Un blog sobre cine clásico. O mejor dicho: un ajuste de cuentas con esa Babilonia llamada Hollywood. Si nunca quisiste ser futbolista sino una reina de la pantalla (y te quedaste en lo primero), éste es tu sitio.
09 Febrero 2010
Brangelina: el triunfo de lo choni en Hollywood vs el glamour auténtico
He llegado a un punto en mi vida en que la pareja Brangelina me toca la peineta. O sea, es que no me puede aburrir más. ¿Se divorcian? Fenomenal. ¿No se divorcian? También fenomenal. ¿Se hacen el hara-kiri? ¡Pues más fenomenal aún! Por mí, como si meten la cabeza en un horno, abren a tope la espita del gas y esperan, pacientemente (aunque me da a mí que la paciencia no es una de las virtudes que adornan a la Señora Pitt), a cumplir su deuda con la Eternidad.

Los Brangelina me hastían. Y lo que es peor: me provocan cierta grimita. Ella, con esos bracitos famélicos y los dos melones de silicona. Y él, con ese aspecto de no haber pasado por una ducha en varios días… Dios, ¡qué pereza! Y qué vulgaridad. Porque eso es lo peor de todo: son un reflejo de nuestra época. Los Bragelina representan el triunfo de la Reina Choni y del Rey Choni. Son Chonis. Y hacen proselitismo de su chonismo (rima, pero me da igual; esta pareja no se merece ni siquiera una buena prosa).
Frente al Tándem Choni, los Reyes del Hollywood actual, me acuerdo de otras parejas ante las que, naturalmente, puesto que las comparaciones son odiosas, los Brangelinos salen perdiendo. Recuerdo, por ejemplo, a Mary Pickford y Douglas Fairbanks. Ninguno de los dos era precisamente de sangre azul, pero supieron transformarse y crear sus propios personajes a la medida de sus deseos y sus sueños.
En esa época la gente quería ir hacia arriba y no hacia abajo: si habías nacido en Pittsburg lo primero que hacías era deshacerte de tu acentazo y adoptar rápidamente la distinción de Mayfair, hasta el punto de que había momentos en que no se entendía prácticamente nada de lo que decías. Hoy no. Hoy es mucho mejor presumir de tus raíces y, de paso, comer con la boca abierta y mostrar el bolo alimenticio. “Porque yo soy auténtica, ¿entiendes?”. Sí, hija, tan auténtica como una colonoscopia.
Me acuerdo también de Joan Crawford y Douglas Fairbanks Jr., o de Clark Gable y Carole Lombard, o Rita Hayworth y Orson Welles, o incluso Marilyn y Joe DiMaggio… Cualquier pareja del Hollywood clásico me parece un dechado de glamour al lado de este par de zopencos. Me da igual si llevan las herraduras de Cartier, para mí no dejan de ser dos jacas enjaezadas con mucha pedrería entre la que soy incapaz de encontrar ni un solo diamante (de talento) auténtico.
Moraleja: No la hay. Eso es lo peor. Estos chicos me dejan sin argumentos. Son sencillamente infectos.
08 Febrero 2010
Hollywood y la cuestión racial: tan moderno como Matusalén

