanta Luz de gas por una razón: porque explica a la perfección una Gran Verdad que el cine ha tenido presente casi desde sus inicios. A saber: tu pareja puede volverte loca. Loca de remate. Loca del pussy. Loca del tó. Reloca. O, como decía Marta Minuhin, una performer argentina, loquísssssima (bueno, en realidad lo que ella decía, a voz en grito, era: “Hoy estoy loquísima”).
En Luz de gas su protagonista se vuelva loca perdida —o casi— por culpa de un marido al que adora. “Mi queridísimo verdugo”, está a punto de decir la pobre en algún momento. Porque es así: lo ama con locura (o hasta). En sentido literal.

Me fascina el hecho de que el ser humano pueda llegar a querer, a querer sinceramente, a necesitar, incluso a desear a su verdugo. Comprendo que es como una compulsión, una especie de patología tipo Portero de noche; que no es el amor-amor, el amor auténtico, “la verdadera sopa de tortuga” de la autoentrevista de Capote, pero no puedo evitarlo: me fascina.
“Como Cleopatra mostrando su túrgido pecho al áspid” (cita que tomo prestada de un manual de ortografía de mi infancia, cuando la ortografía y la semántica aún tenían sentido), hay una depravada, hipnótica, mefistofélica seducción en la maldad. Los villanos, los asesinos, los canallas resultan siempre mucho más atractivos que los misioneros con rebequita. La misma Biblia advierte que Lucifer, el que porta la luz, era “el más bello de los ángeles” y en el que más confiaba Dios. Fíjate, como la prota de Luz de gas... Pobrecita. En Babia, como tantas.

En fin, el éxito de la peli fue tal que sólo cuatro años después, el gran George Cukor dirigió un remake made in Hollywood del succèss británico. Los distribuidores se tiraron de los pelos y decidieron al menos cambiarle el nombre: de Luz de gas (tan bonito) a Luz que agoniza (tan cursi). Otro exitazo. La interpretación de Ingrid Bergman consiguió anular la de su predecesora, esa gran dama llamada Diana Wynard. Y la de Charles Boyer (y su peluquín) a la de Anton Walbrook.

Pero no. Yo reivindico la villanía de Anton Walbrook, uno de mis sádicos favoritos. Como marica de pro tuvo que salir por piernas de la Alemania nazi, de donde llegó a Inglaterra. Allí se convirtió en uno de los actores favoritos de mi dúo favorito: Powell & Pressburger, que lo eligieron para encarnar a la megamarica mala de Boris Lermontov, inspirándose en las relaciones vampíricas que el gran Diaghilev establecía con las estrellas (femeninas y masculinas, sobre todo masculinas) de sus Ballets Rusos.
Adoro Las zapatillas rojas y adoro a Walbrook. No entiendo cómo Moira Shearer elige al cursi de Craster en lugar de al fascinante Lermontov, con esos labios de color corinto, que parece que acaba de chupar las llagas de Cristo como Santa Genoveva de Brabante, que limpiaba las llagas de los más necesitados con la lengua… Ah, me pongo atómica.
Moraleja: Estoy cansada de repetirlo (y repetirme) hasta la saciedad: los novios, los maridos, los amantes pasan; los verdugos permanecen. Mucho cuidadito a la hora de elegirlos.
05 Mayo 2008
Poetas... ¡Qué buenos son (lejos)!

“Nunca te enamores de un poeta”, me dijo una vez una amiga muy querida (una amiga a la que quiero y respeto, porque hay amigos, queridos, queridos amigos, de los que es muy difícil no reírse en sus barbas; no es el caso: las sentencias de mi amiga F. son generalmente verbum Dei, una ley para mí… y para cualquier persona sensata que quiera sobrevivir en esta jungla). “Son muy egoístas”. Reconozco que estaba en lo cierto. Los poetas son lo peor. “Bueno, hay algo peor: los músicos”, añadió, poniendo los ojos en blanco.
Gracias a Dios jamás me he enamorado de un poeta. Dios me libre de sus peligrosas quintillas picantes. La historia de la literatura universal debería servirnos de ejemplo: todos los grandes poetas (y muchos que ni siquiera eran grandes sino mediocres, muy mediocres) han sido muy mezquinos en sus relaciones amorosas. Cantan el amor y sus síntomas con palabras precisas y preciosas, pero cuando lo tienen delante escupen sobre él. Ahí tenéis a Alberti y María Teresa León (anulada; Alberti, que parecía un viejecito tan simpático con sus palomitas y sus ripios consonantes, fue un auténtico HIJO DE PUTA a lo largo de su vida), a Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí (anulada; respecto a JRJ, otro que tal baila: hijo-de-puta-y-medio), a Ted Hughes y Silvia Plath (terminó metiendo la cabeza en el horno), T. S. Elliot y Vivien Haigh-Wood (que acabó más loca que una cabra… por su culpa). En fin, no sigo porque no quiero empezar con los contemporáneos… Poetas contemporáneos españoles… ¡Qué pena más grande!

