‘Green Room’: así suena la violencia

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Green Room

 

“Es tiempo y agresión. Se comparte en vivo y luego se acabó. La energía no puede durar”. Así describen su música los componentes de Ain’t Rights, el grupo de punk ficticio que protagoniza Green Room, y en esa escena, una de la primeras del film, se resume también gran parte de la naturaleza del tercer trabajo de Jeremy Saulnier. Una película que, en esencia, también es eso: un vigoroso tema punk de concentrada y desnuda violencia que explota ante nuestros ojos en poco más de 90 minutos.

 

 

El título del film (que emitimos en TCM este domingo 5 de noviembre) hace referencia a esa especie de camerino en el que los grupos esperan su turno antes de salir a escena. El lugar en el que, en este caso, se desencadena el terror. Los Ain’t Rights, cuatro jóvenes músicos que malviven tocando en tugurios de la América profunda, presenciarán en esa estancia un terrible asesinato, y la hermandad de neonazis traficantes de droga que regenta el lugar (capitaneada por un malvado Patrick Stewart) no podrá permitir que salgan vivos para ir con el cuento a la policía.

Este sencillo argumento es de nuevo una excusa para que Saulnier, al igual que hiciera en Blue Ruin (recordad que también la tenemos en TCM), reflexione sobre su tema predilecto: la manera en que el hombre de a pie se relaciona con la violencia. El modo en que reaccionamos ante la fuerza física, la sangre, la muerte… aquellos que no estamos acostumbrados a convivir con ellas.

 

Green Room 1

 

Siguiendo este planteamiento, el retrato de la violencia que aquí se nos ofrece huye por completo de la épica y de la estilización habitual en otros directores. En Green Room, la muerte y el dolor llegan sin avisar, de forma inapelable y prescindiendo por supuesto de cualquier tipo de poesía. Y lo más importante: no hay forma de librarse de ellos una vez que se han desatado, porque a este lado de la pantalla, en la realidad, nada se parece a esa visión frívola y edulcorada de la violencia que muchas veces se muestra en el cine.

En el mundo real, los cuchillos y machetes se hunden en la carne sin contemplaciones; los sesos estallan con la misma poesía que un tomate maduro que cae al suelo y los perros asesinos se lanzan a la yugular sin que sus víctimas puedan hacer nada para evitarlo. Un escenario terrible (“Esto es una pesadilla”, escuchamos decir al recientemente fallecido Anton Yelchin) ante el que sólo cabe una posibilidad: abrazar nuestro yo más primitivo y aferrarse a él como único medio de supervivencia. Aunque eso suponga ponerse a la altura de los monstruos que amenazan con eliminarnos.

 

Poster

 

En esa misma escena en que los Ain’t Rights defendían la inmediatez y, al mismo tiempo, la fugacidad de su música, el cuarteto manifestaba también su aversión a lo digital. “Hechicería técnica”, dice uno de los protagonistas aludiendo a lo artificial de los filtros. Y ahí de nuevo vuelven a revelar el espíritu de una película que, como toda la filmografía de Saulnier, explora el lado más descarnado de la violencia. El sonido real y primigenio del dolor y el sufrimiento. Sin disfraces. Sin retoques. Si os interesa aventuraros en el lado más punk del comportamiento humano, no se os ocurra perdérosla.

Green Room. Domingo 5 de noviembre a las 0:30 en TCM

Diego Soto

 


Escrito por Miércoles 1 noviembre 2017

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