¡Vaya chasco! Justo cuando decía que Hollywood es un pelín racista, va Disney y estrena una película con su primera protagonista de color (de color negro)… aunque una buena parte del metraje se la pasa convertida en rana. Todo un prodigio de multiculturalidad, vamos.
La verdad es que he estado pensando muy seriamente sobre el problema racial y me viene a la cabeza un par de clásicos que, se supone, son El Último Grito en materia de Tolerancia: Imitación a la vida y Adivina quién viene a cenar esta noche.
En Imitación a la vida se supone que Lana Turner es una mujer súper moderna porque trata a la chacha (negra) con mucha educación y mucho tacto, a lo mejor con un pelín de condescendencia, pero, vamos, lo que se dice un encanto de jefa… “Vamos, mujer, no te preocupes por esa antigüedad, no te voy a azotar por ello… No estamos en una plantación de Alabama… Simplemente te lo descontamos de tu sueldo y punto. ¡Anima esa cara!”.
Por otro lado, está la hija, que se supone que es una desclasada y, básicamente, una furcia porque no quiere ser negra en una sociedad en la que los negros estaban condenados a servir a los blancos. Lo que se dice una Hija de Puta. Hay una escena en la que Lana le pega un bofetón porque ha hablado muy mal a su madre (que es una de esas pasivas agresivas capaz de sacar lo peor de una persona con un poco de sangre en las venas), pero, vamos, al final la hija vuelve al redil: asume su condición social y todo se arregla felizmente… junto al ataúd de mamá.
La otra película es Adivina quién viene a cenar esta noche, en la que una pareja súper liberal se encuentra con que su hija, que es una muchachita que ha crecido en el mejor de los ambientes, en el lado demócrata del Club de Campo (en el que, por cierto, hasta los judíos son bienvenidos… siempre que sean ricos), se quiere casar (porque es de las que se casan) con un médico un poquito… mmmm… demasiado tostado para el gusto de papá (que toda la vida ha sido supertolerante y open minded), a quien le da un jamacuco.
Pero allí está mamá, que no es otra que una Kate Hepburn ya bastante parkinsonizada, velando por los valores eternos de la Tolerencia (y, de paso, por los del Nepotismo, ya que coló de rondón a su sobrina en el papel de su hija; ni como hija, ni como sobrina, ni desde luego como actriz se puede decir gran cosa de ella). Así era la divina Kate: siempre y cuando la gente besase el suelo que ella pisase ella no tenía ningún problema con la raza de sus admiradores…
Y ahora tenemos la última de Disney: una chica negra besa a un sapo y se convierte en rana.
Moraleja: Me pregunto si Pe habrá llevado a las colinas de Los Ángeles su certificado de Cristiana Vieja…
04 Febrero 2010
¿Que Hollywood es racista? Pues vaya descubrimiento...

Me quedo turulata con la supuesta polémica porque Vanity Fair no ha incluido a negras en su portada. ¿Y qué esperaban? Hollywood es blanco. Siempre lo ha sido. No ha habido estrellas negras. Jamás. Sí, claro, está Dorothy Dandridge o el Oscar que en 1939 le dieron a Hattie McDaniel (por hacer de Mummy, personaje racista donde los haya), pero seamos sinceros: estrellas, lo que se dice estrellas de color NEGRO no las había en el Hollywood clásico.
¿Por qué iba a haberlas ahora? ¿Qué se supone que ha cambiado en los grandes estudios? O sea, cuando lo que triunfan son unos muñequitos azules, ¿por qué no poner a una chica mona, un poco mulata, en un rincón del bodegón de bellezas prerrafaelitas que la pesada de la Leibovitz, otra vez haciendo lo mismo (¡qué coñazo de mujer!), despliega, en sentido literal, en la portada del Vanity? ¿Y por qué no una china, que son tan finas, aunque luego no haga ni un anuncio de champú? ¿O a la chica india esa tan mona, la de Slumdog?
Vamos, ¡anda ya! ¿A quién pretenden engañar? ¿Al público? En los años 40, las reinas de la belleza en Hollywood eran blancas: Liz Taylor, Lana Turner, Rita Hayworth (que aunque hispana se transformó en pelirroja y peligrosa)… Y en la segunda década del siglo XXI, también. No ha cambiado nada. Las cosas son exactamente igual. A Hollywood no le gustan los negros. Y punto.
Moraleja: Y a los Newhouse (el clan judío propietario de Condé Nast), está claro que tampoco. Ni un poquito.
02 Febrero 2010
Nominaciones a los Oscar... ¡qué pereza!