Bueno, el caso es que Elizabeth Barrett, una poeta inglesa precocísima y talentosísima, no debió tener ninguno de estos precedentes en la cabeza cuando se encaprichó de Robert Brownig, otro poeta (más joven que ella, lo que en la época no dejaba de ser un escándalo; de hecho, no sólo eras más joven sino que empezó siendo una especie de fan fatal, mitad groupie-mitad Mario Vaquerizo, de la Barrett) y, en contra de la opinión –acertadísima, sin duda- de su padre se fugó y se casó con él. Papá Barrett jamás se lo perdonó.
Por lo visto, el matrimonio fue muy dichoso y bla-bla-bla. Yo lo pongo en duda. Dudo que dos poetas juntos puedan ser felices. Va contra toda lógica. Es como dos folclóricas (lesbianas) juntas. “No hay espacio suficiente para dos batas de cola en este salón, querida”. “Ni en este continente… y pásame la maquinilla, tía, que hoy viene la Chelo y tengo la sotabarba que parezco un mariscal de campo”.
Como los escritores son, por naturaleza, más falsos que un Judas de plástico —“falaces, embusteros y falsos”, según mi amiga R., otra sabia—, uno de ellos, Rudolph Besier, escribió una obrita de teatro inspirada en los amores de estos dos narcisos enamorados tanto el uno del otro como de sí mismos. Inesperadamente (a mí jugar a la ruleta rusa me parece una bagatela en comparación con escribir para el teatro y esperar al estreno), la obra fue un éxito. Hollywood, siempre tan fan de los éxitos ajenos, compró los derechos para una primera adaptación en 1934 con Norma Shearer (una cosa es ser un poco bizca —o vizcondesa— y otra tener mal ojo para los papeles de mucho lucimiento) y Fredric March como los dos jóvenes poetas enamorados y Charles Laughton como padre/ogro dominante. Un profesional de los tiempos del cine mudo, Sidney Frankling, dirigió la cinta (que le valió a madame Thalberg una nominación al Oscar).

Unos cuantos años después, en 1957, otra primera dama de Hollywood, la simpar Jennifer Jones, casada a la sazón con David O. Selznick (tal para cual: dos egos que no caben en el Valle de los Caídos), eligió al mismo director (que a estas estas debía estar ya un poco como esculpido en rocalla) para dirigir una nueva versión y lucirse en un papelón digno de SU TALENTO. Dicho y hecho. Eligió a un partenaire que no puediese hacerle sombra, Bill Travers (¡qué lista, la tía), y a uno de esos actores de prestigio, John Gielgud, La Voz, para dar empaque. El resto…
Bueno, no es lo mejor de la Jones, unas de esas actrices bigger than life que a mí me encantan (Duelo al sol, ¡qué maravilla!), pero hay que reconocer que tiene su gracia. Sobre todo si sufres una lesión de columna. Recomiendo esta película vivamente a todos aquellos que hayan sufrido una lesión de cervicales en algún momento de su vida. Cuando contemplen a qué grado de virtuosismo raquídeo llegó la señora Selznick con su cuello van a flipar en colores.
Moraleja: Yo es que de la Jone… hasta el dobladillo, oiga.
30 Abril 2008

