Mientras dure el Festival de San Sebastián, aquí nos vemos: todos los días os levantaréis con mi crónica centrada, sobre todo, en la retrospectiva clásica dedicada a Mario Monicelli.
1. Viva Italia.
La última vez que estuve en San Sebastián fue también por placeres italianos. Vine este veranos a ver a Paolo Conte al Festival Jazzaldia. Dio un concierto perfecto. Graduado, puro, emotivo. Unos días antes había estado en Barcelona viendo a Tom Waits y salí defraudado. La olla emocional nunca acabó de hervir.

Paolo Conte no habla entre las canciones. No dice nada. Ni siquiera saluda ni da las gracias. Presenta a los músicos. Pero tiene una máscara que comunica. Una voz personal, un gesto único. La cara prestada de un hombre que no sabe reír.

Cuando canta te traslada en el tiempo, porque sigue varado en la música de cabaret de los años treinta, en una cierta estación de jazz lúdico, susurrado entre humo de cigarrillo, alcohol y las chicas del coro.
De ahí no se mueve, si quieres disfrutar tienes que viajar con él.
2. Algo de gastronomía
En San Sebastián los pinchos son deliciosos. Cuando te tomas uno de pie en cualquier barra sientes cierta vergüenza por frecuentar los bares de tapas de Madrid o Barcelona. A la mayoría se les debería caer la cara de vergüenza, no son más que proveedores de lo rancio. Queda la asignatura pendiente del café, como en el resto de España.
El otro día fui a tomarlo a una plaza céntrica, porque hace un sol espléndido. Pedí un expresso. Me lo trajo un camarero italiano y le pregunté: “¿Tú dirías que esto es un expresso?” Y él me contestó:
“No, yo diría que esto es una mierda”. Logré convencerle para que me hiciera un café él mismo. La diferencia fue notable. Ahora vuelvo siempre a la terraza y busco al camarero italiano y le encargo un café, que me prepara personalmente, a la italiana.

El sabor tiene estas cosas. El respeto a lo bien hecho. No vale cualquier cosa. Esto sirve para el cine, seguramente. Y para casi todo en la vida, ahora que se está perdiendo el amor por los oficios.
Por eso Italia sobrevive a sus desgobiernos, a su degradación y a su caos.
Porque tiene salvaguardada la materia prima. No le falta la imaginiería. Tiene la memoria de la canción, de la literatura, del viejo cine, de la vieja escuela de los actores, del diseño. Y cuando todo se viene abajo, queda siempre flotando la madera náufraga de lo que han sido. Hasta en la arquitectura de sus ciudades les salva siempre de la decadencia lo que hay detrás, lo que siempre ha estado ahí. Italia tiene los cimientos sólidos aunque las paredes se caigan.
Pasa algo parecido en su fútbol. Cuando más heridos llegan a un Mundial mejor para ellos. Porque apelan a las esencias, recuperan la tradición.
El problema de España es que en muchos aspectos es un país sin tradición, o aún peor, con la tradición olvidada o cortada. En Italia ha habido un relevo permanente y cuando todo da la impresión de ahogo, se descubre flotando la piedra filosofal.
Son capaces de rescatar lo esencial cuando se han quedado desnudos. Es un país para admirar. No hay que dejarse engañar por su aparente degradación, por el triunfo de la miseria moral de Berlusconi o el paraíso-tanga de Flavio Briatore.
3. Festivaleando
Para que seleccionen tu película en un festival de cine tienes que responder a unos parámetros estilísticos. No vale la naturalidad. La mayoría de las veces hay que impostar un tono. Proponer una firma de autor.

Esta mañana fui a ver una película uruguaya. Se titulaba Acné y un título así siempre atrae. Aunque la película luego no trataba del acné. Y el joven actor no tenía acné, sino unos granitos pintados.
De lo que trataba la película es del rosario de pajas que se hace un adolescente a la espera del beso de amor, de la consecución del enamoramiento. Para ser una película de festival necesitaba distinguirse de American Pie o Supersalidos y nada mejor que el ritmo. Planos largos que explotan la duración, el absurdo cotidiano, la inacción.
Por la tarde volví a traicionar a Monicelli y me metí a ver la nueva película de Michael Winterbottom. Se titula Génova. A esta ciudad italiana es a donde van a parar Colin Firth y sus dos hijas para tratar superar la muerte de la madre en un accidente de coche. Así que el sabor italiano estaba presente.