A una hora de las candidaturas a los Oscar la gente se pregunta: ¿volverán a nominar a Penélope? ¡Por Dios! Teniendo en cuenta que sobre Avatar van a caer las nominaciones como la lluvia dorada sobre Dánae (y por lluvia dorada quiero decir exactamente eso que estáis pensando), ¿qué me importa a mí si nominan —o minan directamente… desafortunadamente, no caerá esa breva— a nuestro tapón-sexy? ¿A quién le interesan a estas alturas del partido los Oscar? Os recuerdo que, a lo largo de su historia, jamás se lo concedieron a Alfred Hitchcock y sí, en cambio, a James Cameron por ese engendro pasteloso de Titanic. Sinceramente, por mí como si nominan a su tía Enriqueta… a abandonar la casa, la Academia o el prostíbulo. Me toca el peep-toe, la verdad.
01 Febrero 2010
¿El futuro del cine, en 3D? Sí, hijo, olvídate del sonoro...
Leo en la prensa seria (no en la que publica que Letizia ha vuelto al Ramiro de Maeztu con bailarina plana… lo que me recuerda tantísimo a esa escena primigenia de La ley del deseo, La visita, cuando Tina vuelve a su instituto con su hija adoptiva: “Serrano, 127. Instituto Ramiro de Maeztu… ¡Cuantas pajas me habré hecho yo en estos muros!”) que los ejecutivos de Hollywood se han vuelto loquitos del pussy con el éxito de Avatar y pretenden que, a partir de ahora, todo, hasta los anuncios de laxantes, sea en riguroso 3D.

Esto me recuerda un poco a cuando Hollywood se volvió loco con el sonoro y, durante una temporada, convirtió las películas en ese pestiño que es el teatro filmado (La fierecilla domada et al) y, de paso, se quitó de un plumazo a toda una generación de estrellas que cobraban una pasta y no justificaban sus sueldos con la excusa de que: “Chicos, no tenéis futuro en el cine sonoro. Con esa voz de pito y ese acento de Brooklin, mejor te vas a casa a asar castañas”.
Me imagino que ahora nos pasará más o menos lo mismo. Nos espera un par de años de películas frenéticas con aire de videojuego protagonizadas por engendros de colorines que no pararán de moverse sin ton ni son, que volarán, harán cabriolas, saltarán, vomitarán y hasta follarán en 3D para que tengas la sensación de que basta con alargar la mano para tocarle las tetas a Angelina Jolie (esas tetas que no tocaría ni con unas pinzas esterilizadas, ¡ugh!) o a su avatar teñido de añil como el infante Luis Fernando de Orleans y Borbón, el “Rey de los Maricas”, en el baile de la condesa de Chabrillan.
Paso total del efecto 3D. No me gusta el circo. No me gustan los videojuegos. No me gusta James Cameron (es más, ABORREZCO a James Cameron y sus peliculitas execrables con baladas de chicas que gritan mientras en la pantalla un ejército de freaks se contorsionan al ritmo de una choni). No me gusta el cariz que toma todo esto… Para mí el cine es otra cosa.
No hablo de blanco y negro. No hablo de grandes guiones ni de réplicas y contrarréplicas tan brillantes como las de Margo Chaning y Addison de Witt. Para nada. Hablo de ficción adulta, de historias adultas y de interpretaciones adultas para gente adulta y no sólo para una horda de gente que mira embobada a la pantalla mientras masca chicle con la boca abierta. Comer con la boca abierta sólo se lo permito a una especie de los seres vivos: las vacas. Y ver películas en 3D, también.
Moraleja: Me consuela el hecho de que, con un poco de suerte, tal vez James Cameron tarde otros 12 años en perpetrar otro engendro similar... James, cariño, tú sin prisa, hazme caso...
30 Enero 2010
Sophia Loren: wig-queen. ¿Por qué?

Permitidme una pregunta. Es una duda que me corroe desde hace… ¡AÑOS! ¿Por qué, Dios mío, por qué? ¿Por qué Sophia Loren se empeña en llevar esos pelucones que parece que le han arrojado desde un helicóptero en marcha? ¿Pero es que esta mujer no sabe que la ciencia peluqueril ha avanzado una barbaridad y ahora puedes llevar no sólo una peluca sino hasta un mapache desollado y pegado al cuero cabelludo sin que lo sepan ni la momia de tu marido ni tus hijos? En ese caso… ¿por qué se empeña esta mujer en llevar eso en la cabeza?