La realidad supera al porno. Y a Estrenos TV: el señor austriaco que ha violado a su hija la intemerata, ha tenido siete hijos con ella, ha quemado a uno de ellos en su caldera y todo sin salir de casa. Y al género más negro (o más rosa, depende de quien escriba el guión… o lo supure): Andrés Pajares, perturbadito perdido, con una pistola de plástico, en medio de un delirante remake de Bonnie & Clyde (para encarnar a Bonnie basta tener una CH en el nombre, como el logo de La Señora). Y a las pelis de aventuras: piratas en el siglo XXI. Y a las de terror: Francisco Ayala ¡¡¡vivo!!! (y con mejor cara que Michael Jackson). UFFFFF. No puedo con la vida… ¡Necesito un receso!
Como siempre que la realidad viene armada y dispuesta a darme un sartenazo, me refugio en la ficción. Hoy, además de un especial Stewart Granger en dos de mis películas favoritas: Las minas del rey Salomón y Scaramouche (ni Deborah Kerr ni Eleanor Parker han vuelto a salir tan guapas en una película), hay un miniciclo dedicado a Agatha Christie y un pequeño y sentido —al menos por mi parte— homenaje a mi pareja favorita: Liz Taylor & Richard Burton, protagonistas de Castillos en la arena.
Ellos también superaron al porno y a la vida. Si Julio César le regaló a Servilia, hermana de Catón de Utica, una perla que le costó seis mil grandes sestercios y Cleporatra otra, no menos mítica, a Marco Antonio disuelta en vinagre, Richard Burton le regaló a Liz, su Liz, la perla Peregrina. Ella, tan dada al bricolaje —no en vano se casó con Larry Fortensky, que lo mismo le montaba las estanterías a Barbra Streissand que le desatascaba las tuberías a Debbie Reynolds—, incorporó la joya a un collar de rubíes y diamantes de Cartier que luego lució en la película A little night music (1977).
La Taylor es también la prota de otra de esas comedias deliciosas, El padre es abuelo, con Spencer Tracy y una Joan Bennett convertida en venerable matrona que te hacen olvidar la mierda cotidiana que se oculta bajo el sótano del vecino (“Oiga, ¿usted no gasta mucha leche? ¿No tendrá escondida a su hija bajo la tarima flotante, no? Lo digo porque quiero ser una buena ciudadana, no se ponga usted así… Para mí que este oculta algo…”).
Ay, no sé, perdonadme, pero este puente me retiro a un balneario (de mucho lujo y derroche, faltaría más), porque es que… de verdad... no puedo con la vida.
Moraleja: si durante los próximos días veo a alguien con un periódico, echo a correr en sentido contrario. ¿Realidad? Quita, quita, quita, quita, quita.
29 Abril 2008
Parada y Fonda: otra fobia más
Reconozco que soy una persona superficial. Juzgo por las apariencias y estoy llena de prejuicios. Es más, a mí me das un prejuicio nuevo y a los diez minutos ya estoy enganchada; es como una adicción. Tengo un catálogo tan amplio de amores como de odios, con la pequeña diferencia de que soy mucho más fiel en mis odios que en mis amores. Cuando amo, bueno, puede que ame intensamente, pero antes o después se me pasa, pero cuando odio… Ah, cuando odio es para toda la vida. Y hoy emiten un documental (sobre mujeres liberadas, faltaría más) en el que la narradora es una de esas personas a las que detesto con todas mis fuerzas: Jane Fonda.

Puede que no esté bien que hable mal de la ex mujer del jefe, pero dado que ella tampoco se ha cortado un pelo a la hora de ponerle a caer de un burro en sus memorias, ¿por qué voy a cortarme YO?
Truman Capote, como en casi todo, me tomó la delantera cuando dijo de ella:
“Jane Fonda siempre me ha parecido una farsante y una lata. […] La conozco desde que era niña. Recuerdo que fui a su casa de Nueva York cuando ella tenía unos 16 años. Yo estaba sentado hablando con su padre y ella se puso a patalear en el suelo del salón, retorciéndose y llorando por un vestido que quería y que él no le permitía comprar. Fonda era un hombre muy tacaño, lo reconozco, pero quiero decir que ella, bueno, es para vomitar”.
Jajajaja. A la pregunta del entrevistador, Lawrence Grobel: “¿No cree que ella ha experimentado un verdadero cambio de valores”, Capote replica:
“Ha experimentado un verdadero cambio de cuentas bancarias”.
Aaaaamén, hermano.
Jane Fonda es un verdadero caso de trendsetter llevado a sus últimas y, me temo, más escalofriantes consecuencias. De niña, era una pija insoportable. Una vez pasados los primeros picores, cuando tocó ser progre, fue más progre que nadie: quemó el sostén, se quitó las bragas, escupió sobre la bandera de EE UU y se manifestó contra la guerra de Viernam porque ella ERA progre. Cuando tocó rendir culto al cuerpo, fue la más: la más liofilizada, la más sana, la más incansable, la más flúor, la más dinámica y, sobre todo, la máscara (todo junto: os recuerdo su maquillaje mientras daba botes con unas mallas de licra). Después tocó ser Gran Dama y, de nuevo, fue la más. Y así una y otra vez hasta que, en su última reinvención, vertió todo su veneno sobre su padre y sus ex, achacándoles a todos ellos sus múltiples fracasos en la vida.

Mira, Jane, guapa, lee mis labios. F-U-C-K-Y-O-U!
Moraleja: Odio a Jane Fonda. No hay más moraleja que valga.
28 Abril 2008
Cenicienta, tía, ¡abre los ojos!
Cenicienta es un cuento inmortal, uno de esos mitos que sobreviven milagrosamente a todas las generaciones. Todo el mundo ama a Cenicienta y al parecer todo el mundo se ve reflejado en sus miserias y sus padecimientos, ya sea con la madrastra o con la báscula (Bridget Jones ha sido, hasta el momento, la última Cenicienta; si exceptuamos, naturalmente, a ese otro engendro de Satán llamado Carrie Bradshaw, a quien yo veo más bien como Caperucita Roja-adicta a los complementos que como a la infeliz heredera del cuento). En su fuero interno, todo el mundo —sobre todo aquellos cuyo nombre incluye una fricativa (interdental sorda, por más señas)— se siente un poco Cenicienta. Todo el mundo menos yo.

