‘La juventud’: recordando una canción sencilla

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La juventud

 

Un lujoso balneario en la montaña suiza. Un aparatoso escenario giratorio en el que diversos artistas realizan sus actuaciones. Y en medio del público, todos ellos adinerados clientes de ese exclusivo hotel, un anciano que decide irse a la cama. “Ya es tarde para mí”, le dice al joven con el que conversa, a lo que éste, con una media sonrisa, responde: “No para mí”.

Ese anciano de aspecto venerable (frondoso pelo blanco, corbata, gafas de carey) no es otro que Michael Caine, y esa conversación aparentemente intrascendente que mantiene con Paul Dano resume en gran medida lo que su personaje, un famoso director de orquesta jubilado, quiere contarnos en La juventud (nuestra película favorita de 2016): ¿qué sucede cuando, efectivamente, ya es demasiado tarde? ¿Cuándo nos adentramos en la oscuridad de la noche y ya sólo nos queda retirarnos a nuestros aposentos y dormir? ¿Cuando el día (la vida) se acaba? Otro de los personajes de esta historia, un viejo cineasta encarnado por Harvey Keitel, trata de explicarlo utilizando como metáfora el telescopio de un mirador. “Cuando eres joven todo te parece muy cercano. Es el futuro”, dice mirando a través de la lente de aumento. Y a continuación le da la vuelta al aparato para utilizarlo al revés. “Y esto es lo que ves cuando eres viejo”, explica mientras observamos cómo todo, incluido lo más próximo, se aleja irremediablemente. “Es el pasado”.

 

Pasado

 

Reanudando el viaje iniciado en su anterior película (la portentosa La gran belleza, que también emitimos estos días en TCM), Paolo Sorrentino continúa con La juventud su particular búsqueda del sentido de la vida. En aquella ocasión era el inolvidable Jep Gambardella quien nos guiaba por las calles de Roma en su persecución de un significado para nuestra existencia, y esta vez es el dúo formado por Caine y Keitel el que, en sus paseos por unos impresionante paisajes alpinos, nos plantea esas grandes cuestiones que tanto preocupan al director napolitano. El conflicto, sin embargo, es el mismo: el hombre y su fragilidad. El hombre y su manifiesta insignificancia ante el paso del tiempo, ya sea simbolizado por el peso de la Historia, que nos deslumbra en cada rincón de la Ciudad Eterna, o por la apabullante magnificencia de la naturaleza. “Tengo una hija de 18 años. ¿Qué recordaría de mí si, de repente, muriera? “, explicaba Sorrentino en una entrevista para El Mundo, desvelado el motivo que le llevó a dirigir La juventud. “Empecé a hacerme esta pregunta antes de escribir el guión y acabé obsesionado hasta la enfermedad”.

 

Alpes

 

Al igual que Gambardella, Caine y Keitel también se han pasado la vida buscando ‘la gran belleza’ (la chispa que diera sentido a todo) en los más diversos rincones. Han intentado encontrarla, por ejemplo, en las mujeres y en el sexo (como su admirado Fellini, Sorrentino vuelve a rendir tributo en La juventud al cuerpo femenino). La persiguen, y más ahora que ya son mayores, en la salud (contar las gotas de orina que son capaz de excretar cada mañana se ha convertido en su principal pasatiempo). Sin embargo, por encima de todo, la buscan (o la han buscado) en el arte. En la música, en el caso del personaje de Caine, y en el cine, en el caso de Keitel. Y los dos acabarán llegando a la misma conclusión. Todo ese esfuerzo, todos esos años de dedicación exclusiva a una actividad, descuidando a su familia, centrándose en su pasión personal con el único objetivo de perdurar, acaba dando “un resultado modesto”.  Y es que el legado artístico, llegado el momento final, acaba palideciendo al lado del sentimental. “Las emociones son todo lo que tenemos”, acaba admitiendo arrepentido el personaje interpretado por Caine.

 

Caine y Keitel

 

En La juventud, por tanto, Sorrentino vuelve a construir su discurso a partir de la maravillosa contradicción que se ha convertido en su sello de fábrica: la exaltación de los sentimientos más puros y primigenios a través de una narración estilizada hasta el límite. La sublimación de la sencillez a través del barroquismo. El título de la obra más popular del compositor protagonista es toda una declaración de intenciones: Simple Song. Una canción sencilla que a Sorrentino, sin embargo, le gusta interpretar utilizando un despliegue exagerado de medios. Con una cámara en constante movimiento, con arriesgadas metáforas narrativas y hasta permitiéndose el lujo de utilizar como personajes secundarios a Maradona, Hitler o Jane Fonda. Y es que ya lo dice el director: el cine, sus infinitas posibilidades plásticas, son la única manera de soportar el tremendo peso de la vida, “una realidad extenuante a la que sólo consuela mínimamente la belleza”.

La juventud. Sábado 10 de noviembre a las 20:00 en TCM

Diego Soto


Escrito por Sábado 25 agosto 2018

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