29 Enero 2010
El Clan Douglas: de la Metro a la cárcel. Todo queda en la familia

La familia Douglas me parece una metáfora maravillosa de los tiempos que corren. El abuelo, Kirk, el hijo del trapero, es un actor maravilloso capaz de transmitir tantos matices como una circonita: la fuerza en Espartaco, la locura creativa (bueno, creativa y de la otra, de la del embudo en la cabeza) en El loco del pelo rojo, la vulnerabilidad en Un extraño en mi vida, la egolatría (eufemismo de Hijo de Puta Internacional) en Cautivos del mal… Vamos, en una palabra, un actor de una pieza. Un pedazo de actor.
Su hijo, Michael Douglas, es un actor mediocre que empieza en televisión y gana un Oscar por una peliculita tan estúpida como Wall Street, al que sólo le reconozco una virtud: ha sabido encarnar como nadie al macho alpha que, cuando se enfrenta a otra hembra alpha, resulta ser un chiribailas (Atracción fatal o Instinto Básico, sin ir más lejos). Un botarate adicto al sexo que, para más inri, se casa con una señora con pinta de mesonera irlandesa.
Su nieto, Cameron Douglas, un truño tatuado con cara de cenutrio (100% gafapasta). Un camello que acaba de ser condenado a diez años de prisión por trapichear con drogas (anfetas y perico, básicamente). Vamos, lo que se dice una joyita que, cuando se le presentó el momento de elegir: “A ver, rico, ¿tú qué quieres ser de mayor: actor o camello?” Respondió: “Yo dealer, y con un poco de suerte, dentro de unos años, lo mismo puedo montar mi propia agencia de comunicación”. Desde luego, no es el primero que empieza así, ¿verdad?
En fin, como veis a esto llamo yo una saga. Y un ejemplo (a no seguir). La familia Douglas es puro Sign of the times. ¿Se inspiraría Prince en ellos a la hora de componer su mejor disco? Yo veo aquí un novelón…
Moraleja: Pues no sé si servirá como moraleja, pero me encanta (por el cinismo) lo que dijo su padre cuando le detuvo la Policía: "¿Hubiera sido mejor haber estado más con él? Sin duda. Ha habido muchas ausencias. No soy ningún ángel". ¿Se puede ser más hijo de perra?
28 Enero 2010
Ligas anti-nicotina: ¡que quemen todo el cine clásico!
Leo en un post de uno de mis compañeros, Sergi Sánchez, que en EE UU han puesto el grito en el cielo porque en Avatar (que no he visto… y que, a no ser que alguien me amenace con un camping gas o una navaja albaceteña, evitaré con todas mis fuerzas ir a ver) el personaje de Sigourney Weaver fuma. Me meo.
Supongo que esa misma gente que se escandaliza porque la Weaver sale con un pitillo en la mano, no lo haría si saliera con un pito como Dios manda, pero en EE UU son así. Bueno, y en las redacciones de algunas revistas femeninas también, la verdad.

En fin, el caso es que esa misma gente a la que se le ponen los pelos (supongo que también los púbicos… especialmente los púbicos) como escarpias por una estupidez como esa, jamás ha visto ni una sola película de cine clásico. Esa gente que va en masa a ver Avatar con su catecismo en una mano y un extintor en la otra no ha visto (ni verá) Eva al desnudo o Casablanca, donde se fuma y se bebe como carreteros. TODOS los personajes, no sólo uno.
Los pitillos compartidos entre Lauren Bacall y Humphrey Bogart, el humo que envolvía las miradas luciferinas de la divina Bette en un halo de misterio, la nicotina que impregna todo el cine negro (desde El halcón maltés a La jungla de asfalto), la lumbre que ilumina los ojos de Lana o Joan en algunos momentos de alto voltaje erótico… Nada, si por estos guardianes de la moral fuese, no quedaría del cine clásico ni las cenizas.
Aunque no sé de qué me escandalizo. Si yo me resisto a ir a ver Avatar con uñas y dientes, ellos —supongo— están en su derecho de persistir en su analfabetismo y preferir el engendro de James Cameron a la sutil maravilla de Mankiewicz.
Moraleja: Pues está clarísima: de catetos, está el mundo lleno.
27 Enero 2010
Jean Simmons, de la melancolía a la eternidad
La muerte de Jean Simmons me ha dejado sin habla. Hasta que no han pasado unos días no he sido capaz de escribir sobre ella, entre otras cosas porque era una de mis actrices favoritas y otra más de esas damas que me dejan huérfana (una vez más).

