Douglas Trumbull y los efectos visuales de ‘El árbol de la vida’

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En el año 2011 Terrence Malick estrenaba la que, sin duda, es una de las grandes obras maestras del cine del siglo XXI: El árbol de la vida. Una película fascinante que resultó ganadora de la Palma de Oro y que, sin embargo, descolocó sobremanera a los espectadores acostumbrados a propuestas más convencionales. Alentados por las buenas críticas, por los premios y, sobre todo, por la presencia en el reparto de estrellas como Brad Pitt o Sean Penn, muchos incautos se acercaron a su centro comercial más cercano a comprar sus localidades y, oh sorpresa, se encontraron con que la película no era exactamente el drama familiar estándar que esperaban encontrar.

Gran parte de la culpa de este desconcierto (algunos cines llegaron a devolver el dinero de la entrada) la tienen las largas secuencias en las que Malick intenta plasmar el origen del universo y el amanecer de la vida. Una monumental sinfonía visual que se atreve a mostrar desde el Big Bang hasta la aparición de los dinosaurios y que, en contraposición con las escenas más cotidianas de los protagonistas del film, intenta subrayar el milagro de la existencia.

 

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Para llevar a la pantalla esta maravillosa locura, un concepto que por su ambición filosófica y cinematográfica podría haber firmado el propio Kubrick, Terrence Malick sólo tenía una cosa clara: no quería recurrir a efectos por ordenador. Si iba a mostrar el origen de la vida, lo haría sin técnicas CGI y del modo más orgánico posible. Un enfoque tremendamente coherente pero difícil de llevar a la práctica y para el que, desde luego, iba a necesitar a un técnico de la vieja escuela. Y si hablamos de vieja escuela, no había muchos profesionales mejores que Douglas Trumbull.

Además de dirigir varios films (entre ellos Naves misteriosas, que estos días se puede ver en TCM), Douglas Trumbull era el responsable de los efectos especiales de títulos tan importantes como 2001: Una odisea del espacio o Encuentros en la tercera fase. El único problemas era que llevaba casi 30 años sin trabajar. Concretamente desde Blade Runner (1982). Sin embargo Malick, viejo amigo de Trumbull, logró convencerlo para que se uniera a un equipo del que también formaba parte el supervisor de efectos visuales Dan Glass (Matrix Reloaded, Batman Begins). “Hice El árbol de la vida por amistad”, explicaba Trumbull en The Guardian. “No había ningún lugar al que ir para pedir unos efectos especiales como esos, así que sugerí que montásemos un pequeño laboratorio y nos pusiéramos a experimentar”.

 

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Ese pequeño laboratorio en el que debía recrearse la formación del universo fue bautizado con el nombre de Skunkwork y, salvo por la presencia de cámaras, todo lo que sucedía allí tenía más que ver con lo puramente científico que con lo cinematográfico. “Necesitábamos encontrar la forma de replicar lo que la naturaleza hace habitualmente: la gravedad, la atmósfera, la energía y el calor que formas las estrellas y los planetas”, contaba Trumbull en otra entrevista en The New York Times. Para ello hicieron pruebas con todo tipo de materiales y fluidos, que solían arrojar a un tanque de agua para ver cómo reaccionaban, una idea que Trumbull ya había puesto en práctica décadas atrás a partir de la observación de algo absolutamente cotidiano: las figuras que la nata dibuja sobre el café cuando es vertida en una taza . “Trabajamos con productos químicos, con pintura, con gases, con líquidos, con CO2…”, explicaba Trumbull. “Hicimos cosas tan sencillas como echar leche a través de un embudo pero que, combinadas con tintes fluorescentes, iluminadas con lámparas de xenon y grabada con cámaras de alta velocidad nos ofrecían imágenes que parecían obtenidas con el telescopio Hubble. Galácticas, gigantes, épicas…”.

Combinadas con fotos reales del espacio tomadas por la sonda Cassini (y con escenas en que fue inevitable el uso del ordenador, como la del dinosaurio), esas imágenes formaron un conjunto absolutamente hipnótico que, a pesar de ser culpable de más de una fuga en las salas, sin duda tiene una textura única. “Es un método de trabajo imposible de repetir hoy en día”, señala Trumbull, que hace especial énfasis en la búsqueda de la originalidad y en la necesidad de explorar e investigar. “Como hace Terry, debemos crear las condiciones para que lo inesperado pueda ocurrir frente a la cámara”, añade. Y nosotros no podemos estar más de acuerdo.

 

 

Diego Soto

 


Escrito por Martes 5 junio 2018

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