Detesto a Cenicienta. Bien sabe Dios que no soy una de esas feministas que han declarado la guerra al maquillaje y las mascarillas hidratantes de Fekkai. Nada más lejos de mi intención que reivindicar el vello corporal a estas alturas. Para nada. Pelo… en la cabeza y en los abrigos de piel, en ni un solo sitio más. No.
Si odio a Cenicienta no es porque ofrezca una imagen distorsionada de la mujer como víctima bla-bla-bla. Para nada. Odio a Cenicienta porque, básicamente, es estúpida. Y si hay algo que detesto por encima de todas las cosas es a la gente estúpida. Cenicienta es boda, una idiota integral de los pies a la cabeza pasando por el bolso y la zapatilla de cristal (que esta noche emite esta Santa Casa; la peli, por cierto, no está nada mal).
Pase que abusen de ti, que tengas que limpiarle la mierda a la madrastra y a un par de hermanastras (que sospecho que hacían la tijera entre ellas, al menos es lo que pensé cuando leí el cuento de Perrault), que te roben el patrimonio y estés todo el día inhalando productos tóxicos como Divine en Poliester (o Carmen Maura en ¡Qué he hecho YO para merecer esto?). Pase, bonita, pase. Pero, por lo que no voy a pasar, Cenicienta-bonita-corazón-tesoro, es por que… ¡te enamores de un gay!

Ya lo dije en el post de Pier Angeli y me reafirmo en mis palabras. Nunca, jamás, NUNCA una chica heterosexual debe enamorarse de un marica. Eso déjaselo a Charlene Wittstock o a Claudia Schiffer, pero tú, reina, enamorarte a estas alturas de un chico que se maquilla más que tú y que ha hecho de La Mecha su nom de plume (no sé si lo sabes, pero el príncipe actúa por las noches en el LL o en algún tugurio parecido)… Por Dios, chica, ¡un poco de cabeza! ¡A ver cuándo aprendes! Está claro que así no voy a hacer carrera contigo…
Moraleja (dedicada especialmente a la novia de Reke): Mujer, si lleva las cejas más depiladas que tú, más mechas que tú y más escote-más quincalla-más gloss-más whatever que tú no pierdas más el tiempo y déjalo. ¡DÉJALO! Hazme caso: agua (fecal) que no has de beber…
25 Abril 2008

Sobrecogida quedéme ayer. Entré en los baños del Jardín de Serrano a lavarme el premolar y cuál no sería mi sorpresa cuando observé que allí, en plena Zona Nacional, había un pajarruqueo que ríete tú del parque ornitológico Lorosexi. Cancaneo del más bizarro. Por un momento, me pareció haber retrocedido a la España de finales de los 70.
A mi lado, mientras me limpiaba la encía, un hombre se acaricaba el miembro sin pudor. Si hubiese estado al lado de un inodoro no me hubiese importado, pero es que estaba apoyado en una pared, junto al lavabo, con una expresión lúbrica de inenarrable perversidad. Bien sabe Dios que no soy ninguna mojigata, pero… ¡un poco de decoro, por favor! Cuando Una se acaba de comer un codillo, lo último que le apetece es chupar una polla. Al menos, YO soy de la escuela de que después de un buen codillo, lo que hay que hacer es echar una buena siesta (y no un mal polvo).
En esto el cine, como en casi todo, ha sido mi Gran Escuela, una escuela, como digo en la descripción del blog, "a no imitar". Una ve los típicos (sub)productos made in Hollywood de arribistas sociales tipo Molly Brown siempre a flote y ¿qué conclusión saca? Que lo de ensuciarse las rodillas en un baño público no es el mejor camino para ascender en sociedad.
Falso. Error. Piiiiiip. BalP (Bajarse al Pilón) es, hoy por hoy (y siempre), uno de los mejores métodos para medrar en sociedad que existan. Es prácticamente infalible. Da igual que sea en un WC o en una garçonnière. El caso es que, si quieres llegar a ser una socialite, hay que aprender a mamarla. No basta con el entusiasmo o la confianza en una misma. No, Molly Brown, no, bonita-corazón-tesoro. Con el entusiasmo no basta.
En este punto me acuerdo de un maravilloso monólogo de Antonia San Juan (pobrecita) en el que recogía un Goya a la mejor actriz secundaria (perdón, de reparto) escrito por ella misma, faltaría más, y por Félix Sabroso: “A nuestras jóvenes promesas del cine español… Ay, qué pena más grande. Os recomiendo una cosa. ¡Aprended a mamarla! No basta con metérsela en la boca”. Amén, hermana.

