Independent Spirit Awards (1): ‘The Florida Project’

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Como una especie de reverso alternativo de los Oscar (aunque en la práctica compartan varios de los títulos nominados), es habitual que muchas de la historias que optan cada año a ser premiadas en los Independent Spirit Awards (sábado 3 de marzo en TCM) nos muestren el perfil menos amable de la realidad. Y más en concreto de la realidad estadounidense. Ese “lado oscuro del sueño americano” tan alejado de las alfombras rojas y del glamour de Hollywood que retrata de forma admirable la estremecedora The Florida Project, de Sean Baker, una de las cinco candidatas a mejor película y el film con el que precisamente comenzamos el análisis de las mismas.

Baker, efectivamente, podría haber escogido perfectamente el universo del cine como símbolo de ese mundo feliz que nos intenta vender el sistema, pero prefiere viajar a la costa opuesta, a Florida, para construir su relato en torno a un icono igual de poderoso: Disney World. Un reino mágico que, sin embargo, no es más que un oasis artificial en medio de un desierto de miseria y precariedad. Un espejismo.

The Florida Project era el nombre provisional que Walt Disney dio al que hoy es el el parque temático más grandioso del mundo, y el director se sirve de esta metáfora para mostrarnos (en una suerte de versión neorrealista de Stranger Things) el ‘upside down’ de los cuentos de hadas. Una fábula tan colorida como los clásicos Disney y en la que, igual que en Blancanieves, también hay príncipes, princesas, brujas y, sobre todo, enanitos. Muchos enanitos. Si tenéis unos minutos, os invitamos a escuchar un cuento. Eso sí, os adelantamos que aquí nadie será feliz ni comerá perdices.

 

La princesa

 

Halley

 

Como la adolescente Blancanieves, la joven madre soltera protagonista de The Florida Project ha sido abandonada a su suerte en el bosque. Un bosque inhóspito y oscuro en el que, además, debe vivir en soledad. Halley, interpretada por la debutante Bria Vinaite (a la que el director descubrió a través de Instagram), carece de herramientas básicas de supervivencia. Recursos tan elementales como trabajo o dinero. Sus mayores carencias, sin embargo, son otras. Y es que Halley no tiene ni la formación, ni la estabilidad ni el apoyo emocional que permite a otros jóvenes más afortunados salir adelante. Es cierto que su comportamiento en mucho de los momentos del film es, efectivamente, deplorable, pero ese no es el debate que nos propone Sean Baker. Mostrándonos la deficiente educación que, a su vez, Halley está transmitiendo a su hija, Baker nos brinda una reflexión sobre todos aquellos que, desde su infancia, carecen ya de oportunidades. Sobre un modelo condenado, como si de una enfermedad genética se tratase, a perpetuarse generación tras generación. Sobre ese bucle siniestro e interminable de Blancanieves abocadas a vagar sin fin entre la impenetrable maleza.

 

Los enanitos

 

Enanitos

 

Son varias las veces que, en el transcurso de sus correrías por los deshumanizados suburbios de Orlando, los sorprendentes niños protagonistas del film atraviesan la Carretera de los Siete Enanitos (Seven Dwarfs Lane). Como los amigos de Blancanieves, las pequeñas grandes estrellas de esta película se pasan el día fuera de casa; en su caso, no trabajando precisamente, sino metiéndose en constantes líos y persiguiendo unas aventuras que para ellos resultan tan valiosas como los diamantes. Unas pillerías que no son sino el único medio con el que cuentan para evadirse de su triste realidad. La gran paradoja es que nuestros enanitos (con la increíble Brooklyn Prince destacando por encima de todos los demás) viven junto al edén que todas las familias del mundo ansían visitar. Un parque de atracciones que, por motivos económicos, a ellos les está vedado y que tienen que recrear con sucedáneos no demasiado aconsejables (apartamentos abandonados en lugar de casas encantadas, prados con vacas en lugar de exóticos zoológicos…)

Como la princesa de este cuento de hadas a revés, estos Mocosos son rebeldes, irresponsables y maleducados, se alimentan a base de comida basura y ven la tele a horas a las que deberían estar acostados. Sin embargo, para nuestra incomodidad, el narrador nos pregunta: ¿estamos nosotros en condiciones de reprochárselo? ¿Acaso, abandonados a su suerte como están, han tenido alguna otra opción?

Al otro lado del luminoso Disney World, ya lo hemos dicho, sólo está el bosque. Frío y oscuro. Y Sean Baker nos recuerda que, probablemente, resultaría cínico juzgar según las reglas del paraíso a aquellos que han sido condenados al ostracismo.

 

El príncipe

 

Willem Dafoe

 

Magic Castle. Así se llama el modesto motel, disfrazado de fortaleza mágica, en el que Willem Dafoe trabaja como gerente. Un establecimiento que se aprovecha del resplandor del universo Disney para atraer clientes, pero que en su interior está infestado no sólo de chinches, sino también de esas penurias que cualquiera querría evitar en su viaje a un mundo de fantasía. “No pienso pasar aquí la noche”, dice una turista recién casada que por error acaba en el lugar.

Nominado al Oscar como mejor actor secundario, Dafoe interpreta aquí al príncipe que todos esperamos encontrar en un cuento de hadas. Un personaje positivo que aporta una brizna de esperanza a un desolador conjunto, sólo iluminado por esos tonos flúor característicos de Florida. Un hombre que destaca por encima de todos los demás simplemente porque aún se mantiene inmune al terrible mal que ha asolado el reino: el individualismo. La ausencia total de empatía hacia los problemas del prójimo.

 

La bruja

 

Bruja

 

Como en todos los cuentos de hadas, aquí también hay una bruja culpable del infortunio de los protagonistas. Una reina vanidosa que, ensimismada en la contemplación de su reflejo, en la frivolidad de su propia belleza, prefiere olvidar la desigualdad que la rodea y permite que unas familias gasten cientos de dólares en las pulseras que dan acceso a Disney World mientras otras (las abandonadas en el bosque) tienen que mendigar comida. Como ocurre en algunos relatos, la bruja de nuestra historia tiene varios nombres, y cada uno puede escoger el que quiera. Algunos la llamarán “Sistema”. Otros “Capitalismo”, o “Neoliberalismo”. Para no meternos en camisas de once varas, nosotros obviaremos los nombres con tintes políticos y la llamaremos (con la esperanza de que films como The Florida Project hagan recapacitar) simplemente “Egoísmo”.

The Florida Project opta a dos premios en la ceremonia de los Independent Spirit Awards (sábado 3 de marzo a las 23:00 en TCM)

Diego Soto 


Escrito por Viernes 23 febrero 2018

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