Mientras dure el Festival de San Sebastián, aquí nos vemos: todos los días os levantaréis con mi crónica centrada, sobre todo, en la retrospectiva clásica dedicada a Mario Monicelli.
1. Lunes
El festival avanza implacable. Cada día, un numeroso grupo de películas es sometido a la máquina de picar carne. El embudo deja pasar algunas, de las que se hablará o se permitirá ver fuera de aquí. Los encargados de juzgarlas no pueden evitar comparar unas con otras, poco a poco las películas van perdiendo su personalidad para convertirse en un magma cinematográfico.
Va todo demasiado deprisa. Hay que comerse un plato detrás de otro, sin tiempo de digerirlo.

Mientras tanto yo sigo enfrascado en la retrospectiva Monicelli. Ayer fui a ver el último título del francés Olivier Assayas, Las horas del verano. Curiosamente trata de la herencia del pasado. Una familia, a la muerte de la madre, tiene que vender la vieja casa de campo y deshacer la colección de pintura familiar heredada de padres a hijos desde los tiempos de los impresionistas. Siento que hablar de las películas del pasado, conocerlas, es ser justo con el lugar del que venimos, aunque a nadie le parezca interesar. No hay casa sin cimientos. No hay futuro sin pasado.
Otra sorpresa agradable. Otra película con un Totó infalible y con un tono entrañable. Comienza con una redada de putas. El traslado a comisaría. Totó es un policía riguroso, pendiente de un ascenso. Le encargan que vigile a una puta joven que ha intentado suicidarse. Tiene que devolverla a su pueblo, lograr que alguien se haga cargo de ella, evitar que se quite la vida y que la policía sea salpicada por ese drama.

Totó e Carolina cuenta el viaje de los dos personajes, dos generaciones profundamente ajenas. Es una road movie humana. De nuevo llena de personajes secundarios elegidos por su cara imposible. La joven Anna María Ferrero le aguanta el plano a un Totó en plena forma.
Son películas de reconstrucción. Comedias que tratan de inocular una moral de resistencia frente a la pobreza y el desamparo de la posguerra. Una vez más uno no puede evitar la comparación con la vivencia en España en esos mismos años, mitad de 1950.
En Italia se podía arremeter contra las fuerzas del orden, contra la iglesia, contra el sistema, contra la marginación. Se puede practicar un humor cargado de intenciones. Hay una secuencia antológica con el párroco del pequeño pueblo del que es originaria la perdida Carolina, donde se retrata la incapacidad para afrontar la vida real y la doble moral de la sociedad.
El personaje de Totó vuelve a evolucionar desde un Sancho Panza a un don Quijote. De la sumisión al deber a la fidelidad a un ideal de vida. Del rigor a la compasión. Totó, embutido en su uniforme de policía, es el padre natural del inspector Clouseau.
Basada en dos cuentos de Moravia, Monicelli rueda una película elegante, en blanco y negro, que transcurre durante la noche y la madrugada del día de fin de año. Es una película agria y angustiosa, que no divierte demasiado, sino que genera una cierta sensación de incomodidad. A ello contribuye un Totó envejecido, cansado, demasiado patético. ¿Por qué los cómicos terminan siempre por ser tan tristes? Desde niño, por ejemplo, Candilejas de Chaplin me parece una película de terror.

La protagonista es Anna Magnani, que se crece en los momentos desoladores, más que en los cómicos. Es una actriz siempre demasiado consciente de su talentazo. Y la comedia exige ligereza.

La película sigue la peripecia imposible de un trío que completa un joven y atractivo Ben Gazzara. Estrenada en 1960, el mismo año de La dolce vita, carece de agilidad narrativa de ésta, de la modernidad. La comparación la machaca.
Hay un comentario directo con la película de Fellini. Un millonario americano se pretende bañar en la Fontana de Trevi en plena noche y la Magnani, que es una penosa figurante de Cinnecittà le trata de convencer de que no lo haga, que es una locura, que enfermará.
“Maldito sea el cine”, llega a gritar, probablemente en un lamento que es más una declaración de guerra entre dos escuelas de cine, la recién establecida de Fellini y la habitual de Monicelli. Dos escuelas que nacen casi juntas, con el Fellini de El jeque blanco, Almas en la hoguera e I vitelloni, cercano a la comedia neorrealista, pero que luego se separan. Fellini emprende otro camino que le lleva a la maestría y finalmente a la autoconciencia de estilo, casi a la parodia.
La voz raspada y las ojeras de la Magnani no son suficientes para engrandecer una película, que contiene, eso sí, comentarios bastante hirientes sobre la realidad italiana del momento.
4. Donatella
En Donatella (1956), Monicelli se pone el traje de director de oficio y trata de sacar adelante una comedia romántica, que quisiera parecerse a Vacaciones en Roma o Sabrina o Ariane. Elsa Martinelli tiene la inocencia y la belleza requeridas, pero la magia no se fabrica.