En estos días se han recordado, sobre todo, sus películas más ilustres: Cara de Ángel, El fuego y la palabra, Espartaco… Yo, sin embargo, la recuerdo sobre todo en dos películas que no son, ni mucho menos, lo mejor de su carrera, pero que para mí son dos hitos en mi cinefilia personal: una es Narciso negro, a la que dediqué un post hace –ufffff– muchos años, otra es Página en blanco, una comedia menor del gigantesco Stanley Donen que he vuelto a ver y en la que lo mejor, con diferencia, es la actuación enloquecida, exquisita, divertidísima de esta actriz que, cuando se lo proponía, podía ser también una excelente comedienne.
David Shipman, en su libro The great movie stars, emitió el que tal vez sea el juicio más certero sobre su carrera:
“Cuando era una actriz infantil, en Inglaterra, se esperaba de ella que fuese una de las mejores, y lo fue; se esperaba que se convirtiese en un gran nombre internacional, y lo hizo. En Hollywood, durante veinte años, obtuvo buenos papeles porque podía confiarse en ella; los interpretaba todos, o casi todos, de manera muy hermosa, obtenía buenas críticas y, además, gustaba. Pero nunca fue una figura de culto o una de esas que adornan las páginas de cotilleos. Era mucho más y mejor actriz que todo eso: no sólo una actriz competente, sino una actriz muy buena… o tal vez una gran actriz, si la medimos según el canon de Hollywood, formado por esas señoras que se llevan el Oscar a casa… Tal vez no ayude demasiado el haber sido tan buena desde se es demasiado joven…”
Por cierto, en 1949, interpretó el mismo papel que, años después, haría archifamosa a Brooke Shields en la primera versión de El lago azul.
Y otro dato más, en 1969, protagonizó una de sus películas más duras, Con los ojos cerrados, dirigida por su entonces marido, Richard Brooks. Jean encarnaba a una mujer con una vida aparentemente perfecta: vive cómodamente, tiene los hijos de que desea y la casa que quiere, pero esa aparente perfección sólo le produce una espantosa infelicidad, así que se da a la botella, a las píldoras tranquilizantes y a la melancolía. ¿Un retrato encubierto de la propia Jean Simmons? Su marido respondió: “Ella no ha escrito el guión conmigo, pero la estuve observando estrechamente: una parte del personaje proviene de ella”.
Moraleja: Pues ya está dicha: “Tal vez no ayude demasiado el haber sido tan buena desde se es demasiado joven”.
25 Enero 2010
Tennessee Williams y la crueldad: una teoría del pecado
"Nada humano me repugna, Mr. Shannon, a no ser que sea cruel o violento".

