‘La mujer y el monstruo’: la Bella y la Bestia bajo el agua

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Julie Adams se quita la camisa dejando ver un ajustado bañador blanco. Salta al agua y comienza a nadar lentamente. La laguna es clara y tranquila. Sin embargo, alguien (o mejor dicho, algo) acecha en el fondo. Oculta entre las algas, observa una criatura extraña. Un ser superviviente de los tiempos prehistóricos, mitad hombre, mitad pez. El monstruo se ha dejado seducir por la sensualidad del ballet que la chica realiza al nadar. La sigue de incógnito, buceando por debajo de ella. A veces está a punto de rozar sus tobillos, pero, de pronto, alguien llama a la mujer, que no está sola. Otros seres humanos la esperan en un barco. El monstruo huye hacia las profundidades. Hacia el hogar que le ha mantenido oculto durante siglos.

La mujer y el monstruo traslada el mito de la Bella y la Bestia a las aguas de un lago de la selva amazónica, en Brasil. Esta vez el monstruo que ataca a los humanos, pero que se rinde ante el encanto de una mujer, es un ser presentado como el eslabón perdido entre el hombre y el pez. La expedición científica tropieza con él e intenta capturarlo.

 

La mujer y el monstruo

 

En los años 50 la ciencia ficción explotó y se desarrolló de forma espectacular como género cinematográfico. El terror nuclear que habían provocado las bombas de Hiroshima y Nagasaki llenó las pantallas de criaturas radiactivas. También la paranoia anti-comunista que se vivía en la época tuvo su metáfora con las invasiones extraterrestres, y los continuos avances científicos, que cada día sorprendían con nuevos descubrimientos, abrieron el apetito en el cine a los misterios aún no desvelados de la naturaleza.

La idea que dio pie a la película surgió durante una fiesta en casa de Orson Welles, a la que acudió el productor William Alland. El prestigioso director de fotografía mexicano Gabriel Figueroa contó a los presentes una vieja leyenda del Amazonas sobre un monstruo acuático, y Alland se inspiró en esta historia para desarrollar el guión. El encargo de convertirlo en imágenes acabó recayendo en Jack Arnold, un maestro de la serie B de los 50 que dio al género fantástico clásicos como Tarántula o El increíble hombre menguante.

Un traje de goma de color verdoso era el único efecto especial con que contaba la película para dar vida al monstruo, un ser de apariencia humana pero lleno de escamas y con agallas en lugar de orejas, conectadas a un tubo de goma que se inflaba a voluntad para dar la sensación de un pez que respira. En tierra, la criatura caminaba sobre dos pies, insinuando así su carácter de antepasado anfibio del ser humano, estancado en su evolución.

 

La mujer y el monstruo 2

 

El film se rodó con el sistema de tres dimensiones, muy de moda por aquel entonces, y fue mientras probaban las cámaras submarinas cuando entraron en contacto con Ricou Browning, el especialista que daría vida al monstruo. 

Browning había sido nadador olímpico, y un experto submarinista que trabajaba en espectáculos acuáticos. De hecho, es el hombre al que debemos los actuales shows con delfines, ya que fue él el primero en introducirlos en los acuarios. Al director le gustó su forma de nadar  y le ofreció el papel.

Browning además aguantaba la respiración más de cuatro minutos, lo que facilitaba mucho las largas tomas subacuáticas que se ven en la película. Cuando estas tomas subacuáticas se prolongaban aún más tiempo recurrían a pequeños trucos. Tubos de aire escondidos entre las rocas permitían al especialista respirar por ellos cuando la cámara no le enfocaba. Sólo había un problema: Browning era un hombre más bien bajito, y en las imágenes bajo el agua hubo que disimularlo haciendo que los dobles de los actores no superaran el metro sesenta. Sin embargo, en las escenas de superficie se notaba demasiado su tamaño, a todas luces inapropiado para un monstruo que debía aterrorizar con su presencia. La solución fue contratar a otro actor para estas secuencias. Un tipo de cerca de dos metros de alto que, enfundado en el disfraz, sí ofrecía un aspecto mucho más amenazante.

 

La mujer y el monstruo 3

 

Muchos menos problemas que con la Bestia tuvieron con la Bella. La elegida, Julie Adams, era una actriz bajo contrato de la Universal, y a la que el estudio anunciaba como la chica con las piernas más simétricamente perfectas de América. Julie se pasaba casi toda la película en bañador o en pantalón corto, para demostrar así lo merecido de su fama. En cuanto a los exteriores, se rodaron en los pantanos de Florida, que simulaban el Alto Amazonas.

A pesar de la escasez de medios, Jack Arnold consiguió crear una película de terror casi gótico, que a la vez mostraba una mirada tierna y llena de poesía. Como en el caso de King Kong, el monstruo acababa convirtiéndose en víctima del afán depredador de los hombres.

El film tuvo un éxito inesperado, y llegó a ser tan popular que, al año siguiente, Billy Wilder le hizo un pequeño homenaje en La tentación vive arriba (era la película que iban a ver al cine Marilyn Monroe y Tom Ewell). En seguida se convirtió en un clásico, y tuvo varias secuelas y versiones. Una de las más conocidas la produjo Roger Corman en 1979. Se titulaba Humanoides del abismo, y en ella  el hombre-pez no se limitaba a enamorarse de la chica, sino que salía del mar para violar a incautas jovencitas. Mucho más reciente es La forma del agua, el film ganador del Oscar a mejor película en 2018 y con el que Guillermo del Toro rendía tributo a la popular criatura.

La mujer y el monstruo. Miércoles 31 de octubre a las 16:15 en TCM

Antonio Martínez / Elio Castro

 


Escrito por Martes 23 octubre 2018

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