Una no se imagina a Debbie Reynolds de rodillas en el despacho de un productor ganándose el papel a golpe de campanilla, ¿verdad? Pues, chicos, lamento sacaros de vuestro de error, pero, tal y como dejó dicho la simpar Marilyn para la posteridad, los papeles en Hollywood se ganaban así. De hinojos. Y en nuestra (precaria) industria la cosa no ha cambiado nada.
En una comedia clásica tipo Cómo casarse con un millonario bastaba con el encanto, la espontaneidad y, sí, Molly Brown, sí, con el entusiasmo. Pero Grandes Damas del Cine Patrio como la simpar Tita descubrieron a tiempo los engaños de Hollywood, la capital del fraude. Margaret Tobin Brown, la real, no era una chica pizpireta llena de entusiasmo. Para nada. Era una matrona, una cateta en toda regla, pero riquísima. Y claro, cuando hay pasta las puertas de los salones que hasta entonces habían permanecido cerradas a cal y canto se abren como por ensalmo. Pero… ¿y si no hay pasta? Pues a mamarla. No hay más remedio.
Moraleja: Chicas (y chicos), estad preparadas/os. Y, por supuesto, si aspiráis a medrar en sociedad, absteneos de codillo. Os irá mucho mejor que a mí.
24 Abril 2008
¿Altera la primavera la sangre o solo es un mito (otro más)? Pues no sé, pero, la verdad, a mí esta primavera me tiene ALTERADÍSIMA. Y la emisión esta madrugada de Tarzán me sirve un poco para descargarme de tanta calentura que desde hace días vengo padeciendo.

Durante años, Tarzán fue una de las series favoritas de los y las fans del beefcake más bizarro. La figura del buen salvaje se convirtió en una excusa tan buena como cualquier otra para mostrar carne sin pudor. ¡Y qué carne! Johnny Weissmuller no fue ni el primero ni el único en encarnar al héroe creado por Edgar Rice Burroughs, sin embargo se convirtió en el mito erótico favorito de toda una generación, empezando por esa gran dama de la fotografía, la decoración, el chaperío y el name dropping llamada Cecil Beaton. TODO el mundo adoraba a Johnny Weissmuller. Todos menos yo.

Confieso que a mí el físico, y el careto, de este nadador austriaco me dejan completamente indiferente. A mí quien me pone es su hijo: el galopín Johnny Shefield. Jamás se ha asomado a una pantalla de cine efebo más delicioso ni más en sazón que este niño que, a lo largo de la serie, pasó a convertirse en chicarrón de impresión. De quitar el hipo, vamos. Como dice mi admirado Maciste Betanzos, del que me declaro FAN incondicional: “Con su Boy, los cinéfilos paidófilos babearon con todo el derecho del mundo... Esos rizos, esos pezones pura miel”. Pues sí. El chico en cuestión se convirtió en todo un sex-symbol para los amantes de la carne fresca en todo el mundo. La serie que protagonizó en la Allied Artist bajo la dirección de Ford Beebe, Bomba, fue exactamente eso: una bomba sexual arrojada a la cara de millones de adoradores de Onán de medio mundo.
Confieso también, no sin rubor, que prefiero mil veces más a otros Tarzanes antes que al paradigmático Weissmuller. Él encarna la norma, pero yo prefiero otros más vulgares, más... más... como más... digamos, por emplear un eufemismo, que carnales: Gordon Scott (superdiva de Gordon Scott y sus pectorales, y sus fundas, también de sus fundas) y Lex Barker (esta es una de las razones, otra más, por las que ODIO a Tita Cervera: una mujer que pasó por los brazos, y por la cama —sobre todo por la cama—, de Lex Barker es mi enemiga, y más si esa mujer tiene pinacoteca propia... entonces Esa Mujer es ya mi archienemiga de por vida).

Los dos representan para mí un ideal que marcó mi infancia: el forzudo con cuerpo de dios griego pero cara de gasolinero de Oklahoma (cuanto más de Oklahoma, mejor). Para la cama es para lo único que tengo Conciencia Social: cuanto más del arroyo parezca el chulo en cuestión, más me pone. Y si es del género te-echo-un-polvo-y-te-desvalijo-la-casa, bueno, entonces ya me vuelvo LOCA. Loca del pussy.
Moraleja: Tarzán, deja los monos en paz y ven a mi casa a darme lo que merezco. UN BUEN MENEO.
23 Abril 2008
El gran Lawrence (y el grandísimo David)
Los ingleses son únicos a la hora de inventarse sus propios mitos. Para empezar el mito de lo british, esa especie de hipercivilización que nunca existió más allá de sus novelas y sus colonias, que por definición eran como un work in progress, una novela que sus habitantes iban escribiendo con tintes, a veces, del más sórdido melodrama, como por ejemplo en Kenia: os recomiendo revisar la biografía del antepasado de mi lloradísima Isabella Blow, Sir John Broughton, procesado por el asesinato del conde de Erroll en Kenia en 1941, escándalo que en los 80 dio lugar a un best-seller y más tarde a una película bastante delirante, Pasiones en Kenia, que no tenía nada que envidiar al más folletinesco Flamingo Road.
Bueno, como veis, ya me he vuelto a liar la manta a la cabeza y me he metido en un jardín del que tendré que salir con la voluntad hecha jirones. A lo que iba. A lo british y a sus mitos. No me creo ni lo uno ni lo otro. La hipercivilización se basaba en la explotación y en la castración, respecto a sus mitos ya se encargó Lytton Strachey de derribarlos concienzudamente a lo largo y ancho de su obra.