Es lo que dice el personaje de Deborah Kerr en La noche de la iguana, de John Huston (esta noche y mañana, en TCM Clásico). Es también lo que dijo Terencio (no Moix, sino el original) en uno de esos versos que, al final, han terminado por convertirse en proverbios: “Soy humano, nada de lo humano me es ajeno”.
A todo esto, la cita es el colofón de un monólogo maravilloso en el que Deborah Kerr, en el papel de monja laica dedicada en cuerpo y alma al carboncillo (car-, no cabr-) le cuenta a Richard Burton cómo le tiró las bragas a un viajante de comercio australiano en una barcaza en Singapur (un sampán en Singapur, que parece, por cierto, el título de un cuento corto de Somerset Maugham).
Bueno, el caso es que el monólogo da el tono de la película, de la obra de teatro original (de la tiíta Tennessee) y de los actores que participan en ella, que están soberbios (mención especial para una Ava Gardner en el mismo papel que Bette Davis interpretó en Broadway, que está bigger than life).
Por cierto, una nota a pie de página. Este papel, en España, lo interpretó en 1964 una María Luisa Ponte que no tenía nada que envidiar a ni una ni otra. ADORO a María Luisa Ponte, una actriz (y una mujer) que algún día será revisada por la historia como lo que es: una de las grandes cómicas de este país.
Bueno, para mí la cita del personaje de Ana Jelkes es puro Tennessee Williams por una razón. Hace años, recién llegada a Madrid, leí las memorias de la tiíta T., que en aquel entonces eran prácticamente inencontrables (después las ha reeditado Bruguera, son execrables, pero aún así las recomiendo), y me topé con esta cita: “La crueldad deliberada es el único pecado imperdonable”. Y me quedé en estado de shock.
Yo llegué a Madrid de la Ciudad Funeraria con muchas ideas equivocadas en la cabeza. Con mucho pecado a cuestas que tenía que redimir. Con mucha confusión mental. Y con mucho miedo. Y, de pronto, me encontré con una cita que, desde entonces, he hecho mía y que me ha salvado de ser una Hija de Puta (más, quiero decir, de lo que he sido, voluntariamente, en muchas ocasiones). La cita ni siquiera es suya, sino de uno de sus personajes (Blanche duBois), y, años después, la recupera para ponerla en boca de otro de ellos: Ana Jelkes.
Y tal día como hoy vuelvo a escucharla, una y otra vez, como la voz en off de aquellos días en los que no sabía muy bien qué iba a pasar con mi vida…

Moraleja: A mí, de la tiíta Tenessee me gusta todo: sus citas, sus noches, y hasta sus iguanas.
21 Enero 2010
Ava Gardner, la diosa que sólo quería ser una mujer
Adoro a Ava Gardner, la venero. Lo que siento por esta mujer, por esta gran, grandísima actriz es una pasión absoluta. Dios no me ha llamado por los senderos de la tijera, pero si algún día me decidiera a dar el salto a los abismos (vaginales), os aseguro que sería por una diosa como ella.
Lo de diosa no es una exageración. Para nada. La película Venus era mujer (que TCM Clásico emite mañana) es algo más que un título, es una verdad como un templo que conecta a Ava directamente con los cultos precristianos. Si alguna vez existió una Venus Libertina, esa fue Ava Gardner.

En fin, con motivo de la emisión mañana de esta película, en la que, una vez más, Ava está bellísima, quiero recuperar una entrevista que la actriz dio en 1965 al periodista norteamericano Jimmy Davies, en las que desvelaba las verdaderas causas de su estancia en una clínica especializada en enfermedades nerviosas. La diosa de mármol había empezado a resquebrajarse.
Periodista: ¿Cómo está?
Ava: Ahora estoy algo mejor. Estoy convaleciente de un serio agotamiento nervioso. Creo que he estado a punto de enloquecer. He vivido como si me arrastrara una corriente. Todo se confunde. Todo se confundió.
P: ¿Causas de ese agotamiento?
A: Infinitas. Sería absurdo quererlas enumerar una por una. Mi vida… mi vida da risa. He trabajado mucho, de acuerdo. Pero odio mi trabajo. No sirve para llenar una vida. No he sido capaz de construir en serio una sola cosa que valiera la pena. En relación con mi vida he sido siempre una hábil destructora.
P: ¿Se siente sola?
A: No pregunte tonterías, querido. Me faltan por lo menos dos millones de cosas para poder sentirme decentemente. Apenas decentemente.
P: ¿Y el amor?
A: Demasiadas veces me lo he tomado como si fuera un juego. Hoy es tarde para pedirle excusas. O para casarme. Casarme sería lo mismo que saltar desde el piso cincuenta para curar una gripe. Aunque si algo siento es no haber tenido hijos. Siempre deseé tenerlos, pero pensaba que hubiera sido una madre desastrosa.
P: ¿Sinatra podía haberle hecho feliz?
A: Frankie es demasiado parecido a mí. Un loco sin paz. Frágil como yo. Y, en defintiva, una equivocación como tantas otras.
P: ¿Qué cree que piensa la gente de usted?
A: La gente sólo siente curiosidad. Nada más. Puede que sea antipática para muchos. Nunca me he esforzado para gustar o dejar de gustar. Tenemos lo que nos merecemos, ¿no?
P: ¿Cómo gastó todo el dinero que ha ganado?
A: El dinero debe gastarse. Los que lo guardan acaban oliendo a dinero, que es un olor que no soporto. “Economía” es una palabra que no existe en mi vocabulario. Ni existirá nunca.
P: Y el paso del tiempo…
A: A veces el tiempo no pasa lo bastante aprisa. Ah… ¿se refiere a mis arrugas? Fue mi belleza lo que me destruyó.
P: ¿Hay alguna cosa que pueda procurarle un poco de serenidad?
A: La noche. Cuando logro dormir. Quiero que llegue la noche, acostarme, cerrar los ojos y quedar en paz hasta la mañana. Quiero soñar, pero no los sueños del whisky. Quiero los otros sueños, los que tienen las demás mujeres.