Aunque la película no filtra demasiado de la ciudad, ni de Italia. Se queda en planos un poco turísticos, en la superficie. No aparece por ningún lado Italia como un estado de la mente.
Tampoco suena una de las obras maestras de Paolo Conte, Genova per noi.
La película juega con los terrores del hombre maduro. Primero que se muera tu mujer. Luego que tu hija pequeña tenga pesadillas recurrentes, que no supere la muerte de la madre, que la vea en apariciones constantes. Y para acabar que tu hija mayor rompa a follar, a fumar porros, a tomar el sol en top less en el barco de desconocidos, que vaya de paquete en la moto de otros chavales, que llegue tarde a dormir, que no te hable y que se pase el día con los cascos del ipod puestos.
La película condensa todas estas pesadillas sobre el rostro de tío normal de Colin Firth. Un actor al que los críticos machacaron cuando saltó a la fama en Valmont de Milos Forman y que sin embargo goza de una carrera ininterrumpida. Entonces le afearon su inferioridad frente al John Malkovich de Las amistades peligrosas de Stephen Frears. El tiempo ha puesto las cosas en su sitio. La película de Forman era mucho mejor, más humana, más rica, más compleja. Y Colin Firth es un actor del que te puedes fiar mucho más que de Malkovich.

Me cae bien Winterbottom. Rueda rápido, fácil. Rueda mucho. Ninguna de sus películas es inolvidable, pero casi todas tienen elementos suficientes para hacerlas disfrutables. En todas se percibe las ganas de trabajar deprisa, una construcción precipitada y algo superficial. En Génova también recurre a exagerar los miedos, hacerlos palpables para transmitirlos. Adiós mundo sutil.
Tengo un amigo que dice que las películas no se deben juzgar como buenas o malas, que eso es una vulgaridad. Se deben dividir entre las que volverías a ver encantado y las que no volverías a ver, pese a que en su día las disfrutaste.

Si yo me viera obligado a elegir la película que volvería a ver de Winterbottom creo que elegiría 24 hour party people. Quizá la película que más me ha decepcionado de él fue la que contaba el secuestro y asesinato del periodista Daniel Pearl a manos de los islamistas integristas de Pakistán. Protagonizada por Angelina Jolie, caía en el error de transformar una historia política, en un thriller.
Una vez más los trucos se comían al asunto. La tensión, el suspense degradaban el material. Esto sucede muy a menudo con las películas políticas. El ejemplo más escandaloso fue Munich de Steven Spielberg.
4. Cine serio y serie B
Spielberg es un director superdotado. Pero no puede evitar tener el cromosoma de la serie B. Nunca debió dejar el entretenimiento y creerse esa especie de cruce entre Cecil B. DeMille del judaísmo y David Lean de la nueva épica futurista.
En la explotación del entretenimiento es donde sus películas son imbatibles: Duel, En busca del arca perdida, ET. Serie B, película de aventuras y melodrama popular. Cuando se pone serio, aunque sigue beneficiándose de un dominio del recurso cinematográfico apabullante, degrada siempre el material.

En Munich, transformó una historia de alta densidad política, un discurso que hubiera necesitado complejidad y estudio, en una película de acción y tiros.
El comando antiterrorista ponía una bomba en una embajada y entonces llegaba una niña al edificio y había que detener la explosión. Los palestinos y los israelíes se enfrascaban en tiroteos peliculeros en plena calle. Había escenas ingeniosas armadas gracias al suspense. Todo ello contribuía a hacer de la película un artefacto de serie B, pero se cargaba cualquier lectura política útil.
En el fondo, era mejor que hubiera hecho una película de aventuras y no hubiera puesto las manos sobre un suceso como el asesinato de los deportistas israelíes en las Olimpiadas de Munich. Y más para convertirlo en carne de entretenimiento. Llegaba a presentar al protagonista echando un polvo con su novia mientras se le aparecían, a ráfagas, recuerdos del tiroteo en el aeropuerto de Munich. Grotesco.

En cierta manera, esa utilización degradante de materiales del puro entretenimiento aplicados a temas adultos, marca toda su trayectoria de cineasta serio. Recuerdo que Godard, y ya es raro, hizo un comentario muy interesante sobre una escena de La lista de Schindler. Aquella en que las familias judías son introducidas en una cámara de gas, desnudados. Todos esperamos ver salir el gas por las espitas del agua y tras unos minutos y planos de enorme tensión sale finalmente agua. Qué sorpresa. Ese suspense barato era una manipulación que provocaba náuseas.
Otra cosa muy divertida del cine de Spielberg es su asexualidad. Es incapaz de presentar una sola escena de tensión sexual, una sola presencia erótica en sus películas, un solo impulso de deseo. Es impresionante. En alguien que domina tanto los recursos del cine su irritante laguna en ese aspecto es de psiquiatra.
Da igual que trabaje con actores tan seductores como Harrison Ford o Leonardo Di Caprio, les pone delante de mujeres y le salen escenas de trámite.
Para terminar de redondearlo, el último Indiana Jones es la película donde peor vestida y peinada está Cate Blanchett y donde no se produce ni la menor chispa sensual entre ninguno de los personajes. Spielberg es dios para sus incondicionales, pero estoy dispuesto a la herejía. Que me perdonen los que se sientan ofendidos, sólo son ganas de discutir con deportividad.

