Alaska, el último refugio del videoclub

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Blockbuster Alaska

 

Ese cosquilleo cada vez que uno cruzaba la puerta del local y veía las carátulas apiladas en las estanterías. Esa emoción al comprobar que la última de Stallone no estaba “alquilada” (la palabra maldita). Esa inmensa pereza que daba bajar a la calle a devolverla (rebobinada, si eras un buen chico). Todos aquellos que habéis crecido en la década de los 80 y los 90 recordaréis con nostalgia la liturgia del videoclub, una forma de ver cine que prácticamente desapareció con la llegada de internet. Plataformas como Youtube, Netflix, HBO (y, por supuesto, la oferta VOD de canales como el nuestro) facilitaron el acceso al cine sin necesidad del soporte físico y obligaron a la mayor parte de tiendas de alquiler de vídeo a cerrar sus puertas.

En Estados Unidos, la empresa que más sufrió con el cambio de paradigma fue, lógicamente, Blockbuster, una multinacional que también conocimos en nuestro país (quien esto escribe recuerda con especial cariño la tienda de la calle Toledo en Madrid) y que en 2013 se vio obligada a anunciar que cerraba todos sus establecimientos.

Ese cierre generalizado, sin embargo, parece que no es rigurosamente cierto, ya que leyendo Indie Wire nos hemos enterado  de que hay un lugar en Estados Unidos en el que, como si fuera un oso polar o una nutria en peligro de extinción, se protege al videoclub para evitar que desaparezca. Ese lugar es nada menos que la exótica Alaska, un estado en el que aún permanecen abiertas seis de los diez únicas tiendas Blockbuster del país. ¿Y a que se debe esta llamativa excepción? Por lo que parece, a una razón de índole más económica que romántica. Y es que en la agreste Alaska internet resulta más caro que en otros estados con mejores comunicaciones, y a muchos de sus habitantes, que pagan por datos descargados, el streaming les sale por un pico.

Como si de un reportaje de National Geographic se tratara, en el vídeo adjunto de la plataforma Vice se explora la conducta de una de las últimas colonias conocidas de ‘arrendadores de películas’, un hábito hoy en desuso que los lugareños se han apresurado a convertir en una atracción turística. Pasen y vean. Los esquimales y los buscadores de oro son mucho menos interesantes que los supervivientes de esta maravillosa anacronía cinematográfica.

 

 

Diego Soto


Escrito por Jueves 2 noviembre 2017

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