Tenemos que hablar de Tilda Swinton en La Tomatina

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Fueron las sorprendentes imágenes que inauguraron la sección a concurso del Festival de Cannes de 2011: Tilda Swinton sumergida en en el fragor de La Tomatina, la multitudinaria fiesta que cada año se celebra en la localidad valenciana de Buñol. La escena, a su vez, abría la película Tenemos que hablar de Kevin, la adaptación dirigida por Lynne Ramsay del libro homónimo de Lionel Shriver, y en ella se condensan varias de las señas de identidad de este formidable film: la atmósfera inquietante (subrayada por la música de Jonny Greenwood), el deseo de mostrar la cara oscura de un momento supuestamente feliz y festivo (una fiesta, un embarazo, una maternidad) y la apuesta por el rojo como tonalidad para cubrirlo todo. Un color que está presente en toda la película y que, obviamente (no por evidente la metáfora resulta menos efectiva), pretende remitirnos a la sangre, a los lazos familiares y, por encima de todo, a la tragedia.

“Buscaba un arranque muy visceral que mostrara un momento de euforia pero también de peligro”, contaba la escocesa Lynne Ramsay en la prensa británica. “Algo que llevara al personaje protagonista a sus años antes de ser madre (Tilda Swinton interpreta a una autora de guías de viaje que ve cómo su mundo cambia por completo con la maternidad)”.

 

 

El rodaje, que implicaba penetrar en un tumulto de decenas de miles de personas comprimidas en un espacio mínimo, no fue, evidentemente, nada sencillo. “Utilizamos un equipo muy reducido, como el que se usa para rodar documentales”, explica Ramsay. “Era muy peligroso. Una locura. No creo que muchas otras actrices se hubieran atrevido a hacerlo. Yo y el cámara estábamos aplastados contra la pared, cubiertos de tomates. Y Tilda estaba allí, sumergida en medio de aquello. Todo apestaba: a orina, a alcohol, a testosterona. Pensé que algo malo iba a suceder”.

En total, la grabación no duró más de 15 minutos, pero Tilda Swinton no olvidará ese cuarto de hora fácilmente. “Fue realmente intenso”, confesó la actriz en Cannes a propósito de una escena que, de algún modo, pretendía mostrar el sentimiento de culpa de una madre por los pecados de su hijo. “No es el tipo de situación que te apetece repetir. Cada vez que vuelvo a ver las imágenes puedo oler esa mezcla de olor a tomate y a cerveza y, sobre todo (como insistía su directora), a testosterona. Pura testosterona”.  

La Tomatina, y el recuerdo de esa vivencia, está presente en toda la película. En la oficina de la protagonista, por ejemplo, hay un póster de la fiesta levantina. Y en otro momento del film, en un plano sencillamente magistral que habla de la habilidad de Ramsay para no dejar absolutamente nada al azar, Tilda Swinton vuelve a verse rodeada de esa puré de tomate del que, como la culpa, como la pegajosa sangre, tanto cuesta desprenderse.

 

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Diego Soto


Escrito por Viernes 1 marzo 2019

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