‘Rollerball’: el futuro ya es presente

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ROLLERBALL (1975)

 

El tiempo, ya os habréis dado cuenta, pasa. De hecho, pasa tan rápido que lo que hace no demasiado se planteaba en el cine como un porvenir remoto ya es presente. Incluso pasado. El 2001, por ejemplo, que nos presentaba Kubrick en su odisea espacial ya lo tenemos más que olvidado. Y para viajar a 2015, como hacía en la segunda entrega de Regreso al futuroMarty McFly tendría ya que poner la marcha atrás de su DeLorean. En este sentido, el 2018 también fue imaginado en su día como un mañana lejano, y este mismo jueves tenemos en la programación de TCM una distopía ambientada en el mismo año en que ahora vivimos: Rollerball ¿un futuro próximo?, el film dirigido en 1975 por Norman Jewison e interpretado por James Caan.

En todos estos casos, resulta interesante comparar las previsiones hechas en su día con la situación real. Interesante y revelador, porque en la mayoría de las ocasiones las predicciones son más que acertadas. Es lo que sucede con Rollerball, una película que nos presenta una sociedad en la que las grandes corporaciones han acumulado tanto poder que han acabado suplantando a los estados. Un mundo en el que las clases medias han alcanzado un elevado nivel de confort y en el que un popularísimo deporte (el ‘rollerball’ del título) se ha convertido en el entretenimiento favorito de una población adocenada.

 

 

Como sucede en la actualidad (a través de los patrocinios y las inversiones multimillonarias) son las propias corporaciones las que controlan los distintos equipos de rollerball. Conjuntos que han trascendido lo meramente deportivo para convertirse en emblemas de las ciudades y las marcas a las que representan.

En concreto, el club al que seguimos a lo largo de esta historia es el Houston, un equipo puntero que pertenece a la Corporación de la Energía y que se encuentra inmerso en la fase final de una importante competición internacional. Un torneo que concita la atención de todo el mundo y que le llevará a enfrentarse a rivales de metrópolis como Tokyo, Nueva York o, atención, Madrid (justamente este es el partido que abre la película).

Pese a haber sido concebido hace más de 40 años, todo este entramado económico-competitivo os sonará enormemente actual. Sin embargo, hay una diferencia capital entre lo que nos propone el film de Jewison y el deporte de élite de nuestros días. Y es que mientras que el fútbol, el tenis o el baloncesto del siglo XXI basan gran parte de su atractivo en la construcción de ídolos (Messi, LeBron James, Rafa Nadal), el rollerball encuentra su razón de ser justo en lo contrario: en la negación del sujeto. “El rollerball tiene un propósito social: mostrar la futilidad del esfuerzo individual”, dice en un momento dado de la película el maquiavélico consejero delegado de la Corporación de Energía (interpretado por John Houseman), y en esta frase está desvelando uno de los temas principales de la película: el carácter prescindible del ser humano.

 

James Caan

 

Basada en un relato corto publicado por William Harrison en la revista Esquire, Rollerball cuenta la historia de Jonathan E. (James Caan), un veterano de este deporte que, al convertirse en una estrella mundialmente conocida, empieza a resultar incómodo para los ejecutivos que manejan los hilos. La violencia extrema del Rollerball, un juego que mezcla patinaje, motociclismo y rugby, impide que sus jugadores (que muchas veces fallecen en mitad del partido) tengan una carrera demasiado larga. Sin embargo Jonathan E. lleva varios años siendo el mejor, y esta permanencia en la cima acabará representando una amenaza para el sistema. El rollerball fue creado no sólo para domesticar a la masa y satisfacer su sed de sangre, sino también para demostrar que la vida de un hombre no vale nada. Por eso Jonathan, que representa lo lejos que se puede llegar gracias al talento y el esfuerzo personal, debe ser eliminado antes de que la sociedad decida seguir su ejemplo.

 

Rollerball

 

Aparte de por su mensaje de tipo político-existencial, la película destaca por sus espectaculares escenas de acción, que, a pesar de su tono un tanto kitsch, han resistido relativamente bien el paso del tiempo. Rodados en el actual Audi Dome de Munich, el estadio que tres años antes había albergado la competición olímpica de baloncesto, los partidos de rollerball requirieron la participación de un buen número de especialistas. Unos extras que, una vez acabado el film, vieron reconocido su trabajo en los títulos de crédito, algo que representaba toda una novedad en la época.

El otro truco utilizado por Jewison para imprimirle verosimilitud y carácter a un deporte que, reconozcámoslo, sobre el papel parecía un poco absurdo, tenía que ver con la música. En lugar de usar temas de la época, Jewison prefirió seguir los pasos de Kubrick en 2001 y utilizar composiciones clásicas de Bach, Albinoni o Shostakovich. Como señala el director en los comentarios que incluye el DVD de la película, el objetivo era “reducir la posibilidad de que la película pasara de moda demasiado pronto”.

 

Bola

 

Además de por sus reflexiones sobre el gregarismo y la preponderancia del poder económico, la película también se adelantó a su tiempo tocando temas como la frivolización de la violencia, el desprecio a la naturaleza (en una escena los protagonistas se divierten quemando árboles) o la digitalización de los soportes impresos (las corporaciones han eliminado los libros y han sintetizado su contenido en súper-ordenadores). Todos estos temas convierten Rollerball en un film de culto que os recomendamos vivamente y que, pese a su inicial apariencia, aspira a ser mucho más que una película de hazañas deportivas futuristas. En 2002, por cierto, se rodó un remake dirigido por John McTiernan, pero, como siempre solemos hacer, os aconsejamos ver primero el film original. Esos sí, con casco y unas buenas rodilleras.

Rollerball, ¿un futuro próximo? Jueves 5 de abril a las 14:00 en TCM

Diego Soto


Escrito por Jueves 11 enero 2018

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