Al cine de Monicelli no le sientan bien los sentimientos nobles ni los decorados lujosos. Como un animal que precisa de su medio ambiente ideal, Monicelli necesita moverse en la mezquindad, los charcos, las carencias, el miedo, las paredes desconchadas. En esta película parece más una piraña obligada a vivir en un acuario lleno de peces de colores.
Juan
Como fanático del cine italiano, agradezco muchísimo este post y, además, comparto tus opiniones. Grande Totó e Carolina… ¡Gracias por compartirte desde Donosti! Un abrazo
Marga
No acabo de estar de acuerdo con la calificación de las dotes cómicas de Anna Magnani. ¿No será que el propio cine nos acostumbró a digerirla como trágica? Tampoco creo que Risate di gioia busque la ligereza. Es, como muy bien dice el artículo, una comedia crepuscular, de personajes patéticos, abatidos y en vías de extinción. Ni Marisa Merlini ni Sophia Loren, con sus encantadoras ligerezas, podrían haber encarnado la intencionadamente densa Tortorella. Antes de ser rescatada en Roma città aperta y convertirse en La Magnani, en el "volcán" y en la musa del neorrealismo (quizá sería más apropiado decir madre), Anna Magnani era Nannarella, la primera actriz de las revistas de Totò y de los hermanos de Rege, y la actriz cómica más querida en la Roma de la preguerra y la primera posguerra que llegó a tener su propia compañía y que durante más de veinte años llenó las plateas de todos los teatros de Roma. Habrá que conformarse con la duda, pues los espectadores de la época cómica de Anna Magnani están también en fase de extinción. Lo que está claro es que la posteridad la da siempre el celuloide, y en él, será siempre la encarnación del "volto dolente" de la mejor época del cine italiano. Ya que tenemos que conformarnos con ésta unidimensionalidad de Anna Magnani, es una auténtica lástima que su centenario haya pasado tan desapercibido en Venecia, y que Italia condene a las futuras generaciones de cineastas a perderse semejante actriz: un clásico único e irrepetible para los espectadores de cualquier sexo y edad. Seguiremos informándonos!
David
Gracias Marga,
sólo por un comentario así ha merecido la pena redactar estos textículos.
Creo que tienes razón en que ni la Loren ni la Merlini le habrían dado al personaje la capa de tristeza con que la Magnani lo viste. Pero en los momentos de felicidad (falsa) y de ligereza (supuesta) de la película, no la encontré tan luminosa e inocente como podría haber sido. Por supuesto, hablando siempre de una genia, a la que hay que respetar y admirar incondicionalmente. Fue finalmente la madre del desgarro, nadie ha representado como ella la belleza de la mujer común.
Marga
Gracias a tí, David,
por compartir tu tiempo y estimularnos a sacar brillo a los engranajes de la memoria, que buena falta hace.
Me quedo con la última frase de tu comentario, para la que te pido permiso utilizar en voz alta. Estoy con un proyecto particular sobre Anna Magnani y su contexto, y es difícil encontrar debate fresco. Cuando el aura de lo debatido es tan grande, a veces es inevitable (y humano) caer en los lugares comunes, y al cabo de tiempo desenterrar lo esencial se convierte en un esfuerzo titánico y solitario. Tu experiencia sobre éste periodo del cine italiano desde Monicelli es una casualidad de gran valor. Si tienes tiempo y ganas, me gustaría contar con tu opinión (margacmur@gmai.com). Si no, gracias de todos modos, siempre quedarán los maravillosos textículos de éstos días. Suerte y hasta la vista.
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CV Express de David Trueba: Director, guionista y escritor. He tenido algo que ver en los guiones de “Los peores años de nuestra vida”, “Two Much”, “Perdita Durango” y “La niña de tus ojos”. He dirigido cinco largos: “La buena vida”, “Obra maestra”, “Soldados de Salamina”, “Bienvenido a casa” y “La silla de Fernando”. Y he publicado unas cuantas novelas... Abierto toda la noche, Cuatro amigos y Saber perder.
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