En el caso Lawrence de Arabia, otro británico, David Lean, que es un director que ADORO, fue el encargado de remachar el ataúd de un mito que, en revisiones posteriores, ha resultado ser algo muy distinto de aquel excéntrico visionario que se enamoró de la cultura árabe sometida a la dominación otomana y bla-bla-bla. Paparruchas. T. E. Lawrence era un espía de la peor calaña, un ferviente apóstol del imperialismo británico que jugó sus cartas —muy brillantemente, eso sí— y terminó engañando a todos y, en parte, también a sí mismo. Medio siglo después de su muerte, todos sabían ya que Lawrence de Arabia no era ningún santo.

La película de Lean pertenece a ese género que a muchos puede llegar a sacar de quicio: la épica. Grandes paisajes, grandes interpretaciones (Peter O’Toole está bigger than life, pero como es lo que el personaje está pidiendo A GRITOS no pasa nada, al contrario: todo ese festival de manierismos le viene a Lawrence pintiparado), grandes momentos orquestales (de la mano de Maurice Jarre, el padre del infame Jean- Michel, en su día, y por muchos años, marido de una de mis máscaras favoritas, la divinísima Charlotte Rampling) y un gran, gran metraje que supera las tres horas.
Me encanta esta película. Poco importa que mienta o no. Si quisiese la Verdad Histórica acudiría a una enciplopedia, no a una sala de cine. A mí lo que me interesa es la mirada de color acero de un actor, entonces prácticamente desconocido, dando alaridos en el fragor de una matanza (espectacular la escena en la que sale literalmente ungido de sangre). El grito desgarrado que suelta cuando las arenas del desierto se tragan a su galopín favorito (le queda el otro, pero no era su ojito derecho, ay). La erotiquísima escena de la tortura a manos de un militar otomano (José Ferrer) que parece disfrutar mucho más de lo que exigen los deberes castrenses (tortura que, tal y como relató el propio T. E. Lawrence, incluyó un episodio de sodomía no del todo desagradable). La mirada de admiración, y casi diría que de algo más, de Omar Shariff (guapisísimo) hacia el león en el desierto. En definitiva, la figura de un héroe en estado puro, interpretado por un actor en estado de gracia.
¿Que la figura real de T. E. Lawrence era mucho menos heroica de lo que la historia oficial nos hizo creer durante años? ¿Que su libro Los siete pilares de la sabiduría es un truño pesadísimo que en algunos pasajes recuerda poderosamente a un Baedeker del desierto escrito por una maestra de escuela de Glasgow? ¿Que en la vida real al señorito Lawrence le iba el sexo duro y no las estilizadas idealizaciones platónicas? Pues ya ves tú que novedad. A la hora de la verdad, ¿a quién no le gusta que le den un buen meneo? ¿A ti? ¿A mí?
Pues eso…
Moraleja: For ever Lawrence de Arabia. Y forefer and never David Lean. SUPERDIVA de David Lean, oyes.
22 Abril 2008
A principios de la década de los 20, EE UU se acostó medianamente rico y se levantó riquisísimo. Millonarísimo. Forradísimo. Lo cuenta Groucho Marx en sus memorias: no hacía falta tener grandes nociones de macroeconomía o conocer los arcanos de la bolsa, bastaba poner un puñado de dólares en manos de tu corredor de bolsa y, 30 días después, el buen señor —y le Bon Dieu— ponía en tus manos unos cuantos miles. Con un poco de suerte, podías pasar de la miseria a la opulencia en menos de un año. Jugar en bolsa era algo tan habitual como apostar en las carreras, solo que algo menos emocionante ya que el éxito estaba garantizado. Pero esa situación cambió.

A finales de la década de los 20, EE UU se acostó rico y se levantó pobre. Más que una rata. Pasó de la alta costura al look clochard, de la alta gastronomía a las colas interminables en los comedores de beneficencia, de la risa beoda del licor de contrabando a la invariable expresión de hastío de gran parte de la gente. Tras una década prodigiosa bebiendo matarratas, la clase media de EE UU se levantó con resaca. Hambre, harapos, paro y horror. ¿Y qué pedía esa gente empobrecida, embrutecida, anémica? ¿Dignidad? A otro perro con ese hueso, ricura. A mí dame fantasía. Y música. Y Busby Berkeley llegó a Hollywood.

