‘El invisible Harvey’: elogio de la locura

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Harvey

 

“Hace años, mi madre solía decirme: ‘En este mundo, Elwood, tienes que ser o muy inteligente o muy agradable’. Bien, durante años fui inteligente. Recomiendo ser agradable”.

En estos días convulsos, de crispación y amargo enfrentamiento, las palabras de Elwood P. Dowd, el entrañable protagonista de El invisible Harvey (1950), resultan especialmente pertinentes. Una sabia llamada a la concordia, al entendimiento entre personas por encima de las ideas (por muy elevadas que sean), que, curiosamente, parte de una persona que supuestamente no está en sus cabales.

Esa paradoja, en la que aquel que ha perdido el juicio resulta el más juicioso, es uno de los mensajes claves del film de Henry Koster, que en 1950 adaptaba la obra teatral con la que la dramaturga Mary Chase había ganado el Pulitzer y triunfado por todo lo alto en Broadway.

 

Stewart

 

Ya desde su gestación, la obra estaba cargada de buenas intenciones (se dice que su autora la escribió para animar a una vecina que había perdido a su hijo en la II Guerra Mundial), y tal vez por eso, quién sabe, el destino quiso que todo lo relacionado con ella funcionara como la seda. Harvey (abreviado título original) se estrenó en Nueva York en noviembre de 1944, y se representó de forma ininterrumpida durante cinco años. Su éxito, como suele ocurrir en estos casos, no pasó inadvertido para Hollywood, y la Universal pagó la cifra récord de un millón de dólares para llevarla a la gran pantalla.

Cuando recibió el ofrecimiento para dirigirla, Henry Koster (La túnica sagrada, La mujer del obispo) no lo dudó un instante: “Me encantaba. Por su excentricidad y porque era un cuento de hadas, pero también por su profundidad y por la decencia de sus personajes”. También James Stewart, una elección natural tratándose de decencia, se mostró muy feliz por encarnar a Elwood P. Dowd, ese tipo afable cuyo único defecto es su afición por el alcohol y su tendencia  ver conejos gigantes de dos metros. Además, Stewart había interpretado a Dowd en el teatro (sustituyendo provisionalmente al actor titular Frank Fay) por lo que su elección parecía especialmente acertada.

 

Rodaje

 

En línea con el mensaje del film, el rodaje fue absolutamente placentero. “Sin ninguna duda una de las mejores experiencias de mi vida. El espíritu de Harvey estuvo siempre con nosotros”, recordaba Koster, y cuando afirmaba esto no lo decía sólo de forma metafórica. Sabedores de que ese fantasma imaginario era la verdadera estrella de la función, el equipo solía reservar una silla para el conejo gigante, e incluso le reservaban un sitio a la hora del almuerzo.

La existencia o no de Harvey, precisamente, fue uno de los pocos puntos de fricción entre la autora Mary Chase y el estudio. Durante las representaciones teatrales, era habitual que muchos niños se levantaran y preguntaran: “¿Pero dónde está el conejo?”. Para recompensarles, y también para que el personaje de Elwood P. Dowd no fuera percibido sólo como un lunático, Chase pensó que sería buena idea hacer aparecer al animal (técnicamente un pooka, una criatura de la mitología celta) al final de la película. Universal barajó la posibilidad (pensó, por ejemplo, en hacer aparecer su sombra) pero al final la desestimó.

 

Sombra

 

Desde aquí celebramos que se descartara una aparición que, sin duda, habría restado coherencia a un film que plantea una interesante disyuntiva entre imaginación y realidad. Que propone la ingenuidad y el sueño como alternativa a la dolorosa verdad. Ya lo dice Elwood P. Dowd: “Me he enfrentado a la realidad durante 35 años, doctor. Y me complace afirmar que finalmente la he derrotado”.

El personaje de su hermana, interpretado por Josephine Hull (que ganó un Oscar por este papel), explora la misma idea en otro diálogo: “He aprendido la diferencia entre una buena pintura al óleo  y algo tan mecánico como la fotografía. La fotografía sólo muestra la realidad. La pintura muestra no sólo lo real, sino también el sueño que hay detrás. Son nuestros sueños, doctor, lo que nos hace continuar. Lo que nos separa de las bestias”.

Sigamos, por tanto, soñando. Y sigamos intentando derrotar a la áspera realidad con el arma secreta de Elwood P. Dowd: la empatía hacia el prójimo, la tolerancia y la bendita amabilidad. Si estáis interesados, en TCM os deja su tarjeta.

El invisible Harvey. Viernes 3 de noviembre a las 12:15 en TCM

 

Diego Soto


Escrito por Miércoles 4 octubre 2017

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