Este asunto de las películas con argumentos políticos viene bien para volver a Monicelli. En La Gran Guerra, uno de sus clásicos, que he vuelto a ver en pantalla grande, se produce un hecho que no es habitual. Que alguien te cuente una guerra desde la mirada de dos cobardes, desertores, caraduras. Que los personajes nunca se rediman, ni siquiera en la muerte, sino que sigan siendo cobardes, mediocres.

La guerra es barro, frío, miedo y estupidez. Los soldados están siempre jugándose al azar la vida. Por ejemplo en Salvad al soldado Ryan, Spielberg nos deslumbró con esos primeros veinte minutos de desembarco en Normandía. Fue una demostración técnica increíble, deudora del material fotográfico de la época. Pero después de ese primer combate la película deriva hacia los tópicos de todas las películas de guerra con su psicología heroica.
Guerra de consumo. En la serie de televisión Band of Brothers se echaba de menos que los episodios tuvieran un desarrollo distinto, todo era la misma plantilla repetida un día tras otro.
En La Gran Guerra, Alberto Sordi y Vittorio Gassman se pasan la película eludiendo su responsabilidad, denunciando lo absurdo de su situación, tratando de escaquearse. Cuando una recepción popular a los soldados termina en un patriótico grito de “Italia, Italia, Italia”, ellos levantan la cara con una mirada escéptica que es antológica. No es habitual que en una película bélica los protagonistas se arrastren por el fango sin heroísmo, sin psicología.
Una de las cosas que más aprecio de las películas de Monicelli es que siempre que presenta una oficina de trabajo funcionarial encontramos a los empleados perdiendo el tiempo. Fumando, rellenando una quiniela, hablando de mujeres o incluso sacudiéndose la caspa del pelo y amontonándola sobre la mesa del despacho. También los soldados en la guerra pierden miserablemente el tiempo. No hay banderas, hay roña.