Adoro a Busby Berkeley. Él fue el inventor de un nuevo tipo de musical en el cine en el que la cámara se movía con la música: era capaz de lanzarse en un travelling de vértigo desde más allá del techo al ojo (pintado, faltaría más) de una corista escuetamente vestida. Pura geometría musical. Con él, el cuerpo humano se convirtió en un elemento más, ni siquiera el más importante, de aquellos tableux vivants en los que la imagen te hipnotizaba y te hacía olvidar todo lo que te esperaba más allá de las puertas del cine: la Gran Depresión.

Adoro a Busby Berkeley. Sus coreografías, sus diseños caleidoscópicos con piernas, zapatos y estolas de renard, sus decorados art decó como gigantescas tartas de boda en las que los muslos desnudos sustituyen a la crestería de nata montada (a mí el art decó siempre me ha parecido como la versión porno-burguesa del barroco: algo así como el rococó con coño: rocococoño). Para mí, Busby Berkeley es un Dios. Y como todo dios, también él tuvo sus contradicciones. Porque los dioses, queridos, NO son perfectos.
Adoro a Busby Berkeley. Se casó seis veces. S-E-I-S. Sin embargo, ninguno de sus matrimonios fue una balsa de aceite. Todas sus esposas tuvieron que lidiar con el fantasma de la mujer de su vida: mamá. Jamás logró cortar el cordón umbilical que le mantenía pegado a las faldas de mamá, que asistió al desfile de esposas con el mismo estoicismo con el que Octavia veía pasar a las (y los) amantes de Marco Antonio: “Ellas (y ellos) pasan, YO permanezco”. En efecto, las esposas se convirtieron en una dolorosa —y ruinosa— procesión de ex mientas mamá seguía atando corto al hijo de sus entretelas. Su caso es uno de los más palmarios del manual de Perfecta Madre Castradora que entregaban a principios de siglo, junto con la placenta y el recién nacido.
Busby Berkeley tenía una imaginación prodigiosa, un sentido del ritmo y del sex-appeal infalible y un talento visual unido a un olfato a la hora de colocar la cámara en rincones imposibles que ríete tú de Orson Welles (no entiendo por qué Ciudadano Kane tiene que ser mejor que uno cualquiera de sus musicales). Sin embargo, hoy todo el mundo venera a Orson y Busby, en cambio, se tiene que conformar con que no escupan sobre su tumba. Excepto cuatro maricas retro esclavas de la memoria (y Matthew Barney, también es verdad), ¿quién recuerda a Busby Berkeley?
Moraleja: No os perdáis hoy Calle 42 mientras rezáis vuestras oraciones. Y mucho cuidadito con la Bolsa. Empiezas jugando en la bolsa y terminas jugándote la vida.
21 Abril 2008
A de asesinato. ¿A favor o en contra? ¡SÚPER a favor!

Me encanta que hoy lunes TCM emita seguidas dos películas que son la cara y la cruz de un mismo problema: Arsénico por compasión y Después del funeral. En la primera dos adorables asesinas en serie —pero cómo me gustan a mí los serial-killers, Dios mío; cada día más— matan impunemente a un puñado de ancianos, más por caridad que por inquina. Al final las dos salen indemnes porque se lo merecen, ya que, además de ser dos asesinas sin el menor escrúpulo moral, son dos viejecitas encantadoras que puede que te den arsénico, pero jamás a palo seco: lo acompañan con una reconfortante taza de te y un platillo de pastas caseras recién hechas. ¿Cómo va Una a desearle la silla eléctrica a dos señoras tan simpáticas?

En la segunda, sin embargo, el crimen no queda impune. Agatha Christie no permite jamás que los asesinos escapen sin purgar sus culpas, ya sea en la cárcel, en la horca o directamente en la sepultura. En este caso, su particular Némesis es, de nuevo, una viejecita encantadora capaz de mandarte a chirona sin que se le escape un punto de su labor. Miss Marple es, con diferencia, mi personaje favorito de esta escritora británica que, en una época muy oscura de mi vida, me abrió las puertas de un jardín secreto en el que se mezclaba el oxígeno de la literatura con la sangre y los asesinatos. Amo a Agatha Christie por encima de todas las cosas.
¿Merece un asesinato quedar impune? ¿Hay crímenes justificados? Pues, la verdad, en mi humildísima opinión —se trata del punto de vista de una iletrada en materia legal— sí. Hay crímenes MUY justificados. Asesinatos que yo, gustosamente, cometería sin que me temblase el pulso… si alguien me garantizase, naturalmente, que después no iba a ir a la cárcel (aunque sospecho que las cárceles son sitios mucho más sanos y más hospitalarios que algunas oficinas en las que he estado).
En una sociedad en la que cada día se niega más la muerte, en la que todo lo relacionado con Lo Distinguido (como lo llamaba Henry James) es un tabú, el cine, especialmente en los últimos años, nos ha familiarizado hasta tal punto con los asesinatos, los crímenes y las mutilaciones que hay incluso todo un género en torno a la figura de su máximo sacerdote, el serial-killer, el supercriminal nietzsheano. La vida humana se ha convertido en algo tan banal como un botón y el cine, según algunos —básicamente aquellos que opinan que la culpa siempre la tienen los demás—, ha contribuido en gran medida a ello.