Moraleja: Si alguien me dice que esta mujer no es adorable, en sentido literal, o sea, de postrarte de rodillas y venerarla, que venga Dios, o Zeus (Tous), y lo vea.
19 Enero 2010
Marlene y Yul: cuanto más me amas, peor te trato
Leyendo un librito ridículo, Proust enamorado, del subgénero de biografías licenciosas (sí, ese género que tanto me gusta), me entero no sólo de todas las aflicciones que el escritor conoció a causa del amor, sino de otros sinsabores bastante menos honrosos: cómo sus visitas a los burdeles masculinos acaban con una triste —y, paradójicamente, casta— masturbación bajo la sábana (cuando no directamente en la jaula de las ratas); cómo se enamoraba de camareros y chóferes… En fin, cómo los supuestos espíritus más exquisitos son, al fin, esclavos de las mismas obsesiones que el sensual más analfabeto.

Esto me ha recordado, por cierto, las agonías amorosas que una diosa del sexo como Marlene Dietrich le relató con todo lujo de detalles a su amigo y confidente, Noël Coward. Lo tenía todo: los hombres (y mujeres) más influyentes del mundo se inclinaban a sus pies con la vana esperanza de rozar sus zapatos, pero al final lo único que quería era que Yul Brynner le hiciera un poco de caso, que no la ignorase y la tratase como a una groupie a quien se puede echar a la calle una vez satisfecho el deseo inicial. No lo consiguió: cuanto más se enamoraba ella, más la humillaba él. El actor la consideraba una histérica: siempre pensó que Marlene era un incordio; buena en la cama, pero una pesadilla fuera de ella.
Me pregunto por qué los hombres (y las mujeres) somos así: por qué —afortunadamente, no es mi caso (es lo que tiene ser una Mujer Frívola y Superficial)— nos enganchamos de todos aquellos que, en lugar de tratarnos como a una reina, nos tratan como a la doncella (y conste que estoy con Bonne Mamam en que maltratar al servicio denota una alarmante falta de clase... además de una conspicua falta de cuna). Por qué el ser humano tiende a engancharse de aquello que le hace daño, que es perjudicial y hasta letal para él. ¿Por qué?
Moraleja (cortesía de Candela, el maravilloso personaje de Mujeres): "¿Por qué los hombres sois así? Los hombres me han tratado muy mal, y yo me he dado cuenta, pero tarde. Fíjate sin ir más lejos cómo me ha tratado el mundo árabe..."
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El cine ha marcado mi vida. Cuando tengo un problema, no acudo a una iglesia sino a una sala a oscuras (cuestión de preferencias: si tengo que arrodillarme ante un hombre, prefiero hacerlo ante Jimmy Dean). Si algo me ha enseñado el cine es que está lleno de ejemplos a imitar. Sin ir más lejos, Jeff Hunter en Rey de Reyes: si van a abofetearte, ofrece siempre la otra mejilla… maquillada. Pero, sobre todo, está lleno de cosas (y personas) a no imitar. Por ejemplo…
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