6. Películas bélicas
Hace poco, en un número del muy mejorado suplemento cultural Babelia hacían una lista de las veinte películas bélicas mejores de la historia. Eran todas de Estados Unidos menos Ran de Kurosawa, que es de producción norteamericana. No creo que fuera mala intención, sino una muestra más de la tremenda dominación de un mercado. Lo que era indecente es que no apareciera el cine italiano ni tan siquiera el francés, el soviético o el alemán. Pero para mí la ausencia del cine italiano era imperdonable.
¿Cómo no podía estar La Gran Guerra, si junto a Senderos de Gloria de Kubrick es probablemente la mejor película de la Primera Guerra Mundial? ¿Y cómo podía ignorarse a Rosellini, que filmó Alemania año cero, Roma ciudad abierta, El general della Rovere? A veces, la sumisión absoluta al imaginario norteamericano es fruto de la ignorancia, pero lo más grave es que no seamos capaces de darnos cuenta del engaño en que vivimos.
No es una buena época para ver viejas películas de guerra. Ahora sabemos que las guerras son muy diferentes. Son fuegos artificiales. Videojuegos. La carne, el barro, la lluvia, el frío, ya no nos dicen nada. El siglo XXI trae sus nuevas formas de guerra profesionalizada, quizá películas como La Gran Guerra sirvan sólo de recordatorio antropológico y ya no sean visibles para un público actual. No lo sé. A mí me sigue gustando mucho.
Un héroe de nuestro tiempo es un vehículo para el lucimiento de Alberto Sordi. Una película imposible sobre un tipo pusilánime, falso y pelota, que tratando de congraciarse con cada representante de la autoridad termina por ser víctima de todos los males. Es divertida, aunque el personaje se coma todo lo demás. Se estrenó en el año 1955 como una crítica feroz al sumiso mediocre que alimentaba la nueva sociedad.
El cine de Monicelli es un cine donde los guionistas brillan más que el director. En este caso la película está escrita por Rodolfo Sonego, que luego escribió dos de las mejores películas de Dino Risi: El viudo y Un mundo difícil, y una estupenda película de Comencini con Sordi y Bette Davis que se llama Lo scopone scientífico y que contiene todo el humor negro del periodo final de la comedia a la italiana.
Este héroe de nuestro tiempo es un predecesor pero sin la redención final del Jack Lemmon de El apartamento, de toda la clase media sumisa del cine de los sesenta y setenta. Es casi un personaje de tebeo en este artefacto pedagógico.
Contiene dos declaraciones de principios antológicas. En una, el personaje, que se niega a firmar todo papel que le pongan delante para no comprometerse con nadie, recuerda la última huelga en su empresa y dice: “Allí sí que estuvimos todos unidos, como un solo bloque, sin fisuras... vinimos todos a trabajar”. Y en otra se justifica: “Yo no soy de izquierdas ni de derechas, pero no vaya a interpretar al oírme decir esto que soy de centro, porque tampoco”.
Monicelli, un hombre de izquierdas irredento, empezaba ya en los años cincuenta del siglo pasado a saber lo que significaba que alguien se declarara apolítico.
8. Alberto Lattuada
En Un héroe de nuestro tiempo, Alberto Lattuada interpreta el papel de jefe de la empresa, que espía cada movimiento de sus empleados. Cuando murió Rafael Azcona, acababa de salir el DVD de una película dirigida por Alberto Lattuada que había escrito Rafael. Mafioso, protagonizada, cómo no, por Alberto Sordi. Verla fue todo un descubrimiento. Es buenísima.
Laura
Paolo Conte es un señor, es un placer exquisito y, menos mal, no masificado.
Ricardo
tengo muchas ganas de ver génova leyendo lo que cuentas de ella. A mí también me gusta winterbottom, incluso cuando es malo es correcto, y aunque no me fascina firth, me resulta blando, esa historia sí que me interesa.
Doctora Amor
Querido David: estoy completamente de acuerdo contigo en lo horriblemente caracterizada que estaba Cate Blanchett en el último Indiana Jones y en la nula capacidad de Spielberg para realizar una escena caliente, sexualmente hablando: creo que el creador de E.T. es como un niño grande, con su sexualidad por desarrollar, por despertar... a lo mejor un día se le despierta y nos soprende con una barbaridad tipo "Saló", pero tengo mis dudas... ya a estas edades (las suyas, claro).
De todos modos, estimado David, tu fobia hacia S.S. empieza a ser reiterativa, crónica, pues no es la primera vez que te oigo despotricar contra él: ¿no será amor-odio, envidia, admiración no aceptada? ¿Lo has consultado con un especialista, jeje?
Tuya siempre, admiradora y amiga. ;-)
Doctora Amor
http://www.canaltcm.com/doctora-amor
J.
No suelo ver las películas en cine dos veces, me refiero en el momento de su estreno, pero con "Wonderland" hice una excepción. Para mi sigue siendo una de las mejores película de Winterbottom...
Lo de que en el listado de las mejores películas bélicas todas fueran norteamericanas no es más que el síntoma de la cultura cinematográfica que padecemos. Entre los que piensan que el cine se inventó con "La guerra de las galaxias" y los que no ven otra cosa que cine americano, así nos luce el pelo.
Por cierto, muchas gracias por tenernos al día de la retrospectiva de Monicelli, el último de Filipinas, y qué envidia!
David
Querida doctora Amor,
no tengo obsesión con Spielberg, aunque de vez en cuando me divierte ordeñar a las vacas sagradas a ver si siguen dando leche.
Como es un personaje intocable para tanta gente, yo creo que no viene mal de vez en cuando dar un toquecillo. Nadie está libre de que le tiren de las barbas. En cuanto a Monicelli, ahora, a tiro pasado, creo que TCM, que emitió honorablemente I Compagni, podría reunir cuatro o cinco de sus mejores películas y darnos un mes de lujo italiano. Porque es tal la dominación norteamericana de su canal que me llevé una sopresa al descubrir que quienes lo dirigían aquí eran gente española y encantadora, pensé que eran sosos ejecutivos californianos.
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CV Express de David Trueba: Director, guionista y escritor. He tenido algo que ver en los guiones de “Los peores años de nuestra vida”, “Two Much”, “Perdita Durango” y “La niña de tus ojos”. He dirigido cinco largos: “La buena vida”, “Obra maestra”, “Soldados de Salamina”, “Bienvenido a casa” y “La silla de Fernando”. Y he publicado unas cuantas novelas... Abierto toda la noche, Cuatro amigos y Saber perder.
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