¿Verdad o mentira? ¿El espectacular aumento de la criminalidad que hemos vivido en los últimos cien años tiene su origen en una sala a oscuras o, más bien, en una casa oscura, microscópica y mal ventilada, situada en un barrio oscuro, degradado y fétido que, además, está a escasa media hora de otro barrio maravilloso en el que las chinoiseries han sido mágicamente sustituidas por marroquinería de Hermès? Pues… no sabría qué decir. Yo, como Rappel, lo que soy es cinéfala, no socióloga.
Moraleja: Si tenéis ganas de cometer un asesinato, contáis con mi bendión. Pero recordad también que existe algo llamado Policía.
18 Abril 2008
¡Viva el mal! ¡Viva el capital!

Me apasionan los malvados. Adoro la maldad. El lado oscuro. El sabor de lo prohibido. El pecado. Milady de Winter. Madame de Merteuil. Maléfica. Risto Mejide. Ana Rosa Quintana.
La maldad da mejor en cámara que la bondad. Quiero decir: si tuviese que irme a una isla desierta —Dios no lo quiera—, ¿con quién me iría? ¿Con la manzanita impoluta de June Allyson en el papel de novia virginal o con la seductora arpía archimaléfica de Lana Turner y sus aigrettes de pelo NADA natural? La respuesta es obvia.
Los tres mosqueteros es una película contraproducente, como muchas otras del Hollywood clásico, como casi todas las de Disney, por una razón muy concreta: mi corazón, invariablemente, está del lado del mal, de esos fascinantes malvados que convierten a los protagonistas en pálidos reflejos deslavados de sus propios egos. Una megaperraca como Milady de Winter sólo puede ser así después de haber probado no ya una de las manzanas del árbol de la sabiduría, sino tras darse un atracón. Milady de Winter es sabia por necesidad, no por naturaleza.
En la televisión actual se da un fenómeno muy parecido. A mí, que no soy nada, pero nada fan del fenómeno OT, si tuviesen que obligarme, mediante coacción física (o crematística, que es otro medio de coacción no menos eficaz), a ingresar en esa academia de víboras, lo único que me interesaría sería escapar de allí, como Olivia de Havilland en la película de Anatole Litvak, para unirme a las fuerzas del mal. Definitivamente, si la academia fuese un campo de concentración —lo es— yo no salvaría a los concursantes judíos, sino al jurado ario y diabólico. Puede que mi decisión no sea políticamente la más correcta, pero os aseguro que sí que es la más sincera.

Después de ver a Lana Turner en Los tres mosqueteros Una está definitivamente perdida para el Buen Camino. Hay algo en los labios de Lana, en los ojos de Lana, en el pelo de Lana, en el maquillaje de Lana que te seduce y te gana para la causa de la maldad. Después de ver esta película una y mil veces os puedo asegurar que mis simpatías no están con Gene Kelly y esos ridículos mosqueteros, sino con Richelieu y el peluquero de Milady de Winter.
Con OT me pasa más o menos lo mismo: mis simpatías no están con una pandilla de maricas canoras y analfabetas, sino con sus verdugos. Por una vez, creo que TODAS mis simpatías están del lado de las víctimas, que en este caso son esos pobres sicarios: el jurado. Me imagino a Risto con un pelucón a lo Bette Davis (Bette era super fan de las pelucas), diciéndole a una peluquera con sobrepeso: “No te mearía encima ni aunque estuvieses en llamas”. O ese gran clásico: “Te besaría… pero acabo de lavarme el pelo”. Y a la otra, que parece que acaba de ser sodomizada por una escoba, tratando de darle ánimos a una de esas maricas (con novia o con marido): “No llores y levanta la barbilla… las dos”.

Está claro. Alguien que tiene que tragarse eso semana tras semana merece estar donde están ellos, al otro lado del cadalso. ¿Y el público que sigue OT? Pues donde está me parece francamente bien: en primera fila del patíbulo. Es más, ellos deberían ser los siguientes.
Moraleja: ¡Viva el mal! ¡Viva el